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LA EXTINCIÓN DE LA ESCUELA RURAL MEXICANA.

Por: Marco Aurelio Martínez Sánchez. 04/04/2017 

Era el año de 1994, el zapatismo hacía su aparición en la escena nacional el 1o de enero y los pasamontañas  le daban la vuelta al mundo como el gran ícono revolucionario del movimiento social más esperanzador de fines del siglo XX en nuestro país. El subcomandante Marcos, los comandantes Tacho y Ramona saturaron con su imagen subversiva diversas portadas en prensa, revistas, posters,  playeras, llaveros y hasta preservativos. México estaba ante los ojos del mundo por el sorpresivo levantamiento armado de los indígenas del sureste mexicano en demanda de democracia, salud, educación, justicia, paz, libertad.

Habiendo egresado de la Normal Veracruzana me encontraba en espera de obtener la plaza como maestro rural. Nuestros profesores nos habían insistido hasta el cansancio la idea que el maestro era agente de cambio a donde fuera. En el ámbito estudiantil normalista era una sentencia casi remota, lejana.

La sierra agreste de Tatatila me abrió las puertas de la docencia y la comunidad de San Juan abrió mis ojos a la realidad, una realidad cruda, espeluznante, la experiencia directa con la pobreza extrema cercenó lo más hondo de mi persona, tocó las venas abiertas del profesor en ciernes. Ahí aprehendí que la carrera de magisterio era mucho más que enseñar a leer, escribir, sumar y restar.

Niñas y niños se presentaban todos los días con un frío avasallaste, lluvia pertinaz, con harapos moribundos y pies desnudos, pero lo más  impactante eran las cicatrices en el rostro producto de la desnutrición. Pronto nos organizamos con los padres de familia y gestionamos apoyos para proveer desayunos escolares diarios a los alumnos. Ello provocó el incremento de la matrícula de manera súbita.

En las comunidades serranas contiguas era un secreto a voces la siembra de yerba, por ello los operativos militares eran constantes; en San Juan se suscitaron por lo menos tres incursiones castrenses durante mi estancia de cuatro años; mis cabellos largos y la incipiente barba rebelde le causaban mala impresión al jefe de la brigada. Al final de cuentas concluimos en buenos términos.

Las caminatas cotidianas eran extenuantes, con frío, hielo, neblina y lluvia era el trayecto de todos los días. Mis colegas, maestras y maestros rurales de escuelas federales, estatales, y de CONAFE, nos hacíamos compañía durante el inhóspito trayecto, quien cogía aventón era afortunado. Por lo regular éramos unitarios y cada quien iba a poblados vecinos, algunos se quedaban durante el resto de la semana en comunidad, pero yo debía cumplir con mis obligaciones como alumno de la facultad de historia.

Mi formación normalista y universitaria se fusionó con la realidad implacable que vivía todos los días con los niños de San Juan. No obstante, durante nuestras reuniones colegiadas los maestros rurales éramos más incisivos, más activos y combativos. Teníamos los insumos de sobra para luchar y conducir a nuestra gente a una mejor forma de vida. Los cursos y talleres eran espacios de catarsis y desahogo de las distintas problemáticas que tenían que ver más con las historias de vida del alumnado que con aspectos pedagógicos.

El trabajo en escuela unitaria es arduo, laborioso, sistemático. Conocí auténticos maestros unitarios a quienes solicité orientación y consejos para realizar con decoro mi trabajo docente ya que se requiere de alta dosis de creatividad, organización y talento. El maestro rural sigue siendo una pieza clave en el complejo entramado del sistema educativo mexicano.

En el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-1940) la escuela rural mexicana vivió su momento cumbre, de esplendor, dado el reconocimiento y la importancia que el general de Jiquilpan le otorgó a las comunidades rurales e indígenas.  Desde aquellos años hasta nuestros días  la escuela rural mexicana ha trasmitido los valores supremos de patria, identidad nacional, identidad cultural y amor por nuestras raíces como Nación. El sistema educativo continúa en deuda con la escuela rural mexicana.

Hoy en día, el gobierno federal pretende clausurar más de cien mil escuelas multigrado en el país mediante el programa de reconcentración escolar. Este consiste en sacar a los niños rurales o indígenas de su contexto, de su comunidad y llevarlos a escuelas de organización completa y ahí formarlos. Por medio de esta aberrante ocurrencia están en riesgo más del 45 % de las escuelas de Veracruz. El argumento sustantivo de esta programa es el ahorro de recursos económicos a la SEP a cambio de someter a los niños a dinámicas distintas, adversas y desarraigarlos de sus lugares de origen.

El desconocimiento de la historia de la educación en México provoca estos desafortunados ensayos, que además pretenden el exterminio de los maestros rurales, muchos de ellos luchadores sociales, promotores del bienestar colectivo que desde las trincheras escolares organizan a las personas para exigir una mejor forma de vida. Es evidente que la escuela rural atemoriza a los políticos tecnócratas porque ahí esta el germen de la conciencia nacional.

El silencio de la montaña, la pobreza que cala hondo, los rostros infantiles curtidos por el frío y la miseria, la bondadosa generosidad de los que menos tienen, el agobiante trabajo del campo y su mínima remuneración, pero ante todo la arrogante ignorancia de quienes conducen el sistema educativo en México, nos convierten en militantes sociales.

¡No al exterminio de la escuela rural mexicana! 

Fotografía: murp

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