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El día después.

Por: Oswualdo Antonio González. Director General del Portal Insurgencia Magisterial. 15/06/2018 

El día, no tenía nada de extraordinario.

El despertador sonó a la misma hora. Su perro ladró con la misma precisión de siempre. El café no tenía un sabor novedoso. Prendió la televisión y todos los noticieros repetían lo mismo.

Sin pensarlo, abrió la puerta principal de la casa. El sol ya se asomaba y el jardín tenía un color verde que combinaba con las decenas de flores que parecían felices de vivir un día más. Por un momento le pareció ver a las flores danzar.

Caminó, dejó las chanclas en el tapete que da la bienvenida a la casa. Sus pies sintieron el pasto húmedo, instintivamente volvió la vista al sol, sus ojos se llenaron de luz. Un olor lo acompañó a aquella casa blanca, limpia, con un árbol de mango enfrente, que siempre le pareció gigante. Creía que en ese árbol era mágico, que en realidad era un mundo donde habitaban seres que vivían en las noches y dormían en el día. Se dio cuenta que muchos de los recuerdos que tenía de su vida, no eran nombres, ni formas, sino olores.

Sintió la humedad en la espalda y la caricia de una gota de agua, que como desfile esperaban turno para ir al encuentro con su rostro. Era tan simple la vida en ese momento, solo respirar, solo detenerse.

En su mano izquierda, la marca del reloj destacaba, dos tonos de piel visualizó. Intentó pararse pero su cuerpo no lo obedeció. No peleó. Bajó el brazo y todo su cuerpo siguió reposando sobre el pasto húmedo.

A lo lejos le pareció oír una voz ¡Felicidades vecino! ¡Ganamos!

El tráfico era intenso.

Era como si la selección nacional de futbol hubiera ganado el mundial. Los ruidos de celebración se confundían.

Llegar al trabajo fue toda una aventura. Abrazos, preguntas felicitaciones, todo junto y en exceso.

Fue al baño y ahí permaneció un rato.

Su teléfono vibró. Sin fijarse en quien llamaba respondió. La llamada fue corta. Solo dijo en respuesta, “de acuerdo” y colgó.

Se escurrió del bullicio y buscó aquel parque con el árbol grande al que siempre iba cuando no tenía respuestas o no quería respuestas. A diferencia de la locura generalizada, ahí abundaba el silencio. Como otras veces se perdió mirando cada hoja que caía, oyendo el sonido del viento acariciando los árboles.

Cuando descubrió ese espacio ya nunca más lo abandonó, fue un 10 de abril recordaba. Ahí estaba. Conocer ese espacio había significado un reinicio, un reencuentro consigo mismo.

El día terminó. El bullicio dio paso al cansancio, las expectativas quedaron mudas. El horizonte ya retaba al presente. 

Fotografía: tuestima

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