Por: Celene Avilés Carranza. Estudiante del Doctorado en Política de los Procesos Socioeducativos de la Universidad Pedagógica Nacional – Ajusco. 28/03/2026 [1]
La mañana del 24 de marzo de 2026, en la preparatoria Antonio Makárenko de Lázaro Cárdenas, Michoacán, un estudiante de 15 años ingresó armado al plantel y asesinó a balazos a dos docentes: María del Rosario y Tatiana de 36 y 35 años respectivamente.
De acuerdo con la reconstrucción de los hechos desde la narrativa periodística (El País, 2026; N+, 2026; La Jornada, 2026), horas antes, el joven había difundido en redes sociales imágenes y mensajes que anticipaban el ataque, en los que mostraba abiertamente la posesión de un arma larga de uso exclusivo del ejército.
Una amenaza, que no fue considerada, ni atendida. Como ocurrió meses antes con otro joven de la misma entidad, de una secundaria técnica, con apenas 13 años, que convocaba a la comunidad de estudiantes a ponerse de acuerdo para matar a la maestra de matemáticas, a la de historia, a todos los maestros, de todas las escuelas; afortunadamente sin lograr su cometido, pues fue detenido por las autoridades.
En la preparatoria no ocurrió lo mismo, el ataque fue perpetrado. En cuestión de minutos, el espacio escolar ̶ ese lugar que se considera seguro y que suele asociarse con formación y cuidado ̶ se convirtió, en el escenario letal de violencia dirigida contra dos mujeres docentes. La escena fue brutal: un arma de alto poder, una entrada escolar, disparos directos y dos maestras que no lograron salir con vida.
La noticia en cuestión de horas se volvió viral, las interpretaciones, opiniones, reflexiones y todo tipo de análisis, no se hicieron esperar. En la cobertura posterior, que no ha cesado, el caso se explica desde diferentes ángulos: el perfil del agresor, el acceso al arma, las publicaciones digitales, sus posibles afinidades misóginas y como elemento alarmante: la sospecha del vínculo entre el imputado y los grupos Incel (célibes involuntarios).
Entre los mensajes institucionales y las reacciones públicas apareció otro registro discursivo: el de la entrega docente, la vocación, el amor a la enseñanza y la figura como mujeres altamente comprometidas “hasta el final”, que en este caso ̶ como en muchos otros ̶ fue literal.
Las manifestaciones de condolencias por lo acontecido fueron diversas. Los comunicados oficiales empezaron a emerger, distintos actores sociales emitieron opiniones, pero llama especialmente la atención el pronunciamiento que unas horas después del asesinato publicaron las autoridades de la preparatoria, asumiendo una postura fría e institucional, en donde lamentan el hecho, pero a todas luces, su preocupación se centra en deslindarse del rumor que circulaba en las noticias, sobre que la agresión se dio porque las maestras le impidieron la entrada al estudiante por llegar tarde, además de invitar a la comunidad a seguir unidos.
En su cuenta de Facebook la directora de la preparatoria, Rosalinda Zavala escribió: “Hoy México está de luto. Lamento profundamente el fallecimiento de las maestras, María del Rosario Sagrero Chávezy Tatiana Madrigal Bedolla, una noticia que llena de tristeza a toda nuestra comunidad. Me uno con respeto y cariño al dolor de sus familias, amigos y compañeros docentes. Su vocación y entrega quedarán siempre en memoria de quienes aprendieron de ellas. Descansen en paz.
La Secretaría de Educación Pública, en un comunicado oficial se limitó a lamentar los hechos y expresar sus condolencias y solidaridad a familiares y amigos, a la comunidad y a los docentes; estableciendo compromisos (ambiguos): construir entornos escolares seguros y libres de violencia, con estrategias preventivas y de atención a la formación socioemocional para hacer de las escuelas espacios de paz. Y como apuesta para su solución: delegar la responsabilidad de la seguridad, convocando a los estudiantes, maestros y maestras, directivos, trabajadores, padres y madres de familia a sumar esfuerzos para fortalecer las comunidades escolares; todo esto sin mencionar su responsabilidad ante los hechos ni su papel en la reparación del daño.
En diversos foros, redes sociales y medios digitales, gran parte de las opiniones, están dirigidas a: la salud mental de los estudiantes, la falta de seguridad en las escuelas, la ausencia e implementación de protocolos, la omisión de las familias.
En otras opiniones vertidas en Facebook en grupos de docentes (Profe Paco, Docentes al día, Maestras creativas) la atención se centra en lo que ocurrió con las docentes, desplazando la violencia y el asesinato a su estoicismo y valor:
- “Dios que tristeza esas maestras son heroínas, a lo mejor evitaron una tragedia más grande, ¿dirán que murieron de un infarto como la maestra de Álamo?”
