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Profes furiosos: Cuando la vocación no alcanza

Por: Tania Opazo y José Miguel Jaque. La tercera. Chile.  02/08/2017

Mientras los más antiguos afirman que nunca fue tan difícil su trabajo, las nuevas generaciones se desahogan en las redes sociales.

 

Profes furiosos: Cuando la vocación no alcanza

“Confieso que me siento desencantada de mi trabajo, siento que no soy buena en esto, ya no sé qué hacer. Los ‘sapoderados’ son como las reverendas, no ven cómo son realmente sus hijos, aun no entiendo cómo hay profesores que aguantan tanta humillación por parte de alumnos y sus padres. Es mi primer año ejerciendo y realmente quiero tirar la toalla, pero tengo una familia detrás y una gran deuda con el CAE…”.

“Sapoderados” es una forma cada vez más generalizada en que los profesores se refieren a los papás y mamás de sus alumnos, y que se popularizó luego de que los docentes se dieran cuenta de que éstos se metían a intrusear en sus perfiles de Facebook personales y grupales y el anterior es uno de los testimonios que se pueden encontrar en la página de Facebook Confesiones de un/a profe 3. Antes tuvo versiones uno y dos pero fueron cerradas por la red social por comentarios no acordes con su política y dejaron viudos a sus cerca de 150 mil seguidores.

La página actual recibe entre 25 y 45 “confesiones” por día y con ese material Juan Marchant (29), profesor de ciencias y de física en un colegio de Curicó y creador de la web, quiere publicar un libro recopilatorio a fin de año.

La motivación de Marchant para abrir esas cuentas fue saber si el resto de los profesores sentía lo mismo que él. La mecánica es simple: si alguien quiere publicar, escribe en un formulario creado por los administradores, quienes luego filtran. Los textos que se postean son anónimos. “Hay mucho desahogo en la página”, dice Marchant. En general, explica, hablan de problemas similares, pero a él le ha sorprendido la cantidad de situaciones de abuso de alumnos hacia los profesores y de éstos hacia los alumnos que aparecen mencionadas. “Yo he tenido problemas con niños, pero acá hay profesores que han sido golpeados o que les van a apedrear la casa. Eso no me lo había imaginado”.

También existe la página Docencia sin decencia, que fue cerrada (y luego reabierta) por sus administradores hace unos meses y es de las favoritas de los profesores jóvenes. En diciembre el sitio promovió una campaña que les decía a los jóvenes que no estudiaran pedagogía. “Sería antiético llamarlos a ser profes en unas condiciones tan de mierda. Estábamos cansados del discurso de que con vocación íbamos a cambiar el mundo y que la felicidad estaba en el aprendizaje de los niños. Esto es un trabajo, no un apostolado”, explican sus administradores.

En las redes sociales, los docentes se quejan ya no sólo de los bajos sueldos y la cantidad de trabajo, sino también de que la jornada escolar completa es como una “guardería para niños”, dicen que los apoderados y alumnos son cada vez más irrespetuosos e indiferentes, y denuncian que el sistema pone el acento en obtener resultados en las pruebas estandarizadas más que en el aprendizaje de los niños.

Profe 24/7

El sábado pasado Alejandro Mora (29), profesor de música en un colegio particular subvencionado, vio fútbol en la televisión y después fue a un cumpleaños con su mujer. Pero el domingo no tuvo descanso: revisó pruebas de tres cursos de básica de 40 o más alumnos cada uno. “Al final, terminas teniendo profesores detestando lo que hacen porque no pueden dejar de hacerlo”, dice.

Según Rodrigo Cornejo, docente de la Universidad de Chile e investigador del Observatorio Chileno de Políticas Educativas (OPECH), la sobrecarga laboral de los profesores tiene múltiples expresiones. Hay factores ya conocidos: los bajos sueldos, la falta de tiempo de descanso dentro de la jornada y el hecho de que los profesores realizan en promedio 13 horas semanales de trabajo adicional en sus casas, simplemente porque el tiempo no les alcanza. Por ley no deberían pasar más de tres cuartos de su jornada en aula, pero las encuestas demuestran que en realidad están ahí alrededor de un 90 por ciento del tiempo, explica Cornejo. Sin embargo, agrega el experto, es la creciente desmotivación y pérdida del sentido lo que más está afectando el ánimo de los profesores.

“La sociedad te exige que seas intachable, un ejemplo, un referente, sin ninguna yayita, pero que además pases los contenidos, que te vaya bien en las evaluaciones. Es una dualidad, ser un docente pero también un ‘mentor’”, dice Felipe León (29), profesor en un colegio de Maipú.

