Por: Quique Badia Masoni. 26/03/2026
“De todo lo que está en riesgo, la pérdida de una realidad objetiva es quizá lo más peligroso. La muerte de la verdad es la victoria última del mal, pues cuando la verdad nos deja, cuando la dejamos escurrir, cuando nos la arrancan de las manos, nos volvemos vulnerables ante el monstruo que más grita”. Así se expresa la senadora galáctica Mon Mothma en un memorable capítulo de la serie Andor, ambientada en el universo de la Guerra de las Galaxias. Ella se refiere a una situación ficticia, un genocidio en un planeta bajo la tutela del Imperio Galáctico, pero sus palabras remiten también a la degradación de la conversación pública que se está llevando al periodismo por delante. Y, con ello, a uno de los diques de contención de la extrema derecha. A continuación, el lector encontrará una exposición a vuelapluma de como está sucediendo este abigarrado proceso de descomposición paulatina.
Tendemos a pensar en el periodismo en términos normativos: le atribuímos la tarea de garantizar a la ciudadanía una información veraz, por ejemplo. Pero apreciaciones como esta no siempre permiten definir el periodismo realmente existente. Para ello, hay que situarlo históricamente y espacialmente: no era el mismo fenómeno en los inicios de la imprenta que en la actualidad, ni es lo mismo ejercerlo hoy en Azerbaiyán que en Cataluña. En el primer caso, el del tiempo histórico, hay que ponderar factores tecnológicos relativos a la producción y distribución de información, por citar solo algunos, y en el segundo, en el del espacio, tener en cuenta variables legales o políticas, entre otras.
Ambos factores, tiempo y espacio, se superponen cuando la tecnología, Internet en particular, permite que medios situados en lugares determinados, con sus correspondientes marcos legales y culturales, ejerzan influencia en partes significativas del mundo, siempre que dispongan del capital necesario para ello. En base a esto surgen conglomerados como el de Russia Today (RT), que en función de la realidad sociológica del país al que se dirige defiende los intereses estatales rusos desde líneas editoriales de izquierda o de derecha. O, en otro sentido, se erige Radio Free Europe/Radio Liberty (RFE/RL), que lleva el prisma estadounidense y liberal a los países ex soviéticos o a Irán.
La identidad dinámica del periodismo se construye de forma compuesta, como un puzle en el que ninguno de sus componentes está diseñado exclusivamente para su reproducción. Igual que el cepillo de dientes se inventó para lavarse la boca, pero nada nos impide utilizarlo para menesteres artísticos o para limpiar los rincones más inaccesibles del baño; una facultad de periodismo forma tanto a futuros redactores de noticias como a responsables de comunicación corporativa. Y, de hecho, las empresas de ambas industrias moldean la noción de periodismo en un constante toma y daca.
Es más fácil de entender el carácter compuesto y contingente de la identidad del periodismo cuando pensamos en la financiación. En plena caída de ingresos del sector privado por el desplome de la publicidad, el peso del dinero público en los balances de las empresas informativas de algunos territorios no ha parado de crecer, lo que en muchas ocasiones abre la puerta a la injerencia partidista. Esto se traduce, algunas veces y aquí, en figuras híbridas como la de redactores a sueldo de partidos que tienen espacios fijos en grandes periódicos para escribir sobre las bondades de las consejerías o ministerios dirigidos por una determinada formación política, sin que este contenido se presente como publicidad. O en prácticas menos impresionantes pero igualmente inquietantes, como las consabidas presiones de los directores de comunicación del grupo parlamentario que maneja la llave de la caja de la publicidad institucional.
Llegados a este punto, se disipa la frontera con cabeceras levantadas por informáticos, con redactores inventados, creadas por la aportación económica de una organización política o una gran empresa para sugestionar la opinión pública. Y a partir de aquí, un razonamiento sorítico nos obliga a preguntarnos dónde está la frontera, en qué punto una determinada actividad de producción de contenido deja de ser periodismo. La paradoja de Sorites, de donde surge el adjetivo “sorítico”, es un experimento mental por el que nos preguntamos, por ejemplo, cuántos granos de arena hay que amontonar para formar una montañita –es decir, en qué punto de ese ejercicio emerge ese nuevo objeto–, o cuántos pelos de menos le convierten a uno en calvo –o lo que es lo mismo: cuando se produce un cambio de identidad.
Así, cabe pensar qué hay que añadir o quitar para interrogarnos sobre qué es y qué no es periodismo: ¿Dónde está la frontera cuando medios pretendidamente serios producen textos con IA? ¿Qué los diferencia de marcas y pseudomedios cuya producción está escrita exclusivamente por un robot? ¿Un agitador con un micrófono como Vito Quiles puede ser considerado periodista? Sobre esto último, otra pieza del puzle es la relativa a las leyes y los códigos deontológicos que regulan la profesión. Aquí sí que la dimensión normativa tiene un papel definitorio. Pero, bajo esta mirada más compleja que os propongo, el periodismo se define en una tensión de intereses en la que la vocación de servicio público es tan solo un contendiente más frente a tantos otros mucho más poderosos, como la economía o la política.
Si la dependencia respecto a la propiedad y a los anunciantes es muy alta, entonces lo de garantizar derechos a la ciudadanía queda en segundo o tercer lugar, detrás de la defensa de intereses corporativos o partidistas, cuando no relegado a un mero eslogan, muy mancillado por la necesidad de la empresa de sobrevivir y sufragar sueldos con los que los periodistas podrán pagar a su vez hipotecas, alquileres y manutención.