- “Dios las tenga en su santa gloria, dieron la vida por salvar muchas otras vidas”
- “Que poca humanidad de ese joven, pero mucha valentía de las maestras que dieron su vida por sus alumnos”
- “Los docentes son santos, por ser víctimas de esta situación”
- “Hoy sus sillas están vacías, pero su legado de amor y valentía vivirá en cada estudiante que salvaron”
Lo importante de estos ejemplos es mostrar cómo aparece y circula un régimen de lectura del caso: la muerte de las maestras es absorbida por una narrativa de entrega, sacrificio y vocación en lugar de leerse como una violencia extrema contra el trabajo y el cuerpo docente[2] porque en lugar de que el caso se entienda como: violencia extrema, fracaso institucional o colapso de las condiciones de protección escolar; se habla de: “que comprometidas eran”, “que valientes”, “murieron haciendo su labor”, “hasta el final estuvieron ahí”.
Ese lenguaje, que a primera vista parece un gesto de respeto, duelo y hasta honor, merece ser interrogado. Es justo ahí donde el caso exige una lectura más incómoda. Lo que duele no es únicamente la magnitud del crimen. Estremece la rapidez con que la muerte de los docentes puede ser envuelta en palabras como vocación, entrega y misión, como si el ejercicio de enseñar incluyera, de algún modo, la obligación silenciosa de exponerse al daño.
Ahí es donde este caso se vuelve hacia una pregunta más incómoda: ¿qué se espera hoy de una maestra o maestro en México?
Cuando la muerte llama a la heroización
Durante años, la narrativa institucional del ejercicio docente se ha encargado de potenciar la idea de que los y las maestras no solo deben poseer las competencias necesarias para ejercer su labor, sino que ahora su obligación (entre un sinfín de responsabilidades) consiste en resolver todos los problemas del sistema educativo, arguyendo a su compromiso, profesionalismo y entrega.
Diversas son las formas de ir incorporando estas ideas en el imaginario colectivo. Basta con recordar películas como “El Profe” de Cantinflas, donde se apuntala al docente como responsable moralmente de todas las problemáticas sociales, no solo del aprendizaje de los estudiantes, también de su alimentación, cuidado, protección, salud emocional, atención y orientación a las familias, problemas económicos, etc.
Como este ejemplo se encuentran además discursos, comentarios, acciones, que romantizan el acto de encarnar la violencia como parte del ejercicio docente como algo inherente y natural. Se dijo que eran maestras comprometidas, se dijo que daban todo por sus estudiantes, se dijo que murieron haciendo lo que amaban. Y entonces sin darnos cuenta ocurrió algo más: la violencia fue nombrada tragedia, pero no como problema político. Sufriendo un desplazamiento de víctimas a heroínas.
Y entonces resulta más fácil comprender la génesis, no de la violencia con la que actúo el alumno, si no de la forma de habitar la escuela actual desde la docencia. En este caso la figura docente ya no aparece como trabajadora expuesta a una violencia intolerable sino como figura sacrificial de la educación.
El problema no es solo que mataron a dos maestras, el problema es cómo su muerte está siendo narrada porque cuando una maestra es asesinada e inmediatamente pasa a ser heroína de la educación, algo comienza a cerrarse demasiado pronto. El dolor se vuelve homenaje, el homenaje se vuelve exaltación moral y la maestra deja de aparecer como figura violentada, se convierte en una figura casi sagrada de la entrega educativa, alguien que, incluso en la muerte, debe seguir representando la nobleza de su profesión.
No se trata de cuestionar el duelo, ni el cariño genuino hacia quienes perdieron la vida. Se trata de pregunta qué efectos produce esa forma de nombrarlas porque si lo primero que se activa frente al asesinato de dos docentes es la vieja gramática de la vocación ̶ la idea de que ensañar es darlo todo, resistir todo ̶ entonces el problema ya no es solo el crimen.
El problema también es el modo en el que el sistema educativo, la opinión pública e incluso las propias instituciones convierten la exposición de las maestras al daño en parte naturalizada de su ejercicio.
Del duelo al sacrificio: cuando la maestra asesinada se vuelve mártir.
No es casual que, frente a la violencia extrema en contra del magisterio, reaparezca tan rápidamente el lenguaje de la vocación. Ese lenguaje no solo honra: también organiza el sentido de la pérdida y al hacerlo, corre el riesgo de convertir la muerte docente en una forma extrema pero todavía comprensible del sacrificio escolar.
La vocación docente leída no solo como disposición ética hacia la enseñanza, sino como racionalidad moral en la que el magisterio debe vivir, soportar y significar su propia exposición al daño. En distintos contextos, la vocación opera como un dispositivo de subjetivación que transforma el sufrimiento docente en prueba del compromiso. La vocación es capturada por el discurso institucional, deja de ser una elección ética para convertirse en una forma de domesticación del magisterio. Más que una cualidad individual, la vocación funciona como una tecnología de gobierno.
