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“Transformar el sistema de comunicación no depende solamente de los periodistas”

Por: Darío Alejandro Escobar. Rebelión. 25/06/2017

Raúl Garcés Corra pareciera demasiado joven para ser Decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana. Nunca antes alguien tan fresco y audaz había tenido la inmensa responsabilidad de gestionar procesos académicos, administrativos y estudiantiles en una de las sedes históricamente más creativas e inquietas de la UH. Heredero de la impronta de Julio García Luis -aunque muchísimo más pragmático- Garcés intenta poner al día a la práctica política con la reflexión académica desde la universidad cubana. Asimismo, es un entusiasta cómplice de sus alumnos y cuando su pequeño hijo le deja un minuto para sí mismo, entonces recuerda sus mejores tiempos como periodista radial o analista de política internacional de la televisión. A veces confiesa que le gustaría volver a esos días. Muchos, entre los que me incluyo, esperamos ansiosos.

Esta entrevista tiene más de dos años. Desgraciadamente todavía padecemos de los mismos problemas. Por eso considero que ahora más que nunca interesa reflexionar con una de las voces autorizadas en el país, acerca de los desafíos de mayor urgencia en el periodismo cubano contemporáneo.

¿Qué importancia le concede a la ética en el periodismo actual?

La ética tiene una importancia crucial en la autorregulación del periodista, en su apropiación de una cultura profesional y de una rutina que le permita tomar decisiones, en correspondencia con los valores de esa cultura profesional, siempre asociada a un contexto sociopolítico específico.

La ética, dicen los teóricos, tiene varias dimensiones: una empírica, donde se aplican claves propias del campo a estudios de caso determinados, una filosófica, heredera del pensamiento filosófico que, muy tempranamente, intentó discernir entre las categorías del bien y del mal, y por ese camino, construir una columna vertebral axiológica, y, por último, una dimensión normativa, asociada a los mecanismos de regulación y a los propios códigos de ética.

Creo que el periodista tiene que apropiarse de una articulación de las tres dimensiones. Debe constantemente preguntarse a sí mismo cómo actuar en un momento determinado, en un caso determinado, respondiendo a una práctica profesional determinada. Al mismo tiempo, debe apropiarse de una visión normativa, que es lo que un código de ética regula, y de la tradición filosófica que sostiene los valores de la cultura profesional, enraizada, en el caso del periodismo, dentro de una historia y un contexto específicos.

¿Cómo valora el papel de los códigos deontológicos para el periodismo en tiempos de Internet?

Creo que los códigos deontológicos han sido subestimados, subvalorados muchas veces. Un autor que ha abordado estos temas, Hugo Aznar, dice en un ensayo que los códigos de ética no sirven para nada y en realidad es una provocación, porque obviamente los códigos de ética sirven para mucho, excepto cuando se convierten en papeles engavetados, o cuando no son referentes de consulta de una organización periodística.

Nosotros tenemos que lograr que los códigos de ética sean marcos regulatorios de la actuación profesional y tenemos que lograr que los periodistas los conozcan no solo para saber lo que se les viene encima en caso de que su comportamiento no se apegue a la ética, sino también para saber de qué mecanismos disponen para exigir la ética periodística. No solo exigirla en el ámbito estrictamente periodístico, sino también exigírsela a las fuentes y al entorno social donde nos desenvolvemos.

En el ámbito de Internet todo es más difícil, porque, potencialmente, periodistas no somos solo los graduados de Periodismo. En el ámbito de Internet cualquiera puede ser generador de contenidos, cualquiera puede copiar y pegar un texto. En la medida en que se vaya asentando un pensamiento un poco más interpretado, más sereno en torno al impacto de estas tecnologías en nuestras sociedades, se podrá saber cuáles son los límites de lo posible. Ese es un mundo en construcción.

Pero, en todo caso, ese mundo en construcción es una extensión simbólica del mundo real. Los límites de lo posible en Internet están marcados, en cierto sentido, por los límites de lo posible en el mundo real. También en Internet difamar, no verificar las fuentes, ser inexacto en las cosas que se dice, mentir, burlarse de otro con el propósito de agredir su dignidad, son violaciones éticas que progresivamente deberían encontrar un marco regulatorio.

¿Considera que el código deontológico en Cuba está lo suficientemente actualizado? Si algo le faltara, en su opinión, ¿qué sería?

Creo que el código de ética se ha actualizado. He participado en varias discusiones profesionales donde salen a la luz violaciones éticas que son sancionadas, en el ámbito moral, utilizando las herramientas que el código de ética provee. En la medida en que la sociedad transforme su sistema de comunicación y forme profesionales que se autorregulen más, va a ser más necesario un código de ética activo, que se utilice activamente, que se presente en las organizaciones para fortalecer los mecanismos de autorregulación.

