Por. Victor Ortega. 12/07/2025.
Es preciso pasar una revisión breve a la secuencia de luchas gremiales que inicia en septiembre de 1957 con el paro de los telegrafistas y termina con la represión del tercer paro ferrocarrilero en marzo de 1959. Los telegrafistas inician su paro de septiembre de 1957 por aumentos de salarios y desconociendo a la administración central por su despotismo y a su secretario general sindical por robo de fondos. Los telegrafistas rechazan el apoyo de los gremios del magisterio y los trabajadores de correo, y solicitan la intervención del presidente.
En El movimiento ferrocarrilero en México 1958/1959 (1972) de Antonio Alonso, leemos:
[…] Los problemas surgidos, todos ellos a raíz de una demanda de aumentos de salarios, habrían de resolverse de acuerdo a la política tradicional del Estado mexicano, es decir, a través de cauces institucionales. Hasta ese momento la institucionalidad del régimen parecía operar. Cuando a los telegrafistas se les cerraron las posibilidades legales, éstos recurrieron a medidas igualmente institucionales: manifiestos en los diarios, y cuando éstos tampoco resultaron efectivos e igualmente nos e aceptó a los intermediarios, quedó el recurso de la petición directa al presidente, quien no resolvió de inmediato sus demandas, sino a medida que se fue normalizando la situación, y hasta que los operarios cesaron la actitud de fuerza (la huelga), fue cuando se concedieron paulatinamente sus peticiones.
Pero paralelamente a las demandas económicas de los telegrafistas habían plantado su repulsa a los líderes; esta acción dotaba al movimiento de un carácter distinto al estrictamente económico. Para los telegrafistas había sido evidente la separación entre dirigentes y base sindical. También habían efectuado, precisamente en el proceso mismo de lucha, una repulsa a los cauces institucionales. La huelga misma se había prolongado porque se negaban a reconocer como mediador a su líder. Tal desconocimiento, no obstante haber sido solamente tácito, planteó la anulación del líder sindical como cauce institucional de resolución de las demandas. Los representantes optaron por separarse de la central y de sus líderes; no lucharon frontalmente contra ellos, sino que se marginaron y buscaron de esta forma la manera en que los mismos telegrafistas lucharan por sus demandas y atendieran a sus más próximos intereses. (pp. 108-109)
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Por su parte, los maestros agrupados en el Movimiento Revolucionario del Magisterio en la lucha por aumentos salariales desde abril de 1958 habían sido desalojados del Zócalo y habían ocupado oficinas de la Secretaría de Educación Pública, pero son reprimidos en septiembre. Dice Antonio Alonso en su libro citado anteriormente:
[…] Los maestros, tanto por la represión de que fueron víctimas primero, como por la espectacularidad de las medidas adoptadas, lograron atraer mucho más la atención de la opinión pública. Su lucha se dirigió, también centralmente, a la obtención de salarios mejores. Pero al mismo tiempo fue dirigida contra un líder separado de sus representados (que era candidato a diputado).
Y aun cuando los maestros no se propusieron derrocar al comité ejecutivo general, su lucha estaba enfocada contra el sistema institucional que regulaba la elección de representantes sindicales. También rechazaron a sus líderes como intermediarios en la petición de demandas, y por eso mismo la lucha se había prolongado hasta que hicieron uso de otro cauce para tratar adecuadamente sus problemas: acudieron al presidente de la República.
Su lucha fue también local, tal vez extremadamente local, pues sólo se ocuparon de su sección y no plantearon demandas que fueran dirigidas a sectores más amplios (algunos de ellos sin duda más necesitados de aumento de sueldo como, por ejemplo, los maestros rurales. Por esto, si bien lograron atraer cierta simpatía hacia su lucha, no obtuvieron el apoyo necesario, sobre todo en los mismos maestros. (p. 109)
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Los petroleros tenían un conflicto con la prórroga a la revisión de su contrato colectivo en abril de 1958; en El movimiento ferrocarrilero en México 1958/1959 se dice:
[…] En los petroleros se nota una incipiente lucha; fue por demás ilustrativo el hecho de que la dirección sindical acordara una prórroga al contrato colectivo sin tomar en cuenta la opinión de los representados. Esto originó un gran descontento en las secciones sindicales. Los obreros se oponían a la prórroga del contrato colectivo atendiendo más que nada a lo bajo de su salario en relación al costo de vida; pero para la defensa de este interés estrictamente económico tuvieron también que luchar contra sus representantes sindicales, pues se dieron cuenta de que éstos no representaban realmente sus intereses por haber pactado con la empresa.
