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LA REFORMA EDUCATIVA Y EL FETICHISMO ELECTORAL.

Por: Roberto González Villarreal, Lucía Rivera Ferreiro, Marcelino Guerra Mendoza. 14/04/2018 

Después de cinco años de maltratos; de cinco años en los que se les responsabilizó absolutamente de todo lo que sucedía en el sistema educativo nacional; de que se les construyera una imagen social deleznable; de llamarles vagos, corruptos, incompetentes; de que la misma reforma educativa se basara en el dictum profesores no idóneos=mala calidad educativa; de que se dijera hasta el cansancio que las prácticas corporativas corroyeron las aulas y las instituciones educativas; ahora, las maestras y los maestros están siendo cortejados por todos los políticos, todos los partidos y todas las coaliciones electorales.

Se entiende: el magisterio es una fuerza político-electoral formidable. Más de un millón de trabajadores en activo; cientos de miles de jubiladas y pensionadas; decenas de millones de relaciones familiares, comunitarias, barriales, ejidales, obreras y campesinas. Todos los candidatos lo saben. Con esa fuerza contó el PRI durante muchísimos años (Elba Esther: el factor electoral). En 2006 cambió de bando. Se alió con Felipe del Sagrado Corazón de Jesús Calderón Hinojosa, en el fraude electoral más escandaloso y cínico de la historia reciente  (Calderón-Elba Esther: revelaciones y traiciones).

Con el regreso del PRI al gobierno federal, las fuerzas que pedían una reforma educativa encontraron la oportunidad para deshacerse de un magisterio subordinado a un sindicato incómodo, oneroso e ilegítimo. Al mismo tiempo, crearon las condiciones de nuevos procesos de subjetivación docente y estudiantil, basados en la economía del sí, la auto-responsabilidad, la precariedad y la incertidumbre laboral: el credo neoliberal.

En las elecciones de 2018 las cosas parecen cambiar. Candidatos y coaliciones buscan al magisterio, prometen de todo, a todos y a todas las maestras, de todos los niveles, de todos los sindicatos, de todos los lugares y modalidades educativas. Así, tenemos al candidato Meade, del PRI- PVEM-PANAL, comprometiéndose a “capacitar e incrementar el salario de todos los maestros”  (Meade se compromete a subir salarios a maestros). ¡EL candidato del PRI, el partido de la reforma que eliminó la contratación colectiva, el que quitó prestaciones, el de las represiones al magisterio, ahora promete aumentar salarios! ¿Y la reforma, Meade? Nada. Todavía. Pero algo se cuece, porque ya empiezan a aparecer propuestas de reforma a la reforma. En Veracruz, un viejo-nuevo dirigente del SNTE, el secretario general de la sección 32 y diputado local del PRI, Juan Nicolás Callejas Roldán, anunció una iniciativa de reforma constitucional que elimine del artículo 3º. la evaluación de permanencia (PRI en Veracruz ahora pide cambios a Reforma educativa; recula el SNTE). Es una iniciativa con la que muchos quedarían contentos.

Ya problematizaremos esto, por lo pronto, no es casual que uno de los institucionales del sexenio se empiece a desmarcar con una propuesta muy a tono con las resistencias de los últimos años. ¡Y desde el PRI! En época electoral, como en los ríos revueltos, ganancia de pescadores, o de políticos.

El otro candidato del Pacto por México, ahora distanciado de las reformas estructurales que en su tiempo promovió, Ricardo Anaya, del PAN-PRD y Movimiento Ciudadano, el que exigía dos años atrás no “ceder al chantaje de los maestros” (Pide Ricardo Anaya no ceder al chantaje de los maestros), ahora dice que revisará la reforma educativa:

“Es un tema en el que si debemos ser sensibles. No está bien implementada la reforma. Es inaceptable que se haya puesto todo el acento en la evaluación, que no se haya hecho un esfuerzo serio que se vea reflejado en el presupuesto en materia de capacitación. Cuando uno revisa el presupuesto y ve la poca cantidad de recurso que se ha destinado a la capacitación de las maestras y los maestros, pues si parece injusto que toda la fuerza y todo el peso se quiera llevar a una evaluación punitiva”  (Anaya revisará reforma educativa en caso de ganar).

