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¿Hasta cuándo?

Por: Koldo Campos Sagaseta. La Pluma. 16/03/2017

Toda vulneración de un derecho humano siempre encuentra un agravante más, otro nuevo ingrediente que sumar a su desamparo cuando la víctima agrega a su condición de refugiada, de pobre, de presa, de negra, de desempleada… su condición de mujer.

Y erradicar la violencia machista como el más sangrante sesgo de la ideología que la sustenta, es una larga lucha a llevar a cabo en todos los espacios sociales.

Hacen falta leyes, es verdad, que encaren con rigor y contundencia la discriminación de la mujer y la violencia machista, pero también son necesarios jueces capaces de interpretar las leyes al amparo de prejuicios tan comunes en ellos. Incontables son los casos de denuncias desestimadas porque no se consideró insulto llamar “zorra” a una mujer, porque la víctima vestía provocativamente, porque andaba en la calle a altas horas de la noche, porque no cerró las piernas lo debido, porque no fue suficientemente convincente a la hora de decir que no…

Hace algunos años Rafaela Rueda Contreras compareció ante el juez Carlos Manzano, titular del Juzgado de lo Penal 6 de Granada por acusar a su marido de insultos, agresiones y amenazas de muerte. El juez absolvió al acusado porque los hematomas de la mujer no estaban “suficientemente esclarecidos” y porque el testimonio de la mujer no le pareció creíble. Al juez le llamó la atención la “excesiva parquedad de la denunciante y su escasísima pasión y grado de convicción”.

Ignoro si Rafaela también había sido adiestrada en el silencio, si desde niña había aprendido a tolerar abusos y agresiones, si aquellos hematomas habían sido los primeros, si también había escuchado los paternales llamados a la prudencia, si alguna vez un cura le había recordado la virtud del perdón… En cualquier caso, los alegatos de la mujer en defensa de su amenazada vida al juez le parecieron excesivamente parcos, muy poco convincentes. Rafaela ni siquiera había demostrado pasión en su denuncia. Días más tarde de que el juez Manzano absolviera al acusado, Rafaela era asesinada a golpes de azada por su marido, otra vez detenido y a la espera de juicio, ya no por amenazas contra una mujer parca y poco apasionada y convincente, sino por asesinato de un elocuente cadáver.

Las mismas carencias y prejuicios son habituales en la policía. Una de las mujeres que en la Puerta del Sol de Madrid se encuentran en huelga de hambre reclamando un pacto de Estado que enfrente la violencia machista, comentaba el caso de una de las acampadas que tras varias horas denunciando ante la Guardia Civil las amenazas de su ex marido de matar a la hija que tenían en común sin que se le prestara caso ni atención, tuvo que escuchar del mismo uniformado que desestimara su denuncia la noticia del asesinato de la niña.

También hace falta un lenguaje que no esconda a la mujer, que no la subordine ni anule, que no la dé por supuesta cuando no la nombra.

La cobertura sentimental con que arropamos en nuestro lenguaje las más viles y machistas conductas, descargan de culpa sus responsabilidades y, tanto en las redacciones de los periódicos como en los tribunales, transforman en “pasional” el crimen y al asesino en un “enamorado”.

El amor no es una enfermedad que inevitablemente desencadene síntomas como los celos, la más humana de todas las excusas como es el alcohol el más socorrido de todos los pretextos. El amor no genera angustia, tampoco violencia. El amor no mata. Mata el machismo. Y reiterar como “delitos pasionales” los asesinatos de mujeres descarga de culpa al homicida, presa de una “pasión irrefrenable y común, por demás comprensible”, y contribuye con el asesino a la edificación de una coartada que lo justifique. Frente a terroristas que “matan por matar”, fundamentalistas que “asesinan por odio”, psicópatas que en su locura matan, la más nutrida legión de asesinos, la más impune y la que más muertes y dolor provoca, curiosamente, mata “por amor”.

En muchos casos, los medios de comunicación son, consciente o inconscientemente, sostenedores de las causas que alientan la violencia machista cada vez que le sirven de coartada cuando ensalzan reputaciones de maltratadores si por el medio suenan los apellidos, la fama o los recursos del delincuente. Y son los medios quienes, precisamente, más pueden contribuir a enfrentar la ideología machista rechazando la publicidad sexista; suprimiendo las emisiones de música que propongan matar a una mujer “porque no tiene corazón”, por ser “mala mujer”, o porque “le gusta la gasolina”; eliminando la difusión de cualquier contenido que aliente o justifique la discriminación de la mujer, que la reduzca a objeto, al mobiliario con que se decora un estudio de televisión.

