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Notas breves sobre la Investigación implicada y comprometida para una práctica científica otra.

Por: Marianicer Celina Figueroa Agreda. Venezuela/Nicaragua. 07/03/2018 

La investigación  militante o investigación comprometida, se considera una propuesta cualitativa introducida por autores como Fals, O (2009, 1986, 1972 ) y Denzin (2003) en donde la actividad del investigador(a) es a su vez, una práctica política que como tal busca comprender y transformar con aquello con que nos articulamos dado que mantenemos un compromiso explícito de trabajar en colaboración, para alcanzar objetivos políticos compartidos. Parafraseando las palabras de Hale (2006), la investigación militante puede ser definida como una metodología por la cual afirmamos un compromiso político con un grupo organizado en lucha y que genera conocimientos “desde, con y para” este grupo. Al respecto Borio et al (2004), quienes definen a este tipo de prácticas de investigación como co-investigación, señala:

En tanto que actividad de transformación de lo existente, lugar de formación y de cooperación diferente, la co-investigación es al mismo tiempo —constitutivamente al mismo tiempo— producción de un conocimiento distinto, experimentación de prácticas organizativas y espacio de re-subjetivación. Por decirlo en pocas palabras: tanta investigación sin co- es narración sociológica con medios precarios; tanta co- sin investigación lleva a una producción ideológica estéril. (2004:67)

Investigar desde la co-investigación, implica hacer juego con acciones dialógicas que reconocen las condiciones de igualdad de aquellos que investigan con uno, y por ende poner constantemente en el tapete los presupuestos y las certezas propias, así como las preguntas que nos asaltan desde la convivencia como activistas y como coinvestigadores/as, de manera que pueda dar paso  a lo emergente y a la transformación de nuestras comprensiones. Una posición como esta implica estar consciente que no se trata de un ejercicio de descubrimiento de una realidad externa sino que hace referencia a una responsabilidad política por el conocimiento producido en el entramado de la lucha por la fijación temporal de unos significados subversivos frente a otros legitimados socialmente.

En ese sentido se busca generar un espacio de diálogo y de articulación para pensar formas desde las y los implicados, formas de teorización como acción política y formas de organización de lo social prometedoras y liberadoras en un momento dado sin pretender su universalidad y atemporalidad (Fractalidades de Investigación Crítica FIC, 2009). Es en el ejercicio de en-contrarnos para pensar juntos, el que puede dar cuenta de las diversas historias, diferentes palabras, diferentes sentidos, tiempos y tramas, diferentes conflictos ideológico-sociales que acontecen en los que coincidimos en una práctica activista (Guarderas y Gutiérrez, 2004), lo que trae como consecuencia que se diluya las distinciones entre sujeto y objeto de estudio y entre práctica y teoría,  pero también entre práctica-política y teoría-conocimiento, tal como lo perfila Haraway (2004) al señalar:

No hay separación entre un primer momento de investigación y una posterior acción social, sino que desde estas posiciones críticas con las formas de pensamiento hegemónicas y dicotomizantes, se apuesta por prácticas de Investig-Acción activista que sienten las condiciones de posibilidad para la producción de comprensiones más liberadoras de lo social, sin dejar de perder la clara noción que las acciones políticas y los conocimientos que se construyen desde este lugar se entienden como situados en entramados de poder, sentidos y relaciones afectivas en las cuales se fijan ciertos significados y prácticas (Haraway, 2004; 26)

Esta perspectiva implica partir de una concepción de la realidad como constructo social generado a partir de las experiencias de las personas en su accionar con otros (Berger y Luckman, 1968) por ende es el resultado de las relaciones entre los hombres, las mujeres, pero también con la totalidad de los seres vivos y aquellos artefactos no vivos,  con quienes generamos significaciones subjetivas y damos sentido a la vida misma, incluyendo significados de resistencia ante aquello que desde el acto educativo excluye y genera injusticia social.

