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Tandas y torvos

Por: Alejandro Saldaña Rosas. Rompeviento. 09/10/2017

“He pensado que en grupos de cuatro o cinco familias que hubiesen perdido su vivienda, sobre todo donde hubo daño total, puedan unirse para que, de forma conjunta, vayan reconstruyendo las viviendas de quienes integran estos grupos de trabajo… Creo que sí se organizan a modo de tandas, como suele llamarse, y deciden entre todos construir una primera casa, se sortea la de quien, luego la que sigue, la que sigue, así las cuatro casas y creo que trabajando en equipo pueden lograr la reconstrucción de sus viviendas” Enrique Peña Nieto

                                                                                                                                                                       En 1949 se estrenó una película icónica de la llamada época de oro del cine mexicano: Las Tandas del Principal. El filme, dirigido por Juan Bustillo Oro y protagonizado por Mapy Cortés y Fernando Soler aludía a las famosas “tandas” (funciones) de los populares teatros de revista del México posrevolucionario. Aquellas tandas del teatro carpero solían ser tres: la primera con artistas poco conocidos y cómicos principiantes en la que se permitía la entrada a menores de edad; la segunda con cantantes y cómicos más consolidados y finalmente la tercera función: la estelar. En ésta última actuaban los artistas de renombre, las vedettes de prosapia y lentejuelas y los cómicos de afilada lengua que hacían de políticos y catrines el objeto de sus burlas y sus albures.

Las carpas del teatro de revista desaparecieron del paisaje cultural nacional. La represión por parte de los gobiernos priistas (Jesús Martínez “Palillo” pisaba la cárcel una semana sí y la otra también), el cine y sobre todo la televisión acabaron con el teatro de revista y por consiguiente, con aquellas tandas. Un espectáculo de eminente estirpe popular que convocaba a reuniones de cientos de personas para cantar, reír e identificarse entre sí como parte del “pueblo” fue sustituido paulatinamente por la televisión y su confortable aislamiento en el sofá.

Muchos años han pasado desde aquellas tandas del teatro de revista. México no ha sido del todo destruido por los depredadores gobiernos priistas y panistas, ni por el TLC o por el individualismo promovido y exaltado por el neoliberalismo a través de la TV.  Los tejidos profundos de la acción colectiva, desinteresada y solidaria que estructuran buena parte del país aún resisten. Los innumerables actos espontáneos de solidaridad derivados de los sismos del 7 y del 19 de septiembre dan fiel testimonio de que México, en el fondo, en el alma, es colectivo y solidario.

Hace unos días Peña Nieto convocó, en Chiapas, a que la reconstrucción de los territorios afectados por los sismos se desarrolle a través de tandas, esto es, mediante trabajo colaborativo y en un orden definido por el azar: entre todos y todas construyen una vivienda, luego la otra, luego otra y la siguiente hasta que se terminen de construir las casas de todos los “tandeados”. En otras palabras: Peña propone las tandas como política pública para la reconstrucción de los pueblos y ciudades afectados por los terremotos.

La declaración de Peña Nieto expresa su inmensa ignorancia del país que dice gobernar. Sugerir precisamente ante comunidades chiapanecas que se organicen en tandas para la reconstrucción es como explicarle a los árabes cómo protegerse del sol y la arena del desierto. Si hay territorios en los que el trabajo colaborativo tiene profundas raíces y es norma en muchas comunidades, son precisamente Chiapas y Oaxaca. Y no son tandas, sino tequio, fajina, mano vuelta, faena (o “faina”, como se les denomina en muchas comunidades de Morelos). El nombre puede cambiar de una localidad a otra, de un estado a otro, pero la esencia del trabajo colectivo permanece. El tequio permite (re)construir caminos, levantar cosechas, construir viviendas, reparar canales, hacer cercas y mojoneras, remozar iglesias o edificar aulas y escuelas. En Oaxaca el tequio está reconocido en la misma constitución de la entidad.