La vocación como una tecnología de gobierno
Lo que se observa y se vive tiene una forma de operar, no es causal o fortuito. En este punto, resulta necesario desplazar la comprensión de la vocación más allá de lo individual o ético, en un nivel de análisis distinto: el de las formas de gobierno que atraviesan el trabajo docente. Como un principio que organiza prácticas, expectativas y modos de relacionarse en el espacio escolar.
En este sentido es necesario abrir el debate a nuevas posibilidades, definiendo a la vocación más que como el acto de amor y entrega a la enseñanza como una tecnología[3] de gobierno.
La vocación deja de ser virtud, pues se convierte en una forma de regulación moral. Nombrar la vocación en medio de la violencia, no es un gesto inocente. No solo honra, también ordena, encuadra y delimita lo que se considera aceptable en el trabajo y el cuerpo docente.
El término se aleja de la definición de virtud y se encuentra como una forma de conducción que orienta la permanencia, el sacrificio y la entrega; no solo se nombra una disposición subjetiva para establecerse como una forma de organizar lo que se espera de quienes enseñan, también lo desplaza del terreno de la virtud al de la regulación.
Reflexiones finales
El asesinato de María del Rosario y Tatiana, es una tragedia escolar o un caso extremo de violencia juvenil, no es un hecho fortuito. Lo ocurrido en Michoacán obliga a mirar de frente algo más profundo e incómodo: la creciente exposición del magisterio a formas de violencia que ya no son solo simbólicas, administrativas o emocionales, también son físicas, directas y letales. Lo verdaderamente alarmante no es únicamente que dos maestras hayan sido asesinadas dentro de una escuela, sino que incluso frente a esa brutalidad, el lenguaje que emerge para nombrarlas siga siendo el de la entrega, la vocación, la valentía y el sacrificio.
Y ahí está la trampa porque cuando la muerte docente se vuelve heroísmo, la violencia corre el riesgo de ser moralmente absorbida. Cuando a la maestra asesinada se le nombra mártir, la indignación se desplaza hacia el homenaje, y el homenaje —sin quererlo o queriéndolo— puede funcionar como una forma de clausura política. Se llora a las maestras, se les honra, se les eleva, pero al mismo tiempo se vuelve más difícil nombrar con claridad aquello que las colocó en riesgo: el abandono institucional, la fragilidad de las condiciones de protección escolar, la normalización del daño y la expectativa histórica de que el magisterio debe resistirlo todo.
Por eso, este caso no sólo exige duelo; exige una ruptura en la forma de pensar la docencia. Mientras la vocación siga siendo utilizada para justificar la exposición del magisterio al sufrimiento, la violencia contra maestras y maestros seguirá apareciendo como una excepción dolorosa, pero soportable, y no como lo que realmente es: una herida política abierta en el corazón mismo de la escuela.
Nombrar esta violencia, interrumpir la romantización del sacrificio y rechazar la figura de la maestra como cuerpo disponible para el daño no es una falta de respeto a quienes murieron; al contrario, es quizá la única forma de hacerles justicia.
Morir enseñando no es vocación. Y mientras no seamos capaces de decirlo con toda claridad, seguiremos habitando un sistema educativo que honra a sus docentes cuando ya es demasiado tarde, cuando ya no están, pero que rara vez se compromete a protegerlxs mientras aún están vivxs.
Referencias bibliográficas
El país. (2026, marzo 24) Terribles los hechos ocurridos en Lázaro Cárdenas Michoacán, donde dos maestras perdieron la vida a manos de un estudiante de preparatoria [Publicación de Facebook]. Facebook.
La Jornada. (2026, marzo 25). Despiden a profesoras asesinadas en Michoacán; familiares piden castigo ejemplar para estudiante. https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/03/25estados/despiden-a-profesoras-asesinadas-en-michoacan
N+. (2026, marzo 24). María y Tatiana: Las maestras asesinadas por un alumno en Lázaro Cárdenas, Michoacán.
https://www.nmas.com.mx/estados/asesinato-maestras-michoacan
Maestras creativas. (2026, marzo24). Cuando la educación empieza en casa se salvan vidas [Publicación de Facebook]. Facebook.
[1] Estudiante de doctorado en política de llos procesos socioeducativos de la Universidad Pedagógica Nacional – Ajusco.
[2] El término cuerpo docente se emplea en un doble sentido. Por un lado se refiere al conjunto de maestras y maestros en su condición de sujetxs del sistema educativo; por otro lado, alude al cuerpo en su dimensión material, entendido como el lugar donde se inscriben relaciones de poder, prácticas institucionales y formas de violencia que atraviesan el ejercicio de la docencia.
[3] Tecnología se entiende en este caso como un conjunto de discursos, valores, expectativas y mandatos morales que orientan la conducta docente y organiza lo que se espera de una maestra o un maestro: contener, resistir y permanecer, incluso en condiciones de desprotección y riesgo.
Fotografía: Noticias Telemundo
