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El derecho a la esperanza

Por: Fidel Quiñones Marín. 26/02/2017

Paul Watzlawick, en su libro “El arte de amargarse la vida”, señala que Robert Luis Stevenson, citando un adagio japonés escribió: “It is better to travel hopefully than to arrive“, traducido como: “es mejor viajar lleno de esperanzas que llegar” lo que se interpreta como una disposición a conservar la esperanza en las decisiones y los proyectos, aunque se afronten situaciones, condiciones y resultados adversos.

Por su parte, Ismael Serrano al hablar de su canción “Sucede a veces”, comenta que existen instantes en los que “cuando todo se derrumba, algo te hace levantar la mirada, pretende reivindicar el derecho a la esperanza en tiempos difíciles, pequeñas cosas que te reconcilien con el mundo”. Dicho así, la esperanza es un factor irrenunciable del bienestar, porque va de la mano con el optimismo, la seguridad, la fe y la confianza.

Es decir, en el nivel personal, la esperanza es un derecho que acompaña al bienestar.

Reivindicar el derecho a la esperanza

Carlos Anaya Ramírez, en el artículo “El derecho a la esperanza” señala que hay, al menos, tres formulaciones emblemáticas de ese derecho a la esperanza.  Para explicar la primera retoma la tradición bíblica y recupera al profeta Isaías: “Aquel día, los sordos oirán las palabras de un libro; los ojos de los ciegos verán sin tinieblas ni oscuridad; los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor y los pobres se gozarán en el Santo de Israel; porque ya no habrá opresores y los altaneros habrán sido exterminados. Serán aniquilados los que traman iniquidades, los que con sus palabras echan la culpa a los demás, los que tratan de enredar a los jueces y sin razón alguna hunden al justo” (Is 29, 18-21). Afirma que aquí se reconoce el derecho de los oprimidos “Dios ha asumido su causa, haciendo justicia al oprimido, dando pan a los hambrientos y liberando a los cautivos”

Para explicar la segunda expresión del derecho a la esperanza, Carlos Anaya remite al sentido contracultural de Eduardo Galeano, quien propone como ejercicio imaginativo: ¿Qué sucedería si el mundo, que está patas arriba, se pusiera sobre sus pies? “Las cosas cambiarían de raíz: La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar; los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas; los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas; el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra por siempre jamás; la justicia y la libertad, hermanas siamesas, condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda; la Iglesia también dictará un undécimo mandamiento, que se la había olvidado al Señor: Amarás a la naturaleza, de la que formas parte”.

Finalmente, Anaya Ramírez, expresa que la tercera formulación del derecho a la esperanza significa “la utopía de los pobres”. Para explicarla, recupera las reflexiones de Ignacio Ellacuría sobre lo que denomina “la deshumanización palpable que produce la civilización de la riqueza, al abandonar la tarea de construir el ser por el agitado y atosigante productivismo del tener, de la acumulación de capital, de poder, de honor y de la más cambiante gama de bienes consumibles”.  Frente a esta condición, se requiere provocar una conciencia colectiva orientada a una civilización del trabajo, la cual tiene como principio de desarrollo: “la satisfacción universal de las necesidades básicas” y como fundamento de la humanización: “la solidaridad”.

El autor concluye que “necesario despertar a la esperanza y estar presto en todo momento para lo que todavía no es, pero que tiene no sólo posibilidades, sino necesidad de realización: hablamos de garantizar la vida digna y la justicia para las distintas modalidades de pobres que viven en el mundo de hoy”.

Sintetizando, en el nivel social, la esperanza se constituye en un derecho emergente e irrenunciable de justicia y de libertad del pueblo oprimido por la corrupción de los malos gobernantes.

 

Fotografía: albitaklein

 

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