Al periodismo lo identifican o lo definen, pues, unas fronteras deontológicas y unas leyes que lo regulan, unos medios de producción y distribución y un contexto institucional compuesto de infraestructura tecnológica, facultades de ciencias de la información, órganos legislativos, colegios profesionales, consejos de informativos o verificadores, un todo a su vez muy permeable al sentir mayoritario de una sociedad dada. El modelo económico (fundamentado en el intercambio mercantil), el modelo de Estado (un régimen liberal, uno iliberal o uno autoritario) o las hegemonías culturales (progresistas, conservadoras o reaccionarias) establecen las reglas del juego en el que actúan los actores de la industria periodística.
Aunque esto no ocurre como en un todo orgánico muy bien integrado en el que el más mínimo cambio de una parte tiene efectos sobre el resto en su totalidad, como sucede en el motor de un coche, sino como en un ecosistema, en el que una especie exógena a un pantano, por ejemplo, o bien puede desaparecer, o encontrar un nicho en un rincón o devenir dominante, que nos decía Erik Olin Wright. La del ecosistema es una metáfora muy útil para no caer en el funcionalismo y afirmar cosas de brocha gorda, como que el periodismo y los periodistas son siempre funcionales al capitalismo o a los intereses del Estado de turno, pues incluso en los regímenes autoritarios más duros se generan resistencias de todo tipo entre los profesionales.
La que emana de la comparación del ecosistema no es una interacción caótica, ya que remite a la noción de autopoiesis: la propiedad de un sistema capaz de reproducirse y mantenerse a sí mismo mediante una red interna de procesos. Esta red genera los mismos componentes que la integran (el periodismo genera su público, por ejemplo), creando una clausura operacional: el sistema se cierra sobre su propia lógica interna para definir sus límites, distinguiéndose así del entorno y garantizando que sus operaciones dependan sólo de sí mismo para existir (mediante la producción de la figura del suscriptor, también para ejemplificar). Esta aproximación compleja nos da herramientas para entender cómo se superponen una multiplicidad de fenómenos para posibilitar la normalización de los discursos de extrema derecha.
Convergen en este proceso la caída de ingresos de los medios, sumada a cambios de hábitos informativos, a la polarización social o a la radicalización de las élites políticas y económicas, entre muchos otros factores. Eso es, el desplazamiento de la inversión publicitaria en redes sociales en detrimento de las empresas periodísticas. La preferencia por el consumo de vídeo directamente en plataformas como TikTok o Instagram y el rechazo a informarse de ciertas cosas como ejemplo del mentado cambio de hábitos. El surgimiento de lo que Miguel Urbán llama “broligarcas”, que no esconden sus adhesiones ultraderechistas, como Elon Musk y Peter Thiel, o de magnates que potencian ciertos discursos, como la apuesta del empresario ultraconservador Vincent Bolloré por amplificar la teoría racista de la gran sustitución en las tertulias de su televisión. Y no menos importante: autócratas o aspirantes a ello como Vladimir Putin o Viktor Orbán, dispuestos a invertir ingentes cantidades de dinero público para promover a partidos afines.
Desconocemos las motivaciones individuales que llevan a alguien a ceder ante esta presión estructural y a abrazar tesis reaccionarias, pero sí podemos inferir de una investigación de este tipo algunas explicaciones funcionales que señalan porque la probabilidad de que eso ocurra aumenta. A Marine Le Pen se la llevaba a tertulias porque su retórica inflamada generaba la audiencia que necesitaban las televisiones francesas para captar publicidad. El efecto de esa decisión –el incremento de audiencia– era a su vez la causa que la reforzaba y conducía a los responsables de programación a invitar de nuevo a la líder de la extrema derecha en Francia –el efecto explica la causa, eso es una explicación funcional. Y la polarización que generan redes sociales como TikTok, ofreciendo contenidos muy diferentes en función del género del usuario, transmiten a los medios convencionales que hay público para las aproximaciones más ultras, ampliando así el interés por el susodicho prisma: un pez que se muerde la cola. A modo de resumen, se puede afirmar que, además de los actores que promueven estas agendas activamente, la coacción muda e impersonal del mercado empuja en la misma dirección.
Tras esta exposición es más fácil visualizar la identidad del periodismo como un complejo armazón institucional hecho de muchos componentes y en constante desarrollo. En concreto, una unidad que tiende a resquebrajarse cuando el ecosistema mercantil y las grandes tecnológicas asfixian su capacidad de autoproducirse. Canales como X (antes Twitter) o Telegram devienen entornos hostiles, no sólo por la competencia que ciertos propagadores de bulos suponen para los periodistas, sino porque rompen la frontera que separa el periodismo del ruido. Cuando figuras sin contrapesos deontológicos prometen “más verdad” solo para monetizar el caos, el sistema pierde su clausura operacional. Si el periodismo ya no puede generar los procesos que lo distinguen de la estafa o la propaganda, deja de ser un sistema vivo para convertirse en un simple apéndice del mercado.
Sin mecanismos de control democrático –o republicano, que diría Toni Domènech–, nos enfrentamos a lo que Mon Mothma llamaba “la muerte de la verdad”. Pero esta muerte no es sólo normativa, es estructural: es el momento en que la red de procesos deja de sostener su propia frontera. Cuando la falta de independencia económica impide que los periodistas garanticen el derecho a la información, el círculo se rompe: el periodismo deja de producir la verdad que, a su vez, debería legitimarlo y sostenerlo. Y esto es un lujo que no nos podemos permitir, pues el monstruo que más grita no para de acaparar poder.
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Fotografía: Viento sur