Los términos son parecidos a los de Meade. No es de extrañar, los dos apoyaron la reforma educativa. Los dos la sostienen y se aprestan a resolver cuestiones de implementación. 

Andrés Manuel López Obrador plantea algo distinto. Es el único que se ha comprometido a cancelar la reforma educativa y realizar un congreso educativo nacional con el magisterio (Las promesas de AMLO, o el giro radical en la reforma educativa).

Evidentemente podrán hacerse todas las lecturas habidas y por haber, desde el engaño hasta las felicitaciones. Lo único claro es que desde los artífices de la reforma hasta sus viejos críticos, empiezan a formar una fuerza social proteica que reclama la reforma de la reforma educativa. Esa es la fuerza que está en disputa en estas elecciones. No es menor: más de un millón de maestros, con experiencia en política electoral, son un botín muy grande para ignorar sus demandas y sus estados de ánimo.

Nosotros quisiéramos detenernos en una cuestión solamente: lo que podríamos llamar el fetichismo electoral; ese peligroso espejismo que provocan las promesas en circunstancias eventuales, esa disfunción cognitiva en la que se escucha lo que se desea escuchar, lo que después de años de tensión y sufrimiento hace que las palabras sustituyan a los actos y la generalización a las formas concretas en que se atienden los problemas. Se parece a la demagogia, ciertamente, pero no hay que confundirla con algo tan simple, en realidad es un engaño propio de los regímenes democráticos, en el que se cree que la representación popular tiene poderes extraordinarios, en la que se ignoran todas las fuerzas efectivas, los poderes actuantes, los que se encuentran en los discursos, en las instituciones, en los marcos de referencia; los que se ejercen sobre las mismas resistencias, los poderes que nos cruzan, los saberes que nos forman, los compromisos que no se ven, soterrados por la representación y la soberanía.

¡Aún si se respeta el voto y no hay fraude, las representaciones son formalismos vacíos frente a los poderes del mercado, del capital, de la representación y de la cognición social!

En la reforma educativa, el fetichismo electoral se presenta de varias formas. La primera, es la que supone que el poder electoral del magisterio puede, por sí solo, arrancar compromisos esperados y favorables. Las promesas de AMLO son la mejor expresión de este proceso. AMLO escucha las voces dolidas de las maestras después de cinco años de reforma educativa y ofrece lo que se quiere escuchar: la cancelación de la reforma, la participación de los maestros en una verdadera reforma educativa. ¡Palabras dulces para almas, oídos y cuerpos lastimados!

¿Están mal esas promesas? Formalmente no, ¡ese es el problema! Se privilegia la retórica, la que busca convencer, no la que busca explicitar, concretar, clarificar. ¿Cómo hará el Congreso Educativo? ¿Cómo y qué cancelará de la reforma? Todavía no lo sabemos, pero hay que preguntarlo, hay que demandarlo para exigir que se cumpla.

La segunda forma que asume el fetichismo electoral en la reforma educativa es la de los engaños simples, puros y duros. Como en el caso de los candidatos del antiguo Pacto por México, Meade y Anaya.

Meade promete aumentos de salarios para maestros a los que se les exige tanto sin pagarles bien. ¿Y la reforma Pepe Toño? Por su parte, Anaya insiste en que se trata de problemas de implementación y de capacitación; por tanto, uno y otro no alteran ni los propósitos ni el contenido de la reforma. Meade los ignora, cambiando el foco de atención; Anaya los encubre con los problemas de la instrumentación; peor aún, los relanza atendiendo la escasez de recursos en ¡cursos de capacitación!; es decir, prometiendo ampliar ese mercado educativo creciente, el de cursos y talleres para las evaluaciones, todo eso que propicia la fuga de recursos públicos a instituciones privadas.

Lo que hace punitivo -ese adjetivo tan errado- a la evaluación, no es la implementación, sino el diseño, el carácter obligatorio, la pérdida de la plaza, la incertidumbre generada, todas las características de una evaluación que se propone formar maestros en un mercado laboral incierto, precario, cambiante y responsable de sí. ¡Ese es el corazón de la reforma! ¡Contra eso luchamos, no por aumentar el presupuesto a la capacitación!