Según Cornejo, en las últimas décadas, de la mano del aumento en las cargas laborales de los padres y la incorporación de la mujer al mundo del trabajo, los profesores dicen que los niños vienen un poco más solos de la casa y con cierta fragilidad emocional, lo que los obliga a dedicarles muchas más horas al tema formativo, valórico y de convivencia. Pero a la vez, agrega el especialista, “se les presiona para pasar contenidos a contrarreloj, tener buenos resultados en el Simce o la PSU, y además que haya un involucramiento emocional y vincular, que cumpla un rol que eventualmente realizaba la familia. Y se genera un sinsentido del trabajo, porque cumplen con los contenidos por temor a ser mal evaluados, pero no es algo que los convence ni crean es beneficioso para sus estudiantes”.

De acuerdo a la sicóloga y académica de la Universidad Central, Patricia Guerrero, los profesores están frente a una paradoja: tienen leyes de inclusión que los invitan a acoger a todos los estudiantes, pero por otro lado se les exige rendimiento. “En mis investigaciones veo que tienen que pasar currículums extensos, tener alumnos tranquilos y sentados todas la horas… incluso en algunos colegios de baja matrícula tienen que ir a la casa a buscar a los chiquillos para no perder la subvención”, dice.

Nueva familia, nueva escuela

Guerrero explica que hoy ocurre lo que los expertos llaman el new public managment, es decir, la organización de la escuela como si fuera una empresa de producción cualquiera. Según la sicóloga, los profesores no pueden ser managers, se tienen que encariñar con los niños y niñas para traspasarles su amor por el conocimiento. “Los alumnos no son clientes, porque no siempre tienen la razón. ¿Usted puede reprobar a un cliente?”.

“Esto se ha transformado en una empresa donde cada uno se rasca con sus propias uñas, es muy competitivo. Antes era más fácil trabajar con los niños, pero ahora creen que son clientes, que siempre tienen la razón. Y el colegio, cero apoyo”, opina Claudia Márquez, profesora de educación física.

Para Raúl Rojas (67), quien jubiló el año pasado de su trabajo como profesor de enseñanza básica, antes era fácil distinguir entre un niño de quinto y uno de séptimo, pero ya no. “Uno los ve en situaciones mucho más adultas, pierden la inocencia prematuramente”, dice. Además agrega que antes eran más participativos, tranquilos, amistosos y respetuosos, “no sólo con nosotros, también entre ellos”, explica. En la década del 2000, cuenta, comenzó a notar cambios y hubo una explosión de la mano de la reforma. “Ahora pasan mucho más tiempo en las escuelas y se genera un agobio, porque pierden muchas actividades lúdicas, al final la tarde es una extensión de lo mismo de la mañana. Están más agrandados, más competitivos y muchas veces despectivos con los profesores”.

Existe consenso entre los docentes en que hoy muchos papás y mamás descansan en que el colegio les enseñe contenidos a su hijo y, además, los eduquen. “Pero la educación se aprende en la casa; el colegio está para enseñar”, dice Reinaldo Camaño (35), profesor de inglés en un colegio particular subvencionado en La Florida, a quien le ha tocado ver a papás y mamás muy demandantes para pedir resultados académicos: que el niño aprenda, que el niño sepa y que se saque buenas notas. “Pero no trabajan con ellos en torno a ese objetivo. Les exigen resultados y no tienen idea qué hizo el niño durante el día. ‘Bueno, yo estoy pagando equis plata en este colegio y por lo tanto debería hacerse todo en el colegio’ es parte de su discurso”.

Para este apoderado más exigente y reclamón, cuentan los profesores, no hay horarios ni vías de comunicación prohibidas. Así es como si el docente compartió su número de teléfono con algún papá, rápidamente su WhatsApp puede llenarse con mensajes a las diez de la noche preguntando por alguna tarea o material que hay que llevar al día siguiente. Algunos profesores sacan pantallazos de esas conversaciones y las comparten en sus grupos de Facebook.

Elizabeth (33), profesora de primer ciclo básico en una escuela de Pedro Aguirre Cerda, ha recibido mensajes por Facebook de algún apoderado que la busca y ocupa la red social para excusarse por la inasistencia de su hijo. Por eso, se dedica en cada reunión a explicarles a los papás por qué es importante que los niños vayan al colegio, pero aún así muchos no los mandan. Su impresión es que cuando los niños pasan a primero básico asumen que ya son grandes. Incluso, los mandan sin útiles al colegio, venden los que la Junaeb les regala. “Yo les digo, ‘su hijo llegó sucio, lleno de mocos’, y me responden ‘pero tía, si yo le dije que se bañara’, y tengo que explicarles que el celular no va a bañar al niño, no le va a cortar las uñas, porque creen que todo se soluciona con el celular. Es súper triste, una lucha constante”.

