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El “chismorreo” mediático.

Por:  Luis Armando González. El Salvador. 07/02/2017 

El chismorreo (la acción de chismorrear, es decir, de contar chismes) es vieja. ¿Y qué es un chisme? Según el Diccionario del español actual (de Manuel Seco, Gabino Ramos y Olimpia Andrés), la palabra tiene dos acepciones: 1) “noticia verdadera o no, que versa sobre la vida privada de una persona, frecuentemente con la intención de desacreditarla”; y 2) “rumor o noticia que versa sobre asuntos menudos”. En el mismo diccionario, se nos dice que “chismear” quiere decir “contar chismes”, y se pone como ejemplo del uso del vocablo: “la prensa ‘chismea’ mucho menos de lo que la gente piensa”.  Y más adelante se nos dice que “chismorrear” significa también “contar chismes”.

El chisme tiene su propia textura. Como relato, puede tener mayor o menor solidez, ser verdadero o no, pero al referir noticias sobre la vida privada de una persona se reviste de un morbo especial, que es lo que lo hace interesante. El chisme siempre se refiere a alguien –de quien se dicen cosas que le hagan quedar mal o sean bochornosas—, pero la idea es que ese alguien se entere de lo se afirma sobre su persona a través justamente de la propagación del chisme.

Un chisme que no se propaga no es chisme. Tampoco lo es un chisme que no tenga visos de “credibilidad”. Es decir, quienes escuchan un chisme  deben creerse la historia que escuchan, por más absurda que sea. Y deben estar dispuestos (deben tener vocación para el chismorreo) a transmitirlo, pues de lo contrario el chisme se muere.

El éxito de quienes elaboran chismes –se requiere una vocación especial para esta tarea: la vocación de ser chismoso— radica en la propagación del mismo, de tal suerte que por la vía del chismorreo su destinario principal (la persona a la que se denigra) se entere de “lo que se dice” sobre vida privada, sus negocios, sus desgracias, sus accidentes, su sexualidad, sus deudas, sus fracasos o sus vicios y debilidades.

 Para esta última, el chisme (o varios) supone un quebradero de cabeza. Primero: qué es lo que exactamente dice el chisme; segundo, dónde se originó (o quien fue su autor inicial); tercero, quiénes (o cuántos) se han enterado del mismo y lo han compartido); y cuarto, cómo responder al chisme efectivamente, de modo que sea contrarrestado desde la versión de la persona afectada.

No es fácil atender cada uno de esos aspectos. En el presente, con el uso y abuso que se hace de las redes virtuales de comunicación, es prácticamente imposible contrarrestar la circulación masiva de un chisme y, en consecuencia, que la persona afectada pueda llegar con su versión a quienes han sido contaminados con aquél. El número de visitas a una “noticia” en Internet sirve de poco si no se sabe quiénes han sido los visitantes, y mucho menos si no hay manera de conocer su actitud ante el chisme que les ha sido compartido. 

Las grandes empresas mediáticas, en sus nexos con sitios, páginas y usuarios de Internet, se han vuelto expertas en crear chismes y en propagarlos en forma masiva. Esto da vida a un chismorreo que desde las pantallas de televisión, la prensa escrita o la radio se continúa en las “redes sociales”, desde donde se alimenta el chismorreo de los medios tradicionales, en un círculo vicioso de chismes que nunca llega a su fin.

Este chismorreo –en cuya lógica cualquier cosa (real o inventada, falsa o verdadera) que afecte a alguien (aquí entran en juego agendas políticas y económicas de las grandes empresas mediáticas) debe ser puesta en circulación en todos los espacios y redes de comunicación posibles— se ha convertido en una verdadera industria cultural. Cuántos más hablen del tema, mejor. Ese es el éxito de un chisme desde tiempos inmemoriales, pero en la actualidad es algo grave para la salud mental pública y en consecuencia para la formación de una opinión pública informada y crítica.