En apariencia, los petroleros habían aceptado tácitamente el pacto celebrado entre sus dirigentes y la empresa, pues no obstante que había anunciado estar dispuestos incluso a derrocar a los que habían pactado, no tuvieron la suficiente capacidad para llevarlo a cabo. Su lucha, repetimos, fue incipiente y, también sin proponérselo, planteaban ya la batalla contra una dirección sindical cuya herencia partía no sólo de la modalidad sindical que implantó El Charro, sino de la manipulación y del control que el Estado había ejercido sobre el movimiento obrero a partir de la misma formación de las grandes centrales obreras. (pp. 109-110)
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La lucha de los ferrocarrileros inicia en febrero de 1958 por aumentos salariales y otras mejoras. En mayo forman la Gran Comisión Pro Aumento de Salarios y en junio organizan sus reivindicaciones en el Plan Sureste, seguido de paros laborales en junio y julio, siendo el segundo reprimido por agentes secretos, policía judicial y granaderos hasta agosto, cuando el movimiento reivindicativo amenaza con extenderse por los emplazamientos a paro de telegrafistas, petroleros y maestros.
El gobierno reprime a los maestros y aprueba las elecciones de los petroleros en septiembre, y en diciembre entra en negociaciones con los ferrocarrileros. Al no cumplir los tratos, los ferrocarrileros llaman a un tercer paro en febrero de 1959 y en marzo son severamente reprimidos por el ejército.
En una reflexión, cuya centralidad es la unificación política e ideológica de la clase obrera formalizada en un partido comunista como condición necesaria para cualquier victoria, se lee:
[…] La lucha entrañaba una dualidad de propósitos: sus objetivos no eran estrictamente económicos; el conflicto aparecería además como una incipiente (pero auténtica) lucha de la clase obrera. Sus objetivos consistían, por un lado, en lograr el aumento de salarios, y por otro conseguir la revocación de los dirigentes que los habían traicionado. Y aún a pesar de que todavía no se planteaba deponer al ejecutivo general, subyacía en el fondo de su lucha la protesta contra las estructuras sindicales apegadas incondicionalmente a la estructura del Estado mismo. Su lucha se planteaba contra este institucionalizado control de las organizaciones sindicales. Era necesario que las demandas obreras, que surgían de la base misma, fueran las que se planearan ante las empresas y el Estado, era preciso echar por tierra a los representantes sindicales quienes habían ido desnaturalizando el papel de intérpretes de su clase, de sus representados, y se habían convertido en mecanismo de control, que suavizaban, refrenaban y, en suma, conciliaban los intereses de los asalariados y de las empresas. (pp. 116-117)
[…] Los ferrocarrileros recibieron apoyo de los electricistas, del Movimiento Revolucionario del Magisterio, de las secciones 34 y 35 de petroleros, mientras recibían noticias de las nuevas revocaciones de los líderes en las secciones locales. (p. 117)
[…] El carácter espontáneo de las luchas había colocado a la dirección ferrocarrilera al frente de una batalla para la que no estaba preparada ni en lo orgánico ni en lo ideológico, que sería lo principal. Aun las medidas típicamente nacionalistas propuestas por el sindicato ferrocarrilero, tales como la revisión (y aumento) de las tarifas de las compañías mineras, así como de los fletes de exportación, significaban nada menos que una redefinición de las relaciones de dependencia respecto al imperialismo norteamericano.
Por otra parte, al juzgar la bandera exterior del movimiento ferrocarrilero, la de independencia sindical, se observa que carece del rasgo esencial para su cabal cumplimiento: se planteó únicamente la independencia orgánica de las centrales oficiales, más no la independencia ideológica y política. (p. 178)
