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Semana Santa

Por: Adolfo del Ángel Rodríguez. 14/04/2017

El calor abrasante de la Semana Santa obligaba a más de uno a correr al arroyo  darse un chapuzón que duraba horas, incluidos mis primos, quienes pasaban en manada –decía mi mamá- y nos obligaba a meternos en la casa en ese Viernes Santo que tanto aborrecíamos mis hermanos y yo porque no había nada que hacer, a menos que no fuera tomarse unas cervezas, pero no había edad para eso.

El calor no nos permitía divertirnos de otra forma, así que había que resignarse a quedarse en casa, y cuando pretendíamos escaparnos mi madre nos detenía con una sentencia fatal: si les sale cola de pescado después no estén chillando porque los voy a completar. Y eso era más que suficiente para mantenernos a raya por dos enormes razones: temíamos que nos saliera cola de pescado, pero le temíamos más a que nos completara: eso era una buena dosis de varazos o chanclazos de los que hacía que te arrepintieras de haber hecho las cosas, incluso si corrías para salvarte de ellos, eso era solo momentáneo, porque a mi madre no se le olvidaba saldar sus cuentas y repartía justicia como para que el universo quedara de nuevo en orden.

Y ese era nuestro ritual se Semana Santa: quedarnos en casa mirando a los santos cubiertos por razones que aún desconozco, solo sabía de la rigurosidad con la que mi madre los escondía durante tres días tras unas telas, me imagino que una especie de luto hacia Jesús que estaba por morir, pero nunca he aclarado mi duda, ni quiero hacerlo, porque ya ha sido suficiente con cargar el peso de no querer aventurarme a que me saliera cola de pescado a cualquier precio.

Ya de adulto comprendo que estos días son para asistir a la iglesia y hacer una serie de rituales, al menos en el catolicismo, y no para irse al río o a la playa, que es un tiempo para reflexionar acerca de lo bueno y lo malo (eso creo) de nuestros actos, de la muerte de Jesús por la humanidad, aunque yo, curioso como soy, cada año me voy al agua esperando que un día de estos salga de ella con cola de pescado, al fin que por ahora no hay a quien rendirle cuentas. 

Fotografía: milenio

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