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Tiempos del sismo: detrás del unísono el tiempo del capitalismo y la desigualdad

Por: Isaura Leonardo*. Horizontal. 12/10/2017

El sismo del 19 de septiembre en la Ciudad de México tuvo como reacción un potente ritual de solidaridad que organizó a su sociedad sin necesidad de los aparatos del Estado en torno al rescate de víctimas y asistencia de afectados. Pero la desigualdad no tardó en abrir sus propias fisuras.

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Según afirma el antropólogo Roy Rappaport en Ritual y religión en la formación de la humanidad (Akal, 2016), el tiempo del ritual es un tiempo fuera del tiempo: «Hago referencia a la duración abarcada por los rituales como el ‘tiempo fuera del tiempo’ […] Ahora podríamos considerar cómo el tiempo fuera del tiempo está realmente fuera del tiempo cotidiano» (p. 257). Un estado de excepción que organiza un caos primigenio, que lo regula. El tiempo del ritual es fundamental para que este ejerza su muy particular función social y ecológica: regular, transitar, cohesionar o romper, pactar, significar. Su información es la organización.

Tras el sismo y con zonas de desastre todavía en rescate, pienso que la catástrofe «natural» instaura tras su paso un tiempo de excepción, un espacio de excepción y una reunión colectiva que por momentos, pasado el evento, se parece en algunas cosas al ritual. Diré que crea pequeñas comunidades rituales: suspensión de actividades del tiempo ordinario, usos atípicos del espacio común, cadenas humanas, comedores comunitarios, señales corporales compartidas, en primera instancia vinculadas con el rescate de cuerpos muertos o vidas, y que además involucran un importante despliegue corporal. No quiero decir para nada que la crisis por un terremoto sea equiparable a un carnaval o a una danza iniciática. El ritual no es el acontecimiento, lo es la manera de enfrentarlo, regularlo.[I]  Solo quiero importar de Rappaport dos cosas, su noción de tiempo del ritual y la operación sintética/elíptica del mismo: lo que el ritual en su realización resume. Las comunidades temporales que se crean para el rescate de personas eliden las fronteras de las clases sociales y los géneros: «todos somos iguales en la tragedia», y es verdad pero solo relativamente, o solo tomada de un lado. Gradualmente asoman coordinaciones, casi siempre horizontales, necesarias para el buen funcionamiento de estas células de brigadistas.

Para decirlo con Rancière, de su reciente visita a México justo en días de tiempo de sismo, entramos en «el tiempo de igualdad»:

«El mundo de la igualdad se distingue del mundo de la desigualdad gracias a lo siguiente: gracias a que es un mundo en permanente reconstrucción o deconstrucción es un mundo que nace de brechas específicas operadas en el sentido común dominante […] estas brechas son interrupciones en el curso normal del tiempo; son jornadas revolucionarias, huelgas, ocupaciones. Ocupaciones en curso en las cuales el tiempo parece detenerse o acelerarse o tomar ritmos inéditos; por ejemplo, ahí tenemos personas que están donde no se supone que deberían estar, que desvían el uso de un lugar, de una calle, de una fábrica […] y los transforman en lugares de sujetos políticos de la vida común: son personas que ya no hacen lo que esperaban de ellas. […]».


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En un artículo clarificador, el sismólogo Diego Melgar Moctezuma explica «la inevitabilidad geológica de la Ciudad»: temblará constantemente en México y su ciudad capital se sacudirá siempre. Es imposible predecir cuándo, cuánto y cómo. Todos los cuerpos que habitan, transitan y se desplazan por el viejo valle de Aztlán son vulnerables a un repentino jalón de tierra. Memoria del lago sepultado. Pero unos cuerpos son más vulnerables que otros, y otros se vulnerabilizan en el transcurrir de los eventos. Tiembla. Y las personas que viven en edificios que evadieron códigos de construcción, por ejemplo, descubren a la mala que dormían con el enemigo. La narrativa del «todos estamos expuestos/somos iguales en la tragedia» comienza a craquelarse.

Idealmente, reunidos en el unísono[II] todos somos iguales, aún más: somos uno mismo… hasta que el tiempo del ritual se disipa, generalmente por medio de alguna ceremonia o acto simbólico, y el tiempo ordinario, suspendido mas no desaparecido, se hace presente. En el tiempo del sismo esta arista es política. Si la multitud y su energía vibran como las ondas de las placas y recorren la carne de la sociedad, cuando se topa con roca, se corta: esa roca es la desigualdad brutal que vivimos en esta democracia que se ejerce desde la tradicional separación Estado-pueblo. Es la administración de las desigualdades del capitalismo. El tiempo del capitalismo está urgido por romper el tiempo de la igualdad, por volver, en palabras de Rancière: «…al tiempo de los estrategas».

El sismo del 19 de septiembre de este 2017 tres edificios, entre una decena más, se derrumbaron en tres puntos distintos de la ciudad: Bolívar 168, esquina Chimalpopoca; Rancho Tamboreo 14300, Villa Coapa (la escuela Rébsamen) y Saratoga 714, Portales Sur. El tiempo ordinario se suspende. A los tres acudieron decenas (quizá cientos) de voluntarios a sumarse a las labores de rescate, acopio, distribución, preparación de alimentos: un ritual de solidaridad.