Para comprender esta forma de mirar la realidad, ayuda a asumir lo que Maduro, O (2004) denomina sencillas convicciones:

“- Nuestro modo real de vivir moldea nuestra manera de ver la realidad, llevándonos usualmente a creer que “las cosas son sin duda como las vemos” y que “otras maneras de verlas son evidentemente falsas”

– Nuestra manera de percibir la realidad nos lleva a ver –y ejecutar-ciertos comportamientos como “normales”, y, por el contrario, a rechazar otros como “anormales”

– A menudo, nos resistimos a criticar y modificar nuestra manera de captar la realidad –así como nuestro comportamiento ante la realidad- y esa resistencia constituye, con frecuencia, un obstáculo más para transformar la realidad circundante.

– Si queremos transformar nuestra realidad, quizás sea entonces conveniente ejercitar y desarrollar nuestra capacidad de criticar y modificar nuestros modos de percibir la realidad- así como nuestro potencial de escucha y aprendizaje ante otras maneras de ver y vivir “ Maduro, O (2004;12)

Desde este sentido, toda realidad es transformable en la medida que se pongan en marcha aconteceres que propicien la capacidad de subvertir un discurso desde dentro, incluyendo permanecer en resistencia, y en especial el discurso educativo en tanto concepto y acción.

Como peculiaridades de una investigación militante, como acto de co-investigación, se hace necesario comprender:

  • La condición como investigador(a) alineado(a)[1] y comprometido(a) políticamente con aquello que se investiga, lo que amerita necesariamente “formas alternas-otras” que permitan hacer-conocimiento con las y los otros, pero desde la posición de género, clase, cultura, ideología, posición y activismo político.
  • El cruce entre academia y activismo, como acto de difracción[2] que surge a partir de las historias de vida, las experiencias políticas, personales y colectivas, de quienes como co-investigadores- activistas y que esperamos visibilizar en forma de narrativa colectiva.
  • El análisis colectivo con las y los activistas de las prácticas directas, las creaciones, los hitos y huellas visibilizados en el camino, las diferentes subjetividades que aporte cada activista, así como su participación en el proceso de teorización previsto.
  • La necesidad de generar condiciones para un proceso de co-teorización
  • La construcción[3] de los procesos de teorización como narrativas colectivas con fines trasformativos, de allí la importancia de que trascienda lo teórico para convertirse en un Discurso herético que denuncie aquello necesario de cambiar y a su vez enuncie modelos alternativos otros.

Desde estas premisas es posible esbozar líneas reflexivas, recursivas, en continuo diálogo que se informan y conforman unas de otras, producto de la adaptación e hibridación de propuestas de accionar metodológico presentes en el abordaje etnográfico colaborativo (Lasiter, 2005) y performativo (Denzin,N. 2003) característicos de la co-investigación y co-labor, así como también del método de reconstrucción hermenéutica performativa ( Alvarado, S. et al, 2014) y de la construcción colectiva de narrativas (Biglia, B. y Bonet-Martí, J. 2008)

La etnografía colaborativa es definida por Lasiter (2005) como una etnografía que se explicita en tanto “un acto de ciudadanía y activismo” al distinguir la importancia de la  colaboración de investigadores/as y objetos (de estudio) en la producción de textos etnográficos, tanto en el trabajo de campo como en la escritura. Para ello plantea estrategias colaborativas en el accionar etnográfico, en las que se aprecie el carácter de intervención sociocultural participativa de quienes tradicionalmente asumen el rol de informantes claves en una etnografía, proponiendo para ello que los mismos sean lectores y editores, las producciones sean sujetas a discusión en grupos focales; los textos finales sean coproducidos y co-escritos entre el investigador(a) y las /los informantes, productos que a su vez han de ser revisados y validada por una junta editorial creada por los implicados(as), y finalmente que los resultados puedan ser socializados y discutidos en foros comunitarios con ciudadanos/as, organizaciones sociales y/o instituciones que pudiesen verse interesadas en el tema.