Creo que al código de ética de la UPEC le falta una reflexión más asentada en torno al impacto de la tecnología y qué puede ser violación ética en el ámbito de lo digital y qué puede no serlo. Opino que nos hace falta regular en torno al tema de la propiedad intelectual. En Cuba existe un acercamiento todavía muy preliminar, muy básico, al tema de la propiedad intelectual. Cualquiera reproduce un artículo o un video de otro sin atribuírselo, y eso no tiene mayores repercusiones.

En un entorno de discusión sobre acceso abierto, gobierno abierto e información abierta, todas estas cosas están en discusión, pero en todo caso requieren en muchos casos marcos regulatorios.

Tiene que haber, probablemente, una reflexión más madura y más articulada con lo que va a ser el futuro de nuestro sistema de comunicación. No pienso que en el futuro el sistema de comunicación cubano sea exactamente como el de hoy, donde hay un predominio de formas estatales de comunicación. Creo que ya estamos asistiendo a la transición hacia un sistema de comunicación público, donde el Estado tiene un peso esencial, pero la producción cultural e informativa proviene de otras muchas vías, algunas cooperativas, o individuales. Lo estamos viendo en la blogosfera, o en los productores audiovisuales, o en otros actores cuya generación de contenidos tiene gran impacto.

El papel del Estado, tal vez, no sea tanto en el futuro producir comunicación a través de los medios que gerencia, sino convertirse en una instancia articuladora de plataformas de comunicación múltiples y disímiles, que sean funcionales al proyecto político nuestro. Significará un cambio cultural importante que tendrá necesariamente una expresión en los futuros códigos de ética.

En conjunto con una ley de prensa y quizá otros marcos normativos como una ley de transparencia, etc., ¿qué otras condicionantes, profesionales o no, serían necesarias para hacer que ese código o esas prácticas profesionales sean más cómodas, eficientes?

Como ya he dicho antes, una ley de prensa tampoco va a ser la panacea de nuestras vidas. Será una solución en el sentido que nos proveerá de un marco regulatorio que proteja la información como un bien público y a los periodistas como indagadores en torno a esa información, pero creo que tan importante como una ley de prensa es generar un ambiente social, cultural, periodístico que facilite la información como bien público y movilice a la ciudadanía en función de exigir la información y entenderla como bien público.

Hay que trabajar en profesionalizar a los periodistas. Hoy hay una parte del sector que no está profesionalizada, que no sale de las aulas universitarias, que no tiene herramientas en algunos casos indispensables para enfrentarse al ejercicio profesional. También hay que estimular un activismo ciudadano que contribuya a exigirle al sistema de comunicación pública que sea funcional al propósito de comprender la información como bien público.

Transformar el sistema de comunicación no depende solamente de los periodistas, ni únicamente de una ley de prensa. Depende de la sociedad toda, de las fuentes que tienen que tener su papel y comprender que esta es una sociedad donde la transparencia y la información se necesita para un modelo de socialismo próspero y sostenible. Depende de los periodistas, porque tienen que ser cada vez más inquisidores, porque somos naturalmente profesionales incómodos, a medio camino entre lo que quiere la opinión pública y lo que dicen las fuentes o lo que dicen los funcionarios, las personas que trabajan en los ministerios, etc. Pero creo que también hay un papel que le toca a la ciudadanía, que es el papel de exigir, de participar.

Para participar hay que comunicarse y para comunicarse hay que formar parte de un sistema de comunicación. El cambio cultural pasa por el hecho de que todos comprendamos, incluida la ciudadanía, los ministerios, las entidades, las instituciones, que un socialismo próspero y sostenible pasa también por encontrar formas novedosas, funcionales, estéticamente atractivas, para potenciar el papel de la comunicación y su función como plataforma articuladora del consenso social.

Ese consenso se articula mejor sobre la base de participar, comunicar, dialogar y tratar de buscar entre todas las verdades un punto que nos sirva a todos, o por lo menos a la ciudadanía conscientemente activa, para avanzar en el camino del proyecto político cubano.

¿Considera que existen nuevos dilemas éticos profesionales o hay un agravamiento de los tradicionales, de los que usted mencionaba?

Creo que existen nuevos ámbitos, aunque en general los dilemas éticos siguen siendo los mismos. Probablemente han cambiado los escenarios en que esos dilemas se expresan y no excluyo la posibilidad -la pregunta me toma por sorpresa- de que también existan algunos dilemas nuevos. En la era de la sociedad red, de la sociedad de la información, cuando Wikileaks publica cables potencialmente escandalosos pero al mismo tiempo de interés público, tenemos que volver a dar la discusión sobre los límites, y comprender que los límites dependen de los contextos, de situaciones específicas. Lo que es posible dentro de una coyuntura o en un escenario, puede que no lo sea en otro. Es una discusión que no se resuelve con letra muerta, sino con la participación activa de todos nosotros.

