Maricruz López Martínez* y Sergio Moissen. 06/08/2025.
Las manifestaciones anti-gentrificación, específicamente en la Ciudad de México, explotan de indignación e impotencia frente a los procesos de expulsión silenciosa que afectan a cientos que habitan en sectores populares, especialmente en zonas de alto valor inmobiliario como en la Santa María la Ribera, Juárez, Roma, Centro y Coyoacán. Con la turistificación, el auge de diversas plataformas como lo son Airbnb, Booking, los desalojos son invisibilizados bajo la premisa de “remodelaciones” —ahora es el método contemporáneo para el despojo urbano—. Más allá del programa que debe discutirse en las movilizaciones, la realidad de la gentrificación llegó para quedarse.
Hay quienes han descalificado o menospreciado aquellas voces que se manifiestan, reduciéndolo a un deseo aspiracional de habitar barrios de “moda”, sin embargo, de trasfondo hay dinámicas estructurales que no debemos dejar de lado como lo son las largas jornadas de trabajo, tiempos de traslados para el mismo, derecho a la vivienda digna, derecho al gozo de poder acceder a la recreación y a experimentar la ciudad. Redes de vida, trabajo, afectos que se han tejido y que las personas que la habitan tienen derecho a defender, derecho a permanecer en los territorios de este manto que les ha dado cobijo. La gentrificación no solo reconfigura la estética de las fachadas, fragmenta comunidades y expulsa cuerpos no rentables del mapa urbano.
El artículo 4 constitucional menciona que se debe garantizar el derecho a la vivienda digna y decorosa. En la práctica, este derecho ha sido ignorado y sustituido por políticas públicas orientadas al lucro y falta de regulación sobre las rentas. En la 4T permanece la lógica neoliberal en la política de la vivienda, eso es clarísimo. La planeación participativa, la vivienda social no especulativa y la autogestión comunitaria sobre el suelo son casi inexistentes, es materia pendiente.
Acapatzingo
Ante este panorama vale visibilizar alternativas concretas como lo es la Cooperativa Acapatzingo en la periferia de la Ciudad de México, entre Iztapalapa y Tláhuac; nacida tras una historia de lucha por la tierra frente al desplazamiento sistemático. Acapatzingo representa una forma autogestionada de producción del espacio: ahí, en donde las y los habitantes organizados decidieron en colectivo cómo vivir, construir, habitar y cuidarse. Sin bancos, ni constructoras intermediarias, sin inmobiliarias, sin desplazamiento. Su modelo no solo garantiza vivienda, sino que fortalece el tejido barrial, promueve la autonomía comunitaria y vive, goza una ciudad fuera de la lógica del capital.

Esta experiencia es totalmente desconocida. Se trata de un proyecto exitoso de construcción de vivienda digna. En el año 1996, más de 600 familias, organizadas de forma autónoma, autogestiva, decidieron por medio de una lucha de clases ocupar terrenos ociosos y creativamente, por medio de asambleas gestionadas desde abajo, crear vivienda digna. 130 metros cuadrados por familia, con áreas verdes, auditorio, radio comunitaria, sistema de seguridad comunitario en Acapatzingo mantienen a raya en la periferia a los grupos del llamado “crimen organizado”.
En Acapatzingo se capta el agua de lluvia, existe un método hacer agua potable, se tiene un huerto comunitario y lo más importante se han construido formas comunitarias para la resolución y gestión de la comunidad por medio de comisiones rotativas, además de que la asamblea y congreso de la organización es la máxima forma de toma de decisiones. Una forma de vivir la ciudad de una forma diferente es posible: Acapatzingo la hicieron primero con lucha de clases y junto a una autogestionada forma de construir decisiones con métodos asamblearios que hasta hoy, continua.
Como sostiene Enrique Pineda: “Cuando uno cruza las puertas de este barrio inusual, uno se da cuenta de inmediato de que algo muy especial sucede en este rincón del oriente de la Ciudad de México. No sólo porque uno es recibido por las guardias rotativas de los vecinos que mantienen la seguridad barrial en cada acceso para las más de 500 familias de la Cooperativa Acapatzingo; ni tampoco por los mensajes colgados en las puertas con numerosas invitaciones de talleres y otras actividades culturales; sino esencialmente porque al cruzar el umbral de esos accesos uno puede ver y sentir otro orden, uno alternativo, en medio de la gran capital”.
Si bien la experiencia de Acapatzingo demuestra que otras formas de vida urbana son posibles y deseables, también es necesario advertir que los grandes capitales inmobiliarios y los gobiernos aliados no permitirán que este modelo se replique en zonas de alta plusvalía. La gentrificación no es solo un efecto colateral del «progreso urbano», sino una estrategia fundamental en la cadena de reproducción del capital: convierte el suelo urbano en mercancía, desplaza población para crear espacios rentables y redefine las prioridades del uso del territorio en función de la ganancia. Es por eso que experiencias como Acapatzingo han sido posibles en zonas periféricas donde el capital aún no ha consolidado su control total, pero serían ferozmente reprimidas en barrios como la Roma, la Condesa o Coyoacán. De ahí que tomar a esta experiencia como ejemplo no implique repetirla literalmente, sino recuperar su dimensión organizativa, popular y anticapitalista como base para una lucha urbana más amplia contra la lógica depredadora del mercado.
En un momento en el que la ciudad se disputa entre la permanencia y el éxodo, entre el negocio y la vida, las protestas anti-gentrificación y experiencias como Acapatzingo son resonancias y recordatorio de que otra ciudad es posible, pero no está concedida: será construida desde abajo. Urge pensar una perspectiva anticapitalista al tema del espacio urbano, al tema de la ciudad, porque hoy en plena 4T seguimos viviendo una ciudad clasista que nos expulsa y nos expropia el derecho a la ciudad.
*Estudiante de Posgrado Estudios sobre la Ciudad UACM
