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Periodismo, historia y guerra: Siéntate, teclea y sangra.

Por: Ramzy Baroud. Rebelión. 20/06/2017

La configuración típica de una sala de prensa, donde los periodistas persiguen los titulares de las noticias dictadas por alguna agencia informativa centralizada –a menudo con sede algunas capitales occidentales- ya no tiene sentido.

En el caso de Oriente Medio, la narrativa de las noticias ha estado siempre definida por otros y se le ha dictado a los periodistas y audiencias árabes durante demasiado tiempo.

Esto apenas funcionó en el pasado pero en los últimos años se ha vuelto aún más irrelevante y peligroso.

Hay millones de víctimas por toda la región de Oriente Medio, cantidades inmensas de familias desamparadas, flujos constantes de refugiados y un número de muertos que no puede entenderse ni expresarse mediante la típica narración mediática: un titular apasionante, un par de citas y un párrafo o dos que proporcionen algo de contexto.

El precio es demasiado alto para esta clase de periodismo perezoso. Hay demasiado en juego como para que el periodismo no sea fundamentalmente redefinido por quienes están sufriendo la guerra si es que quieres comprender el pulso de la región, penetrar la cultura y hablar el lenguaje de la gente.

En efecto, el pueblo árabe lleva años hablando, colmando sus palabras de rabia y esperanza. Los inolvidables gritos de los sirios y otras naciones árabes definirán para siempre los recuerdos de esta generación y de la siguiente.

Pero, ¿en qué medida refleja hoy nuestro periodismo toda esta realidad, una realidad desgarradora y ensangrentada?

El escritor y periodista estadounidense, Ernest Hemingway, escribió en una ocasión: “No hay nada especial en escribir. Todo lo que haces es sentarte ante una máquina de escribir y sangrar”.

Pero el periodismo moderno –al menos, la forma en que se trasmite en Oriente Medio el momento- apenas sangra. Bajo el disfraz de una falsa objetividad, permanece distante, desapegado de su realidad inmediata y rara vez consigue expresar la gravedad de esta difícil transición de nuestra historia.

No obstante, la verdad es que el periodismo no ha fracasado. Nosotros sí. Somos todavía incapaces de apreciar la gravedad de lo que sucede en nuestra región y, por extensión, en todo el mundo. Somos de esos que aún siguen cantando alabanzas a las elites y defendiendo los intereses de unos pocos.

En cuanto al pueblo, cuando no le olvidamos, convertimos sus miserias en forraje de nuestras contiendas políticas.

Igualmente inexcusable es que prestemos tan poca atención a la historia, como si el componente más importante en ella fuera el menos relevante.

No es ningún secreto que la historia orientalista sigue definiendo la forma en que se escribe la historia en Oriente Medio y respecto a Oriente Medio. Deberíamos negarnos, no sólo por una cuestión de principios, sino también porque es tan inútil como falso.

Esta caracterización orientalista ha afectado también al periodismo. ¿Por qué permitimos que sean otros los que definan quiénes somos cuando tenemos la más urgente de las necesidades de definirnos a nosotros mismos?

Al escribir sobre Palestina durante casi 25 años, he experimentado esta extraña y persistente dicotomía, tanto en el periodismo como en el mundo académico.

Se informa sobre Palestina como de un “conflicto” recurrente y al parecer interminable. La cobertura que hacen los medios del “conflicto palestino-israelí” se adhiere siempre a las mismas reglas, al mismo lenguaje y a los mismos estereotipos.

Una cuestión urgente que requiere de una solución inmediata, al menos por su impacto regional y mundial, es relegada como si se tratara de una historia redundante y sin ningún interés.

Muchas personas tienden a tener una memoria a corto plazo cuando se cuestionan los derechos de los palestinos. Esto alimenta muy bien la narrativa israelí, que ha tratado siempre de desplazar por completo la historia palestina y sustituirla con algo enteramente diferente, aunque sea un constructo, una historia falsificada.

