Por: Joel Hevi, Gabriela García Calderón Orbe. 17/08/2025
Las mujeres wahaya no tienen la misma situación legal que las esposas legítimas
En Níger, algunas comunidad conocen una verdadera discriminación que las vuelve invisibles social y económicamente. Es el caso de las mujeres wahaya, a quienes sus padres venden muy niñas e integran el hogar como quinta esposa.
Ibrahim Oumarou Yacouba, activista nigerino y experto en derecho para las comunidades discriminadas, ha hecho de este asunto un combate personal con respecto a los derechos humanos. Desde 2021, colabora con el Foro Global de Comunidades Discriminadas en Trabajo y Descendencia (GFoD), plataforma internacional fundada en 2019 en Nueva York, que defiende los derechos de las comunidades víctimas de discriminación por trabajo o ascendencia en todo el mundo.
En entrevista por correo electrónico con Global Voices, explica por qué se necesita un debate público para hacer evolucionar los derechos de la mujer.
Joel Hevi (JH): ¿Cómo esas formas de desigualdades sociales se manifiestan concretamente en la vida cotidiana de las comunidades afectadas?
Ibrahim Oumarou Yacouba (IOY): En Níger, el sistema de castas, aunque varía según grupos étnicos, sigue siendo una realidad social en algunas comunidades con roles sociales jerarquizados y predefinidos.
Con los tuareg, fulani y otros grupos, algunas personas sufren discriminación cercana a la servidumbre moderna, sin acceso a tierras, ni a casarse con las castas llamadas «nobles». Esas jerarquías establecidas desde el nacimiento suelen basarse en la actividad tradicional de diferentes clases, como los imajaghan (nobles), ineslemen (guerreros), los imrad (artesanos) y los iklan (esclavos).
Los esclavos, considerados como inferiores, tienen pocos derechos. Su trabajo también es estigmatizado. Suelen ejercer en sectores desprestigiados, como la preparación de pieles o la herrería, oficios considerados como de “casta baja”. Esta exclusión también se traduce como marginación política.
JH: ¿Quiénes son wahaya y por qué su realidad está invisibilizada?
IOY: El sistema wahaya tiene un lugar muy particular en la sociedad nigerina. Desde el punto de vista del islam, un hombre puede tener cuatro esposa legalmente reconocidas. En Níger, algunas prácticas eluden esta regla y toleran la presencia de una «quinta esposa», llamada «wahaya«. Algunos no dudan en tener una sexta o séptima esposa.
La mujer wahaya tiene una situación específica: no se le considera esposa en el sentido legal del término. Se la percibe como un «regalo», llega a la familia para ocuparse de cuidar al marido, los niños, a las otras esposas, sin por eso beneficiarse de los derechos y protecciones que vienen con un matrimonio oficial.
No hay edad fija para ser wahaya. Hemos encontrado mujeres que empezaron como menores, a veces de 12 o 13 años. Esas mujeres suelen trabajar todo el día para satisfacer las necesidades del hogar. Algunas tienen hijos con el hombre. Esos hijos no gozan de los mismos derechos que los hijos nacidos de un matrimonio legal. También son víctimas de discriminación social y jurídica, heredan la marginación que sufre su madre.
JH: ¿Cuáles son los obstáculos que impiden que se escuchen esas voces marginadas?
IOY: En la primera Foro Global de Comunidades Discriminadas en Trabajo y Descendencia en África, organizada en abril en Acra, tratamos los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODD) con más de cien participantes, universitarios y activistas de muchos países que denunciaron que persiste la discriminación por ascendencia.
En mi país, las personas que defendemos, víctimas de discriminación profunda, no tienen acceso suficiente a servicios de salud. La infraestructura medica son pocas o están alejadas de donde viven, los tratamientos son costosos. Esas poblaciones no tienen empleo estable que les permita cubrir sus gastos.
