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Reforma educativa: infección sistémica.

Por: Roberto González Villarreal, Lucía Rivera Ferreiro, Marcelino Guerra Mendoza. UPN-Ajusco. 25/07/2017

Es tiempo de reconocerlo, la reforma educativa es más compleja, más racional, fundamental y coherente de lo que nos han dicho.  Mejor atendemos su lógica, develamos sus estrategias, tácticas, objetos y objetivos, antes de que los naturalicemos y reproduzcamos poco a poco en las críticas, los comportamientos y los modos de reflexión.

La reforma educativa no es una tontería, no está mal hecha, ni se hizo en las rodillas de economistas, políticos y administradores; recoge demandas, críticas y planteamientos de largo alcance, problematiza experiencias, acopia denuncias, responde a expectativas, elabora diagnósticos y plantea lógicas diferenciadas de atención. 

Desde el lado del poder, si llamamos así al dispositivo epistémico, institucional, político y económico que anima la reforma, se presenta como una política de Estado, como un conjunto de cambios constitucionales, nuevas leyes secundarias, modificaciones a la LGE, a las leyes contables, fiscales y estatales, de  campañas, de nuevos programas (Normalidad Mínima, Escuelas al Centro, Escuelas al CIEN), nuevas instituciones, el Nuevo Modelo Educativo, los cambios en la formación inicial de docentes, las modalidades de ingreso, permanencia, reconocimiento y promoción del magisterio, entre tantas otras. Sin duda, también como una serie retórica plagada de discursos, descalificaciones, culpabilizaciones, asignación de responsabilidades, campañas, infomerciales, declaraciones y eventos. 

Se trata, entonces, de entender que la reforma es un dispositivo, no una acción, una institución, un discurso o un cambio legislativo, sino un conjunto heterogéneo orientado por objetivos y objetos de atención específicos. Es un proceso, no un acto; un compuesto en formación y un ensamblaje, no de un programa realizado. 

Una metáfora más conveniente quizá provenga de la guerra. La reforma funciona como arma biológica, como un retrovirus que infecta mentes, corazones, prácticas, cuerpos, saberes y experiencias; luego metaboliza los anticuerpos de la crítica y los reconvierte en células mutantes. ¿El resultado esperado? Un nuevo sistema educativo nacional con las siguientes características: 

  1. La sustitución de un régimen de control político-laboral del magisterio basado en el corporativismo, por otro sostenido en la subjetivación de la incertidumbre.
  2. La producción de sujetos precarios, inseguros, flexibles y conformistas; no sólo en el magisterio, sino también en los estudiantes, a través de evaluaciones, programas de estudio, práctica docente, nuevos calendarios, escuelas de verano…
  3. La concreción de un mercado de servicios y bonos educativos que transfiera progresivamente, cada vez más recursos públicos a sectores privados.
  4. La creciente introducción de mecanismos institucionales de financiamiento privado y familiar a la escuela pública, con el modelo de autonomía escolar y participación social.
  5. La sustitución del modelo público-estatal de control educativo, por otro de coordinación multisectorial; es decir, lo que va de la rectoría del Estado a la gobernanza educativa (Anatomía política de la reforma educativa. González Villarreal, Rivera Ferreiro y Guerra Mendoza, UPN, 2017).

¿Se trata de una mutación inducida? Sin duda. A esto se le apuesta desde hace tiempo. La reforma constitucional de 2013 fue el momento de la inoculación, de echar a andar una espectacular estrategia, en un momento que se pretende fundacional y detonante de una mutación profunda. 

Una mirada parcial, centrada en acciones particulares como la evaluación, la enseñanza del inglés o el modelo educativo, desde nuestra perspectiva, impide comprender que la reforma se ejerce en múltiples acciones, a veces a nivel macro, a veces meso y muchas más a nivel microescolar. Otro riesgo es quedarse en la descalificación, en las expectativas políticas, en el chismorreo (pre)electoral, en la atención a los partidos y al régimen político, o bien limitarse a cuestionar las dificultades de operación y de implementación, mientras los programas y acciones micro continúan operando, se ensamblan, organizan, potencian y reproducen hasta que se esparcen, modificando casi sin sentirlo, naturalizando los comportamientos, actitudes, modos de reflexión y valores que la reforma propone y se encuentran en el código genético de TODOS los programas que la componen. 

Al considerar la reforma como parcial, laboral y administrativa, los efectos pedagógicos y subjetivos de las acciones reformistas pasan de lado, no se advierten, no se reconocen, pero se reproducen, justo como se espera que lo hagan, hasta producir una metástasis generalizada, una mutación ultraliberal del sistema educativo. Por eso no importa que los grandes traumas de la evaluación docente no alcancen a todos los que se pretendía, pues todo lo demás continúa avanzando, trabajando en silencio, poco a poco, indefectiblemente. 

Pongamos en suspenso, aunque sea un momento, esa narrativa de la reforma fallida, de la reforma acabada, y veamos el desarrollo concreto de las acciones de reforma y el modo como trasforman, casi sin sentirlo y sin saberlo, comportamientos, subjetividades e instituciones. Ese es el desafío mayor de la reforma: desatar una infección en el sistema educativo nacional para producir mutaciones genómicas o sistémicas. 

Veamos algunos ejemplos de programas y acciones para ver cómo funciona la infección en uno de los ensambles del sistema, cómo se producen nuevas potencialidades, nuevas formas de acción y de subjetivación de la reforma educativa. Veamos el caso de la autonomía de gestión: desde la Constitución apareció como una cabeza de playa conceptual que inspira, da cobertura y se implanta mediante programas y acciones meso y microescolares con efectos autorganizativos y aceleradores de la mutación sistémica: 

  • Cargas de trabajo se multiplican e intensifican, en función de las novedades de la reforma, como el modelo educativo, la enseñanza del inglés, la educación emocional, más lo que se acumule.
  • Profesores de nuevo ingreso, frustrados y enojados, se enfrentan a la disyuntiva de prepararse para la siguiente evaluación, dedicarse a preparar informes que solicitan autoridades diversas, organizar la clase o tratar de dialogar y convencer a padres de familia acerca de por qué no aprobaron sus hijos, “porque si de todo esto algo sale mal, los únicos culpables somos los maestros”.
  • Lo que hasta hace poco era parte del período vacacional, ahora se denomina receso; los docentes permanecen en los planteles para regularizar alumnos rezagados, recibir notificaciones para la evaluación u otros motivos varios, hasta en tanto los directivos les extiendan un oficio de liberación.

Estos son algunos de los síntomas de la mutación, solo unos cuantos. Por eso repetimos: al atender las voces de la crítica interesada en los problemas de implementación, que son en última instancia gubernamentales, perdemos de vista los mutágenos de la reforma en la Constitución, en las leyes, en las instituciones, en la retórica, en los marcos de referencia y, sobre todo, en las prácticas y en los procesos de subjetivación. Con eso cuentan los reformadores, que encantados con las voces de sirena de los críticos que ven políticas fallidas, dejemos sin atender los agentes, los mutágenos que se encuentran en TODOS, si, en TODOS los programas y acciones desatados. 

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