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¡Sálvese quien pueda! Un análisis del ‘momento Meade’.

Por: Témoris Grecko. República 32. 17/02/2018

Al concluir los 60 días de campañas del periodo que se llama eufemísticamente “de precampañas”, pocos más allá del mismo José Antonio Meade manifiestan optimismo en sus posibilidades de triunfo.

En su evento de cierre en Tlalnepantla, el domingo pasado, el precandidato de la coalición PRI-PVEM-Panal mantuvo la sonrisa atada a la única idea-eje que lo mantiene con vida electoral: la de que vencerá contra lo que indiquen todas las señales.

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El año pasado, recordó, el PRI las tenía muy duras en su bastión más importante, el Estado de México, pero logró imponerse.

No importan las denuncias de manipulación del voto en distritos clave ni que el órgano electoral local jugó a favor del tricolor.

Tampoco que fue, literalmente, una victoria de panzazo: ganaron haiga sido como haiga sido (como dijera en su momento Felipe Calderón). Y ésa es una hazaña que él repetirá a nivel nacional.

Para lograrlo, se supone que cuenta con el apoyo de la dirigencia del partido, de los secretarios del gabinete federal, de los gobiernos estatales y municipales del PRI.

Y, sobre todo, de una estructura de movilización en el terreno y en las casillas construida con paciencia y enormes recursos a lo largo de casi nueve décadas.

Pero, con frecuencia, resulta ser una ayuda de las que se dice “mejor ahí déjala, compadre”.

Sólo un día antes, el presidente del PRI, Enrique Ochoa Reza, afirmó que los priístas que se van a Morena son “PRIetos que ya no aprietan”: creyó de alguna forma que hacer un chiste racista que demerita a la inmensa mayoría de los electores era una buena idea.

Ante la andanada de críticas, tuvo que disculparse.

Aunque no sólo fue eso: en el fondo admitió, sin quererlo, que las fugas que está padeciendo hacia el partido de Andrés Manuel López Obrador son de tal magnitud que se convierten en pieza central de su discurso.

En un barco que se hunde y ante una situación de “Sálvese quien pueda”, ¿podrá José Antonio Meade achicar el agua, entusiasmar a la marinería y superar a los demás veleros?

La nomenklatura y su asfixia

“El problema de Meade no es Meade, es Peña Nieto y el PRI”, dice en entrevista Carlos Bravo Regidor, internacionalista, historiador y titular del programa de periodismo del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

Puede ser que mucha gente no tenga la imagen de que el candidato es corrupto, pero, de cualquier forma, “el paquete en el que él viene envuelto es inaceptable”, continúa Bravo, “porque es la continuidad de Peña Nieto y porque es el PRI”, en una versión “tan indigna que ni siquiera se atreve a decir su nombre”.

Una de las características que le permitió ganar la candidatura a Meade es que nunca ha pertenecido formalmente a ningún partido; y es el primer no priísta que aspira a la Presidencia por el PRI en 89 años.

Esto debería ayudarle a sacudirse el desprestigio del membrete y de la gestión de Peña Nieto… pero también provoca descontento y desconfianza entre los priístas, sin los cuales jamás podrá ganar.

Al principio de la campaña tuvo que presentarse ante ellos a pedirles “háganme suyo”: no muchos se fueron de ahí convencidos, pero ante los electores independientes quedó claro cuál era la filiación que reclamaba.

Cobertura favorable

Durante su “precampaña”, Meade realizó 76 eventos, sólo dos más que Ricardo Anaya y casi la tercera parte de los de López Obrador (207).

Pero trató de cubrir la República completa con presencia en 17 estados de todas las regiones, con énfasis en la Ciudad de México, Jalisco, Nuevo León, Sonora y Tabasco, de acuerdo con un estudio de la agencia Integralia.

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Superó ligeramente en spots a Anaya y dobló los de López Obrador, y con ellos implementó una estrategia basada en destacar sus cualidades como candidato (50 por ciento) y en atacar a sus contrincantes (28 por ciento).

Obtuvo, además, una cobertura en radio y televisión mucho mayor que la del panista (74 horas contra 54); que, además, a pesar de que fue algo menor que la de López Obrador (85 horas), resultó positiva en tres de cada cinco notas, en tanto que el morenista acumuló más menciones negativas.

Lejos de lo esperado

Aunque el diario El Heraldo provocó sorpresa –y no pocas reacciones humorísticas– al publicar un sondeo en el que Meade supera a Anaya y pone a López Obrador a tiro de piedra, el promedio de las encuestas realizado por el portal Oraculus.mx muestra un claro rezago, con 23 por ciento de preferencias, seis puntos detrás de Anaya y 14 por debajo de López Obrador.

Y esta cifra corresponde a una tendencia a la baja, pues el 18 de enero alcanzó su mejor dato, con 25 por ciento.

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Desastre en los estados 

Si el dilema de Meade al planear su estrategia era cómo ganar el apoyo de los militantes del PRI y de los ciudadanos antipriístas al mismo tiempo, algunos analistas observan que las prioridades ya están cambiando, ante los signos de próximo naufragio.

“Uno de los grandes pegamentos para mantener la unidad en tu equipo o en tu voto duro, es la expectativa de victoria”, señala Bravo Regidor, pero lo que parece avecinarse es una “derrota que lo que hace es que todo mundo corra por su vida”.

En tales condiciones, muchos priístas están en el camino del “prietismo” que denunciaba Ochoa Reza, ya que “Morena los recibe con los brazos abiertos”.

Esto porque “López Obrador no se ha cansado de mandar el mensaje de que él perdona, de que todo mundo merece una segunda oportunidad, de que lo priísta se cura”, sostiene el académico, en tanto que Anaya mantiene un discurso duro en el que “no deja pasar una ocasión de decir ‘estos tipos son unos corruptos’”.

Ante las olas, salvar lo que se pueda.

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Para el PRI no sería admisible que Meade declinara, considera Bravo Regidor, porque “no solamente es la campaña presidencial, también están las de los estados.

“Hoy en la mañana veía unas encuestas: de nueve gubernaturas en disputa, si las elecciones fueran hoy, el PRI ganaría una”.

Después del actual periodo que se denomina “de intercampañas”, en abril comenzará el de las campañas que sí son reconocidas como tales.

Vendrán entonces tres meses de intensidad propagandística y movimientos debajo de la mesa, que podrán tener impacto en las preferencias y en la votación final.

Las perspectivas para Meade, sin embargo, no son de lo más halagüeño.

En este momento, muchos analistas la ven con poco optimismo, como Bravo Regidor, quien concluye que “la campaña priísta ya es sólo un control de daños para tratar de evitar que el PRI se desfonde demasiado, pues está ante un escenario de catástrofe”.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ.

Fotografía: República 32

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