Además, la igualdad de género está en el centro de los debates. Muchos piden un trato igualitario entre hombres y mujeres, pero algunos aún se resisten a esta idea, les parece inaceptable que las mujeres se beneficien de los mismos derechos y oportunidades que los hombres. Defendemos firmemente el derecho al trabajo decente e inclusivo, accesible a hombres y mujeres.
Históricamente en Níger, hay que reconocer que esas poblaciones marginadas nunca han tenido realmente la oportunidad de acceder a educación o formación, condiciones indispensables para desarrollarse plenamente. Lo que está en juego realmente es garantizar oportunidades iguales de formación y de empleo, para que cada persona pueda participar plenamente en la sociedad.
JH: ¿Algún testimonio particularmente memorable en sus investigaciones?
IOY: Cuando escucho los relatos de las mujeres wahaya, lo que me asombra es su resiliencia. Esas historias conmocionan.
He documentado algunas de esas historias, como la de una mujer que me confió que su tío la vendió a los 12 años a un comerciante. No quería que se supiera por temor a represalias. Jamás se casó, pero la «ofrecieron2 como mercadería, sin dote, sin ceremonia, sin derechos. Desde entonces vive una servidumbre disfrazada. Trabaja día y noche, se ocupa de la casa, de los niños del patrón, de las otras mujeres y no tiene derecho a decir que no. Tiene hijos, pero no tienen situación legal. Ahora, esta mujer tiene unos 25 años. Sigue viviendo en un sistema en el que la palabra de mujeres como ella sigue mayormente reprimida.
También me encontré con una muestra de las secuelas de la esclavirud: Moussa, hijo de una wahaya, perdió un ojo por un castigo. Perdió un animal cuando llevaba el rebaño de su patrón, y lo golpearon tanto que perdió un ojo. Su testimonio muestra la crueldad sistémica que enfrentan las personas.
También está Hadizatou Mani-Karoau, wahaya cuyo recorrido es ahora un símbolo de la lucha de numerosas nigerinas, y hasta africanas. Luchó por su libertad, gracias al apoyo de la asociación Timidria, llegó a recuperar sus derechos.
Esas historias son dolorosas, pero muestran que a pesar de la violencia y la opresión, hay lugar para la esperanza. Gracias al trabajo de activistas y asociaciones, sobre todo del Estudio de la esclavitud en Níger: testimonios, manifestaciones y causas, y de iniciativas como el proyecto Inclusivity del Foro Global de Comunidades Discriminadas en Trabajo y Descendencia, la lucha por la igualdad y por los derechos humanos continúa.
JH: ¿La colecta de donaciones refleja las vivencias de grupos discriminados?
IOY: Como investigador del proyecto Inclusivity del Foro Global de Comunidades Discriminadas en Trabajo y Descendencia, vi obstáculos, pero busqué superarlos.
Vale decir que el tema que investigo sigue siendo tabú. En las comunidades, se niegan a hablar de eso. No por ignorancia, sino porque quienes se oponen suelen ser quienes salen beneficiados.
Creo profundamente que emprender la lucha nos lleva a una forma de protección espiritual. Es una convicción íntima. Cuando defiendes la dignidad humana, hay algo más grande que te sostiene. Entonces, pese a las dificultades, continúo.
Mi lucha va en varios frentes que usan música, mediación cultural y el derecho internacional medios para hacer escuchar las voces reducidas al silencio y sensibilizar sobre las injusticias. Pero mi mensaje no se para en las fronteras de mi país. Esta realidad de la esclavitud por ascendencia existe en otros sitios.
También me dediqué al plan académico, escribí y compilé testimonios. En el plano político, pedimos mecanismos de protección más inclusivos.
Tratamos de aportar para que mañana, nadie más se vea reducido al silencio por sus orígenes. Para que ni un solo niño más nazca esclavo de un sistema que no eligió.
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Fotografía: Global voices. Grupo de mujeres wahaya beneficiarias del proyecto Bridge de la OIT en las regiones de Tahoua y Agadez em Níger.
