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El miedo a la crisis

Por: Arturo Rodríguez García. Notas sin Pauta. 30/08/2017

Controversiales como pocas veces, desconfiables como siempre, las estadísticas que pretenden reflejar abatimiento de pobreza e incremento en el ingreso de los mexicanos, así como otros indicadores de desarrollo, resultan intrascendentes ante una realidad: el miedo a la crisis.

Esta, la última semana de agosto y cinco días antes de que Enrique Peña Nieto rinda su Quinto Informe, el Instituto Nacional de Geografía y Estadística, emitió la Encuesta Nacional Ingreso-Gasto de los Hogares, hundiéndose aun más en el fango del descrédito, por los cambios metodológicos poco transparentes.

Pero no importa lo que el INEGI o Peña Nieto digan ante el miedo  persistente y lo tangible: que no alcanza para nada, que aumentan las deudas, que amenaza el cierre de empresas y el desempleo.

Hace 25 años, los mismos que nos dijeron que todo sería mejor con el Tratado de Libre Comercio y le apostaron todo a costa del desmantelamiento de la industria nacional pública y privada (como Ildefonso Guajardo) y del agro, hoy negocian con escaso margen, evocando involuntariamente al López Portillo, defensor del “peso como un perro”.

Crisis es palabra asimilada en varias generaciones, tanto como devaluación, deuda e inflación, esas verbalizaciones de la mortificación colectiva, que hoy son patentes: paridad peso-dólar alrededor de 18 a 1; deuda en récord histórico; inflación en trayectoria ascendente.

Dirán que no se entienden los indicadores, que nada es igual, que hay alternativas y el gobierno trabaja. Pero los indicadores se traducen en recuerdos indelebles, por ejemplo, de los 70 y 80: comerciantes “escaseadores” que ocultaban productos para vender más caro. Ellos, como la población, eran expertos futurólogos de la catástrofe, que se preparaban con compras de pánico: “ya escondieron el frijol” (el azúcar o el arroz) fue el infalible factor para la toma de previsiones domésticas. Ahora ponen a Venezuela como ejemplo de eso, los mismos que lo provocaron aquí, y sus discípulos encumbrados y presidenciables.

O como en los noventa, hoy “no alcanza para nada”, expresión coloquial del bajo poder adquisitivo, que se resuelve endeudándose. Como en aquellos tiempos en que las conjugaciones de ajustar referían  crisis: “ajuste de personal”, “ajuste de la balanza de pagos”, “ajuste a la baja”, “ajuste en la tasa de interés”. Andar siempre ajustados por la letra vencida, el abono impagable y todo, para terminar cubriendo la deuda de los ricos, asimilando en la cotidianidad los acrónimos del despojo: Fobaproa/IPAB (cabildeado por Dionisio Meade y aplicado por su hijo José Antonio, el presidenciable).

Nacer en tiempos de crisis y crecer con esa palabra forma una memoria de limitaciones, tristezas, ausencias que nada y todo tiene que ver con indicadores macro: vecino en mudanza por embargo bancario; hogares hacinados por los hijos que crecen con los parientes para poder migrar a buscar trabajo; parcelas en abandono; amigos que dejan la escuela o se despiden “para irse al otro lado” (hoy ni eso es opción).

Había que estar “agradecidos” cuando no se estaba en cesantía aunque fuera empleado en la suma de abominaciones llamada “maquila”, en el expoliador trabajo doméstico o en el tianguis de los mil fracasos. Agradecidos de saberse mano de obra barata, o sea, enrevesado, uno de los reclamos de Trump a México.

La crisis no era nada más para los más pobres: pequeños industriales, prestadores de servicios, comerciantes, profesionistas de prosperidades endebles que un día serían embargados aunque se recuperaran empeñando sus ingresos de por vida en Udis (¿cuántos de los nuestros murieron pagando?).

Un día, los ricos de verdad vislumbrarán la crisis. La resonancia centenaria de sus apellidos prevalecerá en cuentas del extranjero. Cuando regresen serán dueños de todo y engrosarán la lista de Forbes, recibirán los calificativos de la prensa de negocios para que, encima de todo, los admiremos: sagaces, decididos, eficaces, productivos, competitivos.

Para ellos no son las fórmulas infalibles que se aplican a la población y por las que se reclama “unidad nacional”: hay que pagar al gobierno IVA (también ISR, ISN, IEPS, ISAN, Tenencia y un largo etcétera) al 10, al 12, al 15, al 16 por ciento (los mismos de siempre: por ejemplo, el de la Roqueseñal es subsecretario de Gobernación; Calderón impulsa a su esposa para 2018 y por ahí siguen los parientes López Portillo, De la Madrid, Salinas y los excolaboradores de Zedillo).

Tal vez aquellos que tienen menos de 30 años no saben de las crisis de los setenta, ochenta y noventa, pero sus familias siguen pagando deudas, crecieron escuchando gasolinazo y pagan impuestos altos. Ahora, el miedo a la crisis tiene el rostro de Donald Trump, pero no hay que olvidar jamás que la clase política mexicana tiene la culpa ineluctable de lo que amenaza caernos encima.

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Fotografía: notassinpauta

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