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Posverdad y democracia.

Por: Miguel Francisco Crespo Alvarado. El Siglo de Torreón. 12/11/2017

Considere lo siguiente: de acuerdo con la OCDE menos del 1% de quienes han sido evaluados por la prueba PISA en México tienen niveles de excelencia en su comprensión lectora. Eso significa que la casi todos los mexicanos que han cursado secundaria o más tienen dificultades para comprender lo que leen; cuatro de cada seis simplemente no entienden nada, de tal forma que, aún suponiendo que tengan acceso a la información, su capacidad no alcanza como para entenderla, menos todavía, pueden hacer una interpretación rigurosa de la misma ni ordenarla y sintetizarla de tal forma que les resulte útil para decidir.

Pese a lo mal que leemos, no hay nada que nos permita emitir opiniones sobre cualquier tema bajo el supuesto de que “sabemos de lo que estamos hablando”; para colmo, todo comentario es susceptible de máxima difusión a través de las redes sociales y recibe una valoración similar, sin importar quién es el emisor, cuáles son sus méritos y por qué motivos habría que prestarle atención.

El cuento de los ciegos que son guiados por otros ciegos se está haciendo realidad de una manera que debería preocupar. Pero, lejos de atemorizarnos ante el mundo de la posverdad que estamos construyendo, lo festejamos como si en vez de estarnos hundiendo como cultura, estuviéramos llegando a la cúspide de la evolución humana. Ciertamente provenimos de épocas de ataduras y tiranías atroces que decían basarse en la “verdad absoluta”. Pero, ir adocenados hacia el otro extremo no es, como estamos creyendo, una liberación. Todo lo contrario.

La época de la posverdad está consolidando en el poder algunos de los personajes más perversos de la historia que, para colmo, tienen en sus manos los medios más destructivos que el hombre haya inventado. Las razones ideológicas para su empleo ya no son necesarias, basta simplemente con hablar de “seguridad” como para arrancar de la faz de la tierra la vida tal como la conocemos. Sólo importa el poder por el poder mismo y se puede acceder a éste desde la más profunda de las ignorancias.

Desde una cierta perspectiva, hemos logrado el ideal de la democracia: hoy cualquiera opina y cualquiera puede alcanzar la cúspide del poder político, pero ese “cualquiera” nos tendría que causar pavor, cuando por doquier estamos viviendo el surgimiento de figuras equiparables a Trump, que verdaderamente no entienden nada de nada, pero que tienen bajo su control el destino de la humanidad. ¿Cómo vamos a lograr detenerlos cuando, cual orangutanes, decidan mostrar su fuerza bruta para determinar quién es el macho alfa?

Sigamos felices propagando la ignorancia, compartiendo en nuestros muros información carente de sentido y de toda fundamentación, y creyendo que el mundo se arregla a punta de “likes”. Nuestra misión histórica es tiránica y estamos muy lejos de ser los mejores para encararla con éxito. Sigamos despreciando el conocimiento y haciendo caso a cualquier estupidez. Pero luego, no nos extrañemos de que figuras como Enrique Ochoa Reza tengan el control de nuestros destinos; en esta seudo-democracia de la postverdad.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ.

Fotografía: Pressenza

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