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Chimalpopoca y Bolívar: tiempo de la fábrica

En esa esquina, en el 168 de Bolívar, se erigía un edificio de cuatro plantas que albergaba, a decir de lo que la prensa ha podido confirmar, dos fábricas textiles y una bodega de juguetes. Adentro se encontraba un número indeterminado de obreros y personal administrativo; en realidad, se localiza una decena de cuerpos de mujeres, y algunos varones (el velador, quien fue rescatado con vida, y los dueños de al menos dos de los giros textiles). Se presume además que estas mujeres eran en mayoría obreras textiles de origen asiático, indocumentadas probablemente. La prioridad del rescate, el caos, la adrenalina diluyen la especificidad durante las primeras horas: ¿a quiénes rescatamos? Empieza el runrún: en Chimalpopoca se cayó una fábrica con costureras dentro. ¿Cuántas?, ¿quiénes? No se sabe. En otros puntos de la ciudad, en la colonia Del Valle o Condesa, por ejemplo, empiezan a aparecer los familiares, tendederos con nombres rotulados a mano nos dicen a quién buscamos. Algunas fotos, algunos nombres. Una escuela con niños dentro se derrumbó. Demasiada información dispersa en un perímetro muy amplio: todo es urgente, todo, todos importan. El cuerpo de la multitud se vuelca.

Empiezan los rescates, la información, como dice ese refrán, no aclara, sino que oscurece. Acá una nota dice que rescataron a catorce mujeres con vida de la esquina de Chimalpopoca y Bolívar, allá dice que son veintiún cuerpos muertos, una más afirma que el velador vio cien personas adentro. ¿Cuántas?, ¿quiénes?: no se sabe. La Brigada Feminista, un grupo de mujeres feministas autoconvocadas, permanece en sitio desde el día uno, y al día tres, cuatro, siguen sin saber quiénes son esas mujeres sepultadas debajo de la fábrica. Las llaman exageradas, les piden no politizar, pero ellas están viendo la fisura que el tiempo de la desigualdad tiene abierto: por allí nos las van a arrebatar. Exigen la lista de nombres. Parece que nadie quiere o puede o sabe cómo responder a esa pregunta fundamental: ¿cuál es el nombre?

Estas mujeres devienen el colectivo «las costureras», devienen «los cuerpos». El tiempo del sismo y el del capital crean un vórtice, un espacio interplacal, como ese de donde salió el terremoto: en Chimalpopoca y Bolívar la reunión de la multitud es irrealizable aunque esté sucediendo: necesitamos saber quiénes son, arrancárselas al tiempo del capital que las ha borrado en la línea de producción, para saber quiénes son cada una de ellas de forma particular. Saber a quién le daremos el pésame, quién enterrará ese cuerpo costurero. Queremos ser ellas para prestarles nuestros nombres, ser la familia que no está y pregunta por ellas. Pero no podemos ser una misma: no podemos si ellas no son primero su propio nombre para entregar voluntariamente en este ritual de asistencia y reconstrucción. No podríamos tomar ni a la fuerza de ellas su propia memoria, supliremos solamente. Atestiguamos el aplastamiento de su derecho a ser reclamadas, reconocidas, y con este derecho, el aplastamiento de su potencia. Derecho es lo que se puede, diría Spinoza.

Ellas no son uno mismo de esta multitud que se organiza a sí misma y se dirige en el caos. Este cuerpo que se conduce al ritmo de un tambor imaginario para no romper la cadena que carga los tráileres. Sus nombres, sus nacionalidades, sus identidades, su número, su historia, su cuerpo, incluso, se nos oculta. Ellas son residuales, cuerpos que no hemos podido recuperar de la expropiación de la lógica de la fábrica: cuerpos precarios.

Los repartos de las vulnerabilidades también están atravesados por distribuciones diferenciales, parafraseando a Judith Butler (en Vida precaria. El poder del duelo y la violencia).


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El tiempo marginal: Saratoga 714

Lo marginal tiene unas coordenadas y un nombre: Candelaria Tovilla, mujer, madre, indígena, trabajadora del hogar. El edificio donde ella laboraba haciendo la limpieza de un departamento se derrumbó. La multitud acude al rescate. Pero algo pasa, el tiempo del capital logra abrir, de nuevo, un vórtice: urge dejar de buscar, no sabremos nunca por qué, quizá. Adentro, Candelaria da señales de vida. En las noticias de la televisión no se da cuenta del edificio de Saratoga. Sin reflectores. En redes «gritan» que quieren suspender el rescate. Pero no hay eco. Runrún de nuevo: no hay que infundir miedo, que no cunda el pánico. Pero en ese edificio de la Portales es real: quieren suspender el rescate, lo suspenden, de hecho, durante horas que pueden ser vitales. En un país de madres que buscan a sus hijos desaparecidos, Carlos Tovilla, el hijo de Candelaria, ruega que la busquen. La multitud pierde solidez, desescucha el llamado: el tiempo de la desigualdad hace ruido blanco. Reanudado el rescate, se localizó sin vida el cuerpo de Candelaria, un cuerpo sobre el que venció la desigualdad.