Solamente a un personaje profundamente ignorante y profundamente torvo se le ocurre proponer un esquema de trabajo que tiene algunos miles de años de antigüedad. La propuesta de Peña implica que las comunidades asuman la responsabilidad de construir las viviendas de los damnificados con fondos entregados por el gobierno, y si bien el esquema de trabajo puede ser factible e incluso deseable, por otra parte transfiere la responsabilidad de la reconstrucción a los propios afectados por los sismos. En otras palabras: el gobierno se deshace de sus obligaciones, transfiriéndolas a las comunidades afectadas. De acuerdo a la declarado por Peña, a cada familia que haya perdido su vivienda se le entregarán 120 mil pesos como apoyo para la compra de materiales.

¿Por qué 120 mil pesos y no más, o menos? Si no se tiene un censo detallado de las familias afectadas, así como un riguroso análisis de costos de construcción para cada localidad, la suma parece una mera ocurrencia. Por otra parte, es imprescindible que Peña y su equipo aclaren varias preguntas: ¿Es dinero del FONDEN? ¿Cuántos recursos tiene ese fondo para desastres? ¿A cuánto ascienden los apoyos de la solidaridad internacional? ¿Quién es responsable de ese dinero? ¿Cómo se va a distribuir, con qué criterios? Los créditos que anuncia Mancera ¿son dinero de los donativos?

Las preguntas sobran y el silencio del gobierno no abona en nada a la certidumbre, por el contrario, las sospechas de que esos recursos están siendo desviados o gestionados con total arbitrariedad son inevitables. La opacidad ha sido el signo del gobierno peñanietista, por lo que el recelo en el manejo de los recursos para la reconstrucción tiene sólidos cimientos. Tan sólidos como los de la Casa Blanca de Peña y su esposa o la de Malinalco del aprendiz de diplomático Videgaray. Y ni qué decir del inmenso desvío de recursos a través de empresas fantasma de la #EstafaMaestra.

El sismo de 1985 mostró a una ciudadanía activa, con enorme fuerza, capacidad de organización e inteligencia. En los meses posteriores al 19 de septiembre, las organizaciones de damnificados desplegaron una enorme movilización para exigir que sus demandas fueran atendidas; en muchos casos se logró que los afectados obtuvieran vivienda, en muchos otros no y hasta la fecha hay personas viviendo en campamentos “provisionales”. Sin embargo, pocos años después otro torvo personaje llegado por un fraude electoral supo desmovilizar a la sociedad convirtiendo la solidaridad en programa de gobierno. Carlos Salinas de Gortari, personaje avieso pero no ignorante, utilizó la bandera de la solidaridad para impulsar el proyecto eje de su estrategia corporativa y electorera para, según él,  “acabar con la pobreza”: el PRONASOL.

El PRONASOL, programa neoliberal por antonomasia, se montó sobre las ancestrales estructuras de trabajo colaborativo, como el tequio y la mano vuelta, para corresponsabilizar a la sociedad en la gestión y ejecución de las obras de la política social; de esta manera, el Estado transfirió a los Comités de Solidaridad la responsabilidad del “combate a la pobreza”, sin que esto haya significado empoderamiento ciudadano alguno. Por el contrario, el corporativismo se afianzó mediante el uso electoral del PRONASOL, al mismo tiempo que se instalaba la idea de un Estado que desempeñaba menos funciones por transferirlas a terceros, particularmente a los empresarios.

Ahora Peña Nieto, en un alarde con pretensiones de originalidad y agudeza, propone tandas para la reconstrucción. Proviniendo de él, las tandas sugeridas evocan mucho más a las del teatro de vodevil que al trabajo colectivo. Involuntariamente quizás haya sugerido el título de un programa para Las Estrellas, el infame canal de Televisa: Las Tandas de Peña. Bufonadas y pastelazos garantizados.

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Fotografía: e-consulta

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