Se suma a esta perspectiva etnográfica, la propuesta de Denzin (2003) quien enriquece este tipo de accionar proponiéndole un carácter perfomativo al referirse a un transitar etnográfico que trasciende las acciones investigativas que miran hacia lo dicho y no hacia lo que se está diciendo, hacia lo hecho y no hacia lo que se está haciendo, lo que demanda poner la investigación y la cultura como un acto de movilidad, acción y agencia, de forma tal que se desmantele, de-construya y de-colonice desde adentro las epistemología occidentales, desafiando aquellas prácticas de investigación que perpetúan el poder de Occidente.

Propuestas similares son planteadas a su vez por el enfoque metodológico de la investigación de co-labor, en las que autores como Leyva, X. y Speed, S. (2008)  y Hale (2007) han distinguido tres premisas fundamentales que sumamos a las coordenadas metodológicas de esta investigación:

  • Intentar construir relaciones de equidad que alteraran jerarquías y desconfianzas históricas reproducidas por las relaciones coloniales dadas entre la investigación científica académica y las /los actores sociales que se investigan, de manera que se genere una especie de solidaridad orgánica sobre la cual se sustentaron las alianzas básicas (alineación básica) necesarias para llevar a cabo acciones de co-labor.
  • Valorar a la las y los actores participantes de la investigación, como portadoras de conocimientos y saberes que tienen el mismo valor que el conocimiento académico, tomando en cuenta que la diferencia en cuanto a la naturaleza de los discursos que se aportan desde diversas fuentes de saberes, pueden ser diferentes, pero esa diferencia no implica “superioridad”.
  • Hacer converger en la vida cotidiana las dos agendas: la del investigador(a) académico(a) y la del investigador(a) participante (actores sociales) tanto para definir en cada equipo los objetivos particulares y el trabajo en campo, como para analizar juntos el material obtenido y elaborar el (los) producto(s) final(es) de la co-labor.
  • Elaborar textos en co-autoría donde el conocimiento de las dos partes, la académica y la de las y los actores sociales participantes, dialogarán y lograrán mostrarnos los resultados de esos diálogos. Al respecto:

“… Leyva, X. (2005) habla de que el texto en coautoría es más bien un “texto negociado”, mientras que Bastos, S. (2005) se refiere a él como un “texto consensuado” al tiempo que Speed, S (2005) destaca su naturaleza de “texto compartido.” Finalmente el intelectual Aguilar, y su contraparte académica, Cristina Velásquez, se refieren a su texto como un producto basado en el principio de reciprocidad que rige las sociedades indígenas y para ejemplificar dicho principio parafrasean al líder histórico mixe Floriberto Díaz quien afirma que “si tu das, te damos, si damos, tú recibes y si recibes, también puedes dar”  (Leyva, X. y Speed, S. 2008; 49)

A estos planteamientos, pueden unirse en consonancia como fuente que guía el accionar metodológico, la interesante propuesta que sobre la Hermenéutica Performativa, también denominada hermenéutica ontológica política, plantean Alvarado, S, Gómez, A.; Ospina, H y Ospina M. (2014) al referirse a la misma como una alternativa metodológica que busca tomar distancia de las lógicas dominantes en la producción de conocimiento, pero sobre todo, a la concepción de la vida y del mundo que derivan de dichas estructuras dominantes de saber.