Esto último no es una conclusión mía sino un hecho, recogido por los propios medios de comunicación israelíes.

Aunque los expedientes relativos a la limpieza étnica llevada a cabo con los palestinos en 1948 está aún oculta en los archivos israelíes, hay un documento, según el periódico israelí Haaretz, que ha escapado al ojo atento del censor israelí: el archivo núm. GL-18/17028.

Este archivo muestra el proceso de cómo el primer primer ministro de Israel, David Ben Gurion, recurrió a los historiadores sionistas en los primeros años de la década de 1950 para forjar una historia alternativa sobre cómo se expulsó a los refugiados palestinos. Eligió la más convincente, y eso se convirtió en “Historia”.

Esa reescritura de la historia sigue en curso, manchando también el presente.

¿Cómo pueden entonces los periodistas desenterrar la verdad, aparentemente compleja, sin entender la historia, no la historia convenientemente diseñada por Israel, sino la historia del dolor, del sufrimiento y de la continua lucha de los palestinos?

Informar sobre Palestina e Israel sin desentrañar totalmente las raíces históricas del trágico suceso es contentarse sencillamente con proporcionar un relato superficial de lo que “ambos bandos” están diciendo, un relato que a menudo favorece a la parte israelí y demoniza a los palestinos.

El escenario palestino se repite ahora por todas partes. La narrativa sobre Siria y otros conflictos está guiada por creencias preconcebidas.

El periodismo sigue fracasando a la hora de romper el bastión del viejo paradigma que relega al pueblo y se centra, en cambio, en los gobernantes, los políticos, los gobiernos y las elites empresariales.

Esta es la versión mediática de lo que en el mundo académico se conoce como la “Teoría del Gran Hombre”, una disciplina extinta que por desgracia se utiliza muy frecuentemente en la prensa árabe.

Pero sin pueblo no hay historia, no hay historia que escribir ni cambio que esperar.

Se cita a Arundhati Roy diciendo: “En realidad, no existe eso de ‘los sin voz’. Existen los que son deliberadamente silenciados o aquellos a los que nunca se quiere escuchar”.

Los palestinos y los pueblos árabes tienen ya voz y una voz articulada. Pero esa voz ha sido deliberadamente enmudecida a través de toda una campaña masiva de desinformaciones, distorsiones y tergiversaciones.

Cuando Israel y sus aliados dicen que “los palestinos no son un pueblo”, intentan decir esencialmente que los palestinos no tienen identidad, ni demandas legítimas, por lo tanto, no se merecen tener voz.

Cuando los medios silencian la voz del pueblo, proscriben sus derechos y demandas de libertad, cambio y democracia.

Nuestra respuesta no debería ser la de hablar en nombre del pueblo sino escucharles realmente; escucharles de verdad y empoderar sus voces para que articulen sus propias aspiraciones y justas demandas, expresando su propia identidad.

El periodismo no es una profesión técnica, una habilidad a perfeccionar sin corazón, sin compasión y sin una comprensión profunda del pasado y del presente.

Los auténticos intelectuales no pueden actuar fuera el reino de la historia, y la región árabe está experimentando sus mayores transformaciones históricas en un siglo.

Para que el trabajo de los periodistas sea importante, deben abandonar su posición de dictar las noticias siguiendo el mismo patrón predecible y ahondar más profundamente en las historias.

Tienen que entender que una narrativa es deficiente –cuando no del todo irrelevante- si no empieza y termina con el pueblo, un pueblo con una narrativa que no puede limitarse a una frase sino que está enraizada en una realidad compleja, en la que la historia debería ocupar el centro del escenario.

Ser un periodista que informa sobre la agitación en el mundo árabe sin conocer ni entender por completo la historia, las esperanzas y aspiraciones de los pueblos ya no tiene excusa ni sentido.

Cuando naciones enteras están desangrándose, se hace necesario que los periodistas consideren el consejo de Hemingway: “Siéntate ante una máquina de escribir y pártete el alma”.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=228115

Fotografía: lainformacion.com

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