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La mujer detrás del holograma: el tiempo espectacular

A los medios de comunicación masiva les gusta de forma particular crear íconos, «el símbolo de…», para cabecear notas de color y reportajes. El derrumbe de la escuela Enrique Rébsamen al sur de la capital de México fue para ellos «el símbolo del sismo del 19 de septiembre de 2017» porque allí murieron, lamentablemente, diecinueve niños. Y porque allí montaron un campamento televisivo digno de guión de Black Mirror: la posibilidad de transmitir rescates en vivo de niños era un tiro que no iban a dejar pasar. El miércoles 20 las pantallas no paraban de transmitir el posible rescate de una niña llamada Frida Sofía que tenía en vilo a una población hipersensible y traumatizada, y a la que la idea de rescatar a una niñita de entre los escombros le devolvía, de forma simbólica, la percepción de que el desastre no había sido tan terrible, aun cuando decenas de edificios cayeron al mismo tiempo y durante los días por venir. El viernes 22 se supo que la niña no existía, y que las señales de vida o respuesta térmica que recibieron los rescatistas venían más bien de una persona adulta. Se trataba exactamente de Reyna Dávila, empleada de intendencia, de cuarenta y tres años.

Entre la sorpresa y la indignación, había alguien a quien no solo no le sorprendía, sino que de hecho lo supo todo el tiempo: Gregorio Mosqueda, el esposo de Reyna Dávila. El mismo viernes 22, Mosqueda aseguraba que ese adulto debía de ser su esposa, a quien él ya había reportado como desaparecida sin que nadie hiciera caso. Llegaron los rescatistas de Japón, se desmontó el show televisivo, y Reyna Dávila pasaba a ser buscada en la discreción de un rescate cuya credibilidad se ponía en duda, pero en la dignidad de una brigada internacional que rinde honores a los cuerpos que encuentra: vivos o muertos. Reyna Dávila perdió la atención de las audiencias y las cámaras y se convirtió en «la empleada de intendencia», y a diferencia de lo que suele suceder en la televisión: «la empleada de intendencia» no conmovió a los raitings.

A ese rescate llegó primero el tiempo del capital, rápido y acelerado como una onda sísmica. Lo tomó, lo dirigió, lo televisó mientras el cuerpo de Reyna Dávila esperaba que el tiempo de la igualdad, que el ritual de la solidaridad donde no existen las fronteras de clases abriera, por favor, un boquete. El cuerpo de Reyna Dávila esperaba, para volver a decir con Rancière (y Spinoza cabe apuntar, quien usa la noción multitud en lugar de pueblo y propone la idea del derecho como la potencia común), que la democracia, es decir, la potencia común o «el poder de cualquiera», se hiciera posible: «[la democracia] no un poder de la gran cantidad de ciudadanos, sino como un poder que pertenece a cualquiera; no es el poder de la mayoría sino el poder de cualquiera […] la verificación no consiste en pensar que la acción produce la igualdad como resultado, sino que implementa la igualdad como un proceso. Hay sujetos que actúan y que son portadores de una capacidad que pertenece a todos: la capacidad de los seres humanos sin superioridad alguna, y ellos inventan maneras de volver a esta democracia real».


Allí donde la multitud salió a hacer cadenas humanas para recoger escombros, cuando llevó comida, cuando prestó o donó herramientas, cuando abrió las puertas de su casa para dejar a otros bañarse, cargar el celular, usar el internet; cuando «el poder de cualquiera» armó redes de comunicación y usó toda su tecnología para cubrir necesidades; cuando se borraron por unas horas las grietas del mundo de la desigualdad, allí conocimos la democracia, tal como la plantea Rancière. Allí la multitud potente (y no el Estado-pueblo) expropió, le arrancó a la boca de la desigualdad el nombre que usa para presentarse: democracia. Allí fuimos e hicimos lo político. Pero el tiempo del capitalismo es tenaz y abrió agujeros para recordarnos una cosa: nuestra sociedad es desigual, y la desigualdad mata.

A las mujeres que murieron en Chimalpopoca y Bolívar y cuyos nombres desconocemos, a Candelaria Tovilla, a Reyna Dávila, In memoriam, respetuosamente.


[I] Desconozco si existen rituales documentados en torno a la actividad sísmica del territorio que hoy es México.

[II] «El ritmo del tambor puede aproximarse al de la rapidez de los latidos del corazón de forma que, a medida que se sincronizan los movimientos de los miembros de los danzantes y se unifican sus voces al unísono del cántico o de la canción, parece alcanzar su aliento y su pulso o, al menos, se experimenta como si así fuese. Llegados a este punto, queremos hacer notar que los tempos y los grados de coordinación conforme a los cuales algunas congregaciones llevan a cabo algunos rituales, tienen mayor similitud con los procesos orgánicos de lo que la tienen respecto a los procesos sociales ordinarios» (p. 263).

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Fotografía: horizontal

 

 

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