Por hablar o por callarse, por denunciarlo o por exculparlo, por soñar o por resignarse, nunca ha de faltar, hasta que lo impidamos, el insulto, la amenaza, el golpe de un macho despechado y violento. Por salir o por quedarse, por obediente o por insumisa, por fuerte o por vulnerable, nunca ha de faltar, mientras lo consintamos, la discriminación, la violación, la violencia machista. Porque es por ser mujer que se la margina, que se la excluye, que se la mata.

Y ello ocurre con la connivencia de una justicia que descarga de culpa al acusado so pretexto de provocaciones o arrebatos; con la indolencia de una Iglesia que no tiene más propuestas que el arrepentimiento y la oración; con el beneplácito de un Estado que siempre se las ingenia para encontrar alguna nueva prioridad en las que disponer políticas y recursos; con la complicidad de unos medios de comunicación que persisten en amparar en crónicas y titulares los llamados “delitos pasionales” y con la indiferencia de una sociedad que sigue sin exigir respuestas porque en su triste ignorancia ni siquiera es consciente de la más terrible tragedia que afecta a su desarrollo y a su convivencia.

Mientras persista la discriminación laboral, jurídica, de cualquier índole; mientras sigamos advirtiendo en cualquier gesto amable de mujer una inequívoca señal de interés personal, en cualquier cortesía de mujer una desesperada invitación a la cama y en cualquier sonrisa de mujer una irrefrenable incitación al sexo; mientras sigamos sin entender que la violencia machista no es el problema sino la consecuencia de una ideología que esta sociedad encumbra y esconde en la bragueta de abajo y en la bragueta de arriba, no tendremos derecho a ser una sociedad, ni a progreso alguno, ni a soñar con un mejor futuro, tampoco a la dignidad que se supone a la condición humana.

Y sí, hay que crear leyes, adoptar medidas que protejan a las mujeres amenazadas, garantizar su seguridad, disponer recursos para ellas, como hay que formar jueces, periodistas, profesionales capaces de entender y enfrentar la ideología machista, pero si hay una labor y un espacio en el que esta sociedad debiera volcarse, esa labor es la educación y ese espacio es la escuela.

Cuenta Eduardo Galeano que, hace 200 años, Simón Rodríguez, director de Educación en la bolivariana Venezuela, a pesar de quienes creían que “el cuerpo es una culpa y la mujer un adorno”, “sentó a estudiar juntos en las escuelas a niños y niñas que, además, estudiaban jugando.” Así debía de ser, afirmaba Simón Rodríguez, “para que desde niños, los hombres aprendan a respetar a las mujeres y las mujeres aprendan a no tener miedo a los hombres”. También decía que había que ayudarles a pensar, a usar su propio juicio, a preguntar lo que ignoran, “porque pidiendo el porqué de lo que se les manda hacer, se acostumbran a obedecer a la razón: no a la autoridad, como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos”, y señalaba Rodríguez que “al que no sabe cualquiera lo engaña, y al que no tiene cualquiera lo compra”. “Enseñen y tendrán quien sepa; eduquen y tendrán quien haga”, insistía quien fuera maestro de Simón Bolívar.

Dos siglos después seguimos necesitando instituir esa imprescindible zapata social para la convivencia y el desarrollo que es la escuela, en la que restituir en cada ser humano todos sus derechos a ser y manifestarse, en la que aprender a construir entre hombres y mujeres relaciones de equidad y respeto. Y esta necesidad no admite un solo día de espera.

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(Euskal presoak-euskal herrira)

Koldo Campos Sagaseta, Columna Cronopiando para La Pluma, 1 de marzo de 2017

Juan Carlos (Koldo) Campos Sagaseta de Ilúrdoz es poeta y dramaturgo. Nacido en Iruñea /Pamplona (Euskal Herria/País Vasco) el 14 de abril de 1954, se nacionalizó dominicano en 1981, país en el que vivió durante mucho tiempo, antes de volver al País Vasco en 2005. Laboró como corrector y columnista en el periódico dominicano El Nacional, donde publicaba la columna diaria Cronopiando. Publica actualmente en Gara (www.gara.net) (País Vasco) y en el periódico brasileño www.desacato.info .Colaborador de La Pluma.

Fuente: http://es.lapluma.net/index.php?option=com_content&view=article&id=9251:2017-03-01-14-11-42&catid=58:opinion&Itemid=182

Fotografía: La Pluma

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