“En este sentido, la investigación avanza en la descripción, aplicación y resignificación de lo que se ha denominado una hermenéutica performativa o hermenéutica ontológica política, con la cual se busca hacer audibles y visibles las voces y expresiones invisibilizadas en sistemas políticos hegemónicos de la modernidad, a través de las narraciones y las metáforas como camino privilegiado para desocultar otras formas de la realidad, lo que implica llevarlas a lo público a través del lenguaje, que a su vez es el elemento constitutivo en la creación de nuevas versiones de la vida” (2014: 211)

Para ello se parte desde una lógica de producción abductiva cuya intencionalidad no es la generalización, sino la apropiación de los significados culturales construidos socialmente sobre una realidad determinada, para posteriormente propiciar procesos de interpretación, constitución de sentido y de construcción teórica. Ello implica interpelar los significados monolíticos de la historia, impuestos por esquemas de pensamiento hegemónicos y absolutistas, que al develarlos e interpretarlos nos muestra el camino para encontrar los intersticios desde donde es posible ejercer la capacidad performativa de hombres, mujeres, niños y niñas, entendida esta como su capacidad para introducir nuevos sentidos en la construcción de la realidad interpelada. Con este accionar se espera instituir con ellos, realidades divergentes, plurales y alternativas en aquello que se encuentra tan naturalizado como parte del paisaje cotidiano, que ya no logra sorprendernos ni indignarnos.

Como alternativa para la resignificación colectiva de las tramas emergentes de se considera de especial interés el uso del método la construcción de narrativas colectivas, performativas y situadas como prácticas discursivas que construyen, actualizan y mantienen la realidad (Cabruja et al, 2000). Se trata de narrativas que pueden ser creadas como “enunciaciones articuladas”[4] de tramas de sentido, y otras como textos discontinuos, que surgen a partir de relatos escritos, participaciones en grupos de discusión y las entrevistas individuales, sobre los ejes agrupadores que coinvestigadores(as) identifiquen a partir de la información recolectada. Como acción conjunta, estas narrativas:

“…generan resultados involuntarios e impredecibles […] que generan un entorno organizado [que] no puede ser atribuido a las intenciones de ningunas de las personas participantes en particular. A pesar de ello, cada una de ellas confiere a dicho entorno una cualidad intencional” (Cabruja et al. 2000: 70)

Como comentario encarnado a la vivencia de este tipo de investigación, me gustaria destacar que ser parte de un proceso de investigación que gesta un colectivo para visitar los fundamentos sobre los cuales se construye una determinada concepción de aquello que es la razón que da lugar a constituirse como grupo de afinidad, es sin duda una experiencia en si misma autopoiética dada la posibilidad que investigar desde el otro y la otra con quienes interpelas e interrogas el mundo, permite construir-se una suerte de dialéctica envolvente y ascendente desde la cual el individuo sabiendo que tiene algo en común con un colectivo en gestación (el término gestación es quizás impreciso porque ese colectivo tiene ya una historia que pudiéramos llamarla previa a la experiencia y cuyo origen no es importante para este comentario) decide asumir que su construcción cuenta con el concurso de otros que no necesariamente se agolpan en torno a un dogma de forma militante.

Este proceso que nos parece constituye una estrategia epistémica interesante para decantar formas de identidad en momentos de fragmentación social y atomización del individuo tan severa como la que experimentamos en la contemporaneidad y más aún en la investigación científica, es una apertura  que te desviste ante un otro que entra a construir contigo y conmigo una unidad que se esculpe simultáneamente en todos, y que termina asumiendo la forma de escultura multitemporal y multiespacial que en sí misma es problemática.

El proceso transversal para ello, que es el consenso, siempre es un consenso precario y esa precariedad lejos de verse como una debilidad constituye precisamente la posibilidad de seguir enriqueciendo una espiral envolvente de la crítica sobre aquello sobre lo cual se milita y más aún, se investiga. La autopoiesis es entonces tanto colectiva como individual y eso comporta una suerte de plurilogos involucrados desde donde se celebra la diferencia por encima de resolverla, y se sospecha del consenso como acto de vigilancia fundamental para evitar que claudiquemos a prori con una conclusión a medias que al final corre por invisibilizar los sentidos subversivos tras los que insistimos en develar, a sabiendas que toda conclusión situada es precaria e incompleta.

Para ello las preguntas, propias de un transitar hermenéutico, requieren construirse a diario desde distintos espacios en los cuales nos acompañamos con otros/-as. Con esas compañías también habitamos espacios donde nos dibujamos, contamos historias que nos han sido y nos construimos puentes porque nos reconocemos comunes.