Las propuestas de los candidatos del Pacto por México deslumbran, engañan, pretenden considerar los ánimos del magisterio, pero solo para relanzar la reforma educativa, para protegerla, para hacerla más eficaz, más eficiente, más congruente con sus propósitos originales.

La tercera es más sutil, más engañosa: la ignorancia de las condiciones histórico-políticas de las que surge la reforma. Esta es la más perversa de todas las formas de alienación reformista. No es un problema solo de los partidos y candidatos, ni siquiera es de las campañas electorales, sino que acompaña a la reforma desde su inicio: se trata de la construcción de los marcos de referencia, del modo como se ha concebido a la reforma educativa de Peña Nieto.

Se ha construido un canon crítico que llamaremos oficial, que considera a la reforma como laboral y no educativa, como una reforma centrada en la evaluación solamente, una reforma mal hecha, equivocada, sin contenido educativo. Los y las responsables de este canon no están acostumbradas a pensar en procesos, en formas, en problematizaciones históricas, en dinámicas de autorreproducción, por eso no han entendido la reforma. Y ahora se está viendo su error cada vez más claro, cuando una vez más pretenden sepultarla. En realidad, estos críticos oficiales han matado tantas veces a la reforma, que uno se pregunta si el enésimo artículo sobre el tema habla de la misma reforma o de una reforma  zombie; claro, mientras las maestras enfrentan nuevas notificaciones de la evaluación de desempeño, mientras cambian las condiciones de la organización escolar, mientras se pervierten las relaciones magisteriales entre idóneos, no idóneos, normalistas y no normalistas, mientras se cambian las condiciones de contratación de los profesores de las normales, mientras se drenan recursos públicos al capital financiero a través de los CIEN, mientras se preparan los talleres de capacitación en el nuevo modelo educativo, entre tantas otras cosas.

No nos cansaremos de decirlo: la reforma no está mal hecha, no es un error, es profundamente racional, propone ni más ni menos que la reconfiguración del sistema educativo nacional, la formación de docentes neoliberales en escuelas neoliberales, donde se modifiquen los procesos de subjetivación. No hay que equivocarse. Que la reforma no proponga una educación emancipadora no la hace menos racional, al contrario; el problema es justamente eso: que tenemos que lidiar con una racionalidad neoliberal, que se encuentra en TODOS los programas de la reforma, no solo en la evaluación. El peligro de no entenderlo es caer en las formulaciones simplistas, las que prometen atender solo los aspectos laborales y no los aspectos fiscales, financieros, escolares, institucionales, formativos y demás.

Así, en el extremo, podría suceder que se reformulara la evaluación de desempeño, manteniendo los CIEN, el Nuevo Modelo Educativo, las escuelas al Centro, la autonomía de gestión, entre otros programas de la reforma. Mexicanos Primero estarían dispuestos, pero sólo para relanzar sus apuestas más tarde, interponiendo amparos, campañas y demás. Las abrogaciones tienen sus dinámicas: o se realizan o regresan convertidas en monstruos. Como las revoluciones, igual.

La cuarta forma del fetichismo electoral en la reforma educativa, es suponer que los compromisos de candidatos y coaliciones se encuentran libres de presiones, de destematizaciones, de cambios que se dan en la traducción jurídica de acuerdos políticos, de restricciones presupuestales, de candados constitucionales y organizacionales. Un ejemplo muy simple: la evaluación de permanencia está anclada en el artículo tercero constitucional. Las leyes secundarias, los reglamentos, las órdenes, las circulares, los programas, todos están sujetos a esa normativa, todos. AMLO, que es el único que ha propuesto cancelar la reforma, tendrá que enfrentarse con este problema, y no se resuelve ni con una orden ni con un decreto, ¡requiere una reforma constitucional!

Ganar en las elecciones, llegar al gobierno, no resuelve el problema, lo facilita, lo plantea de otro modo, ¡No es poco!, pero se requerirá una movilización política muy difícil, que trascienda y vaya mucho más allá de las elecciones. Esto debe estar claro. Esto debe decirse, para no engañar a nadie. Las elecciones velan las condiciones político-institucionales en que se desenvuelven los problemas, de ahí vienen los desencantos y los desengaños. ¡No lo permitamos! 

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