-Oiga, profe, le fue tan mal a mi hijo en la prueba, ¿qué hacemos?
-Bueno, podríamos partir porque se lea el libro para la próxima.
– Jojojo, ¿en serio? ¡A mí me dijo que se lo leyó!
– Pues fíjese que a mí me dijo en mi cara que no se lo había leído.

Mensajes como estos recibe Claudio (36) de los apoderados en un colegio privado en La Dehesa: “¿Puede vigilar usted que a mi hijo le guste leer? Es que yo no sé cómo hacerlo”, “Ay, profe, está tan desordenado este niñito, dígale usted que se ordene, que a mí no me hace caso”, va relatando. “Tienen una obsesión por incumbirse en todo porque en el fondo necesitan compensar que no están realmente presentes cuando se les necesita. Por ejemplo, en cosas tan simples como presentación personal, porque los cabros llegan hediondos, desordenados y sin materiales”, afirma.

Según Rodrigo Cornejo, hoy se tiene una expectativa demasiado alta con respecto a la escuela, la idea de que los profesores pueden solucionar cosas que la familia no está resolviendo. “Yo veía a los apoderados muy cansados, superados y con muchas exigencias. Agobiados por el sistema, por el horario, por los mismos niños y, claro, en general poco comprometidos. Criar requiere de mucho esfuerzo, estar ahí y enseñar valores es exigente y requiere trabajo, pero ¿te quedan energías después de un día de pega?”, dice Claudia Montes, quien luego de ocho años dejó la docencia y se instaló en el Centro Cultural Estación Entretecho.

Para Eliana Melo, que se jubiló el año pasado como profesora de lenguaje, la desconfianza y la burocracia con que se los controla termina por aplastarlos. “Hay cero libertad. Todo está reglamentado y supervisado. Tienes que hacer lo que te dicen, cómo te dicen y hay que registrar todo, para tener respaldo”. De hecho, cuenta que varios docentes jóvenes han tenido problemas por saltarse los conductos regulares y, por ejemplo, citar a un apoderado o notificarle del mal rendimiento académico de hijo por WhatsApp. “Todo tiene que hacerse con el debido proceso. Si el apoderado no va a colegio y firma en el libro que tomó conocimiento, el problema después es para ti, no para él”.

Lo que colmó la paciencia de Catherine Larenas (26) no fueron sus condiciones laborales. Ella terminó hastiada de sus colegas del jardín infantil, donde trabajó sólo un año antes de dedicarse a otra cosa, porque ni siquiera tenían el cuidado de no decir garabatos delante de los niños. “Hay gente que aunque le quiten niños(as) por sala, le aumenten las horas para planificar, evaluar, va a seguir haciendo mal su trabajo, porque no tiene vocación y porque no sabe mucho de educación”, asegura. Hoy es profesora de twerking, un estilo de baile, y trabaja para una empresa de fumigaciones. En una semana recibe lo que antes le pagaban en un mes, pero confiesa que está frustrada por no trabajar en lo que estudió.

Enojados, pero no tan arrepentidos

Aunque se percibe un malestar fuerte en las redes sociales, varios profesores reconocen que son un gremio quejón y que, con todo, hay muchos felices en sus trabajos. Dicen que todo es parte de la convicción de que su trabajo es importantísimo. Por eso les duele la escasa valoración social de su rol. “Me he topado más de lo que quisiera con preguntas del tipo: ‘Si tú eres un tipo inteligente y capaz, ¿por qué terminaste siendo profesor?’, como si fuera una salida alternativa frente al fracaso de no haber postulado a otras carrera más prestigiosa y rentable”, cuenta Alen Quinteros, profesor de historia, quien agrega que para él, como para muchos colegas, postular a pedagogía era su primera y única alternativa.

La profesora de matemáticas Tania Gaete lleva nueve años enseñando en el Instituto Claudio Matte, ubicado en el barrio Franklin, el mismo del que ella egresó. Dice que a pesar de las extensas horas de trabajo, del desgaste emocional por la vulnerabilidad afectiva y económica de sus alumnos y de la presión en términos curriculares, su experiencia ha sido enriquecedora y llena de aprendizajes significativos. “Valoro lo poco rutinaria de esta labor. Los alumnos nos entregan mucha vitalidad y el impacto que se tiene en ellos va más allá de la disciplina”, cuenta.

Reinaldo Camaño dice que le agrada lo que hace pero le gustaría poder pasar más tiempo con su familia y ganar más. “Es una dicotomía que he visto mucho. Tengo muchos colegas que dejaron de hacer clases y manejan taxis, venden detergentes, pusieron tiendas de grow shop, importan productos por internet para vender. Viven tranquilos, no se llevan pega para la casa, ni tienen un jefe molestando, pero yo no lo haría. Hasta el momento, no”.