Una contradicción que es culturalmente propia de esta época es que podemos publicar más que nunca y justamente en nombre de esa libertad de publicación podemos publicar más basura que nunca. Presumimos, como decía Saramago en uno de sus textos, de que estamos muy informados, creyendo que estamos muy informados pero sin posibilidad de distinguir muchas veces lo relevante de lo intrascendente, o sometidos a un bombardeo que limita nuestras capacidades de interpretación.

Sigue habiendo dilemas éticos entre periodistas y fuentes, en torno a cuál es la conducta que deben tener los periodistas frente a cada uno de los escenarios donde se desenvuelven, sigue habiendo problemas éticos en los fraudes, en las difamaciones, en el tratamiento inexacto de la información, en la no verificación ni contraste de las fuentes, etc, pero todos esos problemas éticos se presentan, se agravan y toman nuevas formas y nuevos desafíos en los nuevos contextos.

Todo el mundo puede decir lo que quiere en la práctica, y como todo el mundo puede decir lo que quiere, la red está llena de información sin valor ninguno, como también está colmada de información trascendente. Tenemos que desarrollar más que nunca las competencias para interactuar con ese entorno.

¿Cree que el periodismo cubano está listo para lidiar con estos dilemas, con estos problemas en general?

¿Cuáles problemas?

Los de la profesionalización, los de la ética, los del ejercicio profesional.

Creo que estar o no listos o preparados… no me gusta mucho la respuesta en blanco y negro, sí o no. Creo que es un camino y si me preguntas si los periodistas están preparados, pienso que hay caminos y contextos que nos ponen en un mejor escenario para dar la batalla por un nuevo sistema de prensa. Creo, al mismo tiempo, que existen obstáculos casi antológicos como la sicología de plaza sitiada, la vulnerabilidad de la capacidad de los directores de medios para decidir editorialmente en torno a lo que se publica, determinados niveles de desprofesionalización en la prensa…

El nuevo escenario de las relaciones con Estados Unidos nos pone frente al desafío de reaccionar cada vez con mayor inmediatez, con más profesionalidad, preservando la diversidad y pluralidad de nuestro discurso, diferenciando la comunicación oficial de la comunicación pública, que no son la misma cosa.

La historia de la nación cubana, al menos en los últimos cincuenta años, ha tenido que generar respuestas en medio de situaciones límites, frente a determinadas circunstancias que han obligado a potenciar las capacidades de nuestro capital humano para generar esas respuestas.

Tenemos que aprender, en las nuevas circunstancias, a construir una relación con los Estados Unidos capaz de mantener nuestra independencia, nuestra soberanía, y al mismo tiempo un discurso público suficientemente hábil, atractivo, diverso, como para generar y reproducir el consenso logrado todos estos años por la Revolución cubana.

¿En qué punto está la academia frente a estos escenarios nuevos?

La academia intenta ser un poco más protagonista. Estamos generando un nivel de investigación en la facultad mucho más relacionado con la demanda de la investigación social en el país y relacionado con los problemas que el país está enfrentando. No se estudian temas intrascendentes, sino diría que algunos son, incluso, cada vez más osados.

Hay temas cada vez más articulados con los problemas del país y con la esfera pública dentro de la cual nos insertamos y hay cada vez una mayor demanda por parte del país, expresada en las prácticas laborales, en los proyectos, en la necesidad cada vez mayor de ubicar nuestros estudiantes dentro de la administración pública, el sistema empresarial, gobiernos locales, etc. Estamos intentando integrar competencias de las tres carreras en función de proponer a la sociedad soluciones integradas, que puedan repercutir favorablemente en un ecosistema de innovación.

¿Quiere decir que hemos conquistado el cielo por asalto? Creo que no.

La academia tiene también que repensarse a sí misma y modificarse a sí misma en función de vencer los desafíos que tiene por delante. La academia está también metida dentro de su propia burocracia, dentro de muchos mecanismos que conspiran contra la posibilidad de dedicarle tiempo al pensamiento, absorbida en prioridades administrativas que desgastan o aplazan prioridades científicas.

Muchas veces está sometida a un pensamiento disciplinar, por carreras, y necesita de una visión y una práctica que tienda a gestionar la ciencia desde la interdisciplina. Nos pasa aquí mismo en la facultad, así que imagina cómo será a un nivel más macro.

Ahora, por ejemplo, estamos construyendo una relación con la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), con el Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI), entre otras instituciones, que es el resultado de la demanda de las propias instituciones; la Fiscalía General de la República, la Asamblea Nacional, el INDER, el Ministerio de Comercio Interior, por solo mencionar algunos. Ellos, tal vez sin proponérselo, nos han obligado a unirnos, pero la academia por sí misma muchas veces no ha desarrollado o no ha alentado lo suficiente los caminos que permitan construir esa unidad desde dentro. La academia no solo va a tener que multiplicar su impacto hacia afuera, sino pensarse más hacia adentro, y poner el pensamiento teórico al servicio de los desafíos que tenemos por delante.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=228166

Fotografía: Caimán Barbudo

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