Ese relatar historias, nos revela que llegar a conversaciones sobre aquello que nos interpela como activistas desde preguntas algo más radicales que la búsqueda del mero dominio de aspectos técnicos, ayuda a comprendernos como parte inalienable de eso que somos y que denominamos vida. La relatoría en común de esos cuentos sobre secuestros naturalizados del conocimiento, es una suerte de rito al que llegamos cada cual desde el matiz con el que miremos al mundo.

Por eso el valor de la “,” en tanto representa la investigación con y desde el otro, da la oportunidad de recrear el ejercicio de sentirse despierta, despierto para ver las trazas de nuestras palabras en las palabras de otros/-as, por lo que ya no sólo observamos la traza de otros/-as activistas en la propia humanidad, sino que nos vemos dibujadas(os) en las  palabras de ellos y ellas, y oímos nuestras voces en sus escritos. Son un poco uno, tal y como uno somos un poco ellos/-as. Es algo que ocurre pese a que hemos crecido en prácticas sociales subyugantes que penalizan sistemáticamente la colaboración y el empeño colectivo.

Al final del camino uno no puede ser sin el otro y suponer que son instancias separadas o incluso distintas es simplemente equivocar que esa “,” simplemente nos permite indicar de forma distinta lo que constituyen las dos caras de una misma entidad: “Conocer”. A fin de cuentas, todo conocer está movido por una investigación que es la militancia más esencial del ser humano. La militancia del asombro, se hace viva, al investigar desde y con la militancia.

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[1]Hale, C. (2007) describe la alineación del investigador(a) como la afinidad ideológica o política con un grupo organizado, posicionamiento esencial para llevar a cabo una investigación decolonizada. “Se trata, primero, de afirmar que el (la) investigador(a)(a) es un actor social ubicado: tiene género, cultura y perspectiva política propios, ocupa una posición determinada en las jerarquías raciales nacionales y trasnacionales y su formación educativa como investigador(a) le sitúa en un estrato social muy particular” (Hale 2007, p 101).

[2]Haraway (2004), utiliza la metáfora de la difracción al explicar que cuando la luz se difracta no se reproducen imágenes auténticas del rayo luminoso original, sino que es desviado y difuminado en distintos rayos modificados por el pasaje a través de los elementos. De manera equivalente, a través de la práctica difractiva en investigación, no se reproduce una imagen incontaminada y objetiva del proceso, sino diferentes narrativas subjetivas que, no son solo el resultado de un proceso de transformación amplio, sino pueden ser la semilla de múltiples reconfiguraciones y lecturas por parte de otros agentes. (Biglia y Bonet-Martí, 2009)

[3] Haraway, (1997) desde una posición de reflexividad crítica propone la difracción de significados como una metáfora y estrategia coherente con la idea de que la mirada modifica lo que se ve. A diferencia de las reflexiones, las difracciones de significados no desplazan lo mismo a otra parte, de una forma más o menos distorsionada. La difracción permitirá definir un espacio diferenciado y oblicuo para otro tipo de conciencia, una conciencia crítica; emergiendo en estas comprensiones múltiples, particulares y polifónicas visiones sobre lo que se conoce. “La difracción es una tecnología narrativa, gráfica, psicológica, espiritual y política para crear definiciones consecuentes” (Haraway, 1997:30).

[4] Las “enunciaciones articuladas” se logran con la construcción de narrativas colectiva que se generan con la técnica del patchwork, entendida esta como una actividad de articular los textos escritos de la misma forma que muchas abuelas hacían con diversidad de tipos de telas con las que finalmente hacían una manta o tapete único. Para ello se encadenan las respuestas de las y los activistas coinvestigadores pertenecientes a categorías precisadas como ejes temáticos, a partir de la cual se genera una narrativa colectiva. 

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