“Uno no puede generalizar respecto al profesorado, este es un fenómeno complejo”, dice Hernán Hochschild, director ejecutivo de Elige Educar. Según él, el problema no es sólo de políticas públicas sino cultural, ya que muchas prácticas se han instalado como si fueran ley pero no lo son, como por ejemplo el exceso de planificaciones. “Estamos súper claros en que hay profesores saturados y tienen todo el derecho a quejarse. Pero hay que caminar y mascar chicle. No podemos quedarnos todos llorando, hay que empujar para que esto cambie. Este asunto es demasiado importante como para quedarnos de brazos cruzados”, afirma.

¿CUÁNTO GANA UN PROFESOR?
El sueldo puede variar ampliamente según en qué tipo de colegio trabaje. En colegios municipales y subvencionados los salarios se rigen por el estatuto docente, que determina un valor mínimo para la hora de alrededor de 13 mil pesos el que cambia con cada reajuste del sector público. La mayoría de los profesores trabajan un promedio de 30 horas semanales, lo que suma un total de $ 416.880 pesos brutos mensuales como mínimo (hay colegios que pagan un valor hora mayor o aumentan el sueldo con bonos u otras subvenciones que también vienen del Estado). La nueva carrera docente estipula que, en el tramo inicial, los profesores deberán ganar un mínimo de 800 mil pesos (brutos) por 44 horas semanales, cantidad que muy pocos profesores pueden hacer. Los profesores que trabajan en el sistema particular se rigen por el Código del Trabajo y pueden ganar hasta 35 mil pesos por hora cronológica. Los docentes chilenos son los que reciben las remuneraciones más bajas de todos los países OCDE, un 39 por ciento menos que el promedio. Esta semana, y en el contexto de la implementación de la nueva Ley de Carrera Docente, el Ministerio de Educación anunció que en promedio las remuneraciones de los profesores del sector municipal subirán un 30% a fin de mes.

EL PROFESORADO EN CIFRAS
8 de cada 10 docentes dicen que se sienten satisfechos con su trabajo (Encuesta “Voces docentes”, de Elige Educar y el Centro UC de Políticas Públicas).
28% aumentaron los jóvenes que desean estudiar pedagogía en el proceso de admisión 2017.
34% de los docentes dice sentirse apoyado por los apoderados en el proceso de enseñanza del estudiante (Encuesta “Voces docentes”, de Elige Educar y el Centro UC de Políticas Públicas).
1/3 de los docentes encuestados no recomendaría su escuela a un colega o amigo para trabajar (Encuesta “Voces docentes”, de Elige Educar y el Centro UC de Políticas Públicas).
15% aumentó la cantidad de estudiantes que pusieron como primera preferencia pedagogía.

ALGUNAS CONFESIONES SELECCIONADAS
“Cada vez un veo una confesión que denigra a la educación parvularia me recuerdan a mi viejo tirándome para abajo cuando decidí entrar a este mundo y puta que da rabia… “.

“Me metí a todas las sapoderadas impasables del colegio en el bolsillo coqueteándoles. Desde la tía del almuerzo a la directora no pueden creer que las haya domado”.

“Trabajo en un colegio donde los cabros tienen cero respeto por sus profesoras/es (la mayoría son profesoras), al extremo tal de sufrir violencia verbal y física constantemente. Cuando se reclama en dirección o en consejo de profesoras, la directiva desvía el tema y hace oídos sordos”.

“Confieso que me importa un rábano los resultados del SIMCE, sé que bajaron mucho los puntajes con relación al del año anterior, pero no iba a exponer mi embarazo y mi salud por preparar esta medición”.

“Hola, soy profesora de “EDUCACIÓN” Física. Me da rabia cuando algunos colegas dicen que no corremos en las clases o no practicamos actividades en conjunto con los alumnos, ¿se han puesto a pensar que son 4 o 5 clases diarias? ¿Qué ser humano resistiría esa carga física durante toda la semana, el mes y el año?”.

“Cada día que pasa odio más trabajar como profesor, lo hago por dinero para pagar deudas y sobrevivir económicamente, pero el costo emocional y físico me está pasando la cuenta. Te consumes como ser humano lentamente. Espero algún día dejar de trabajar en esto”.

“Que alguien me explique por qué las psicopedagogas ganan más plata que nosotros los profes. Sin ánimo de generar polémica, pero es algo que me llama la atención durante este poco tiempo que llevo en el sistema”.

“Estoy chata de tener que guardar la compostura porque vivo y trabajo en un pueblo chico. Si tomo, los apoderados andan comentando ‘uy, andaba tomando la tía’. Me baño en el lago y al otro día ‘uy, la tía se andaba bañando en el lago’, ente otras cosas… ¿Qué se cree esta gente que uno por ser profe deja de ser persona?”.

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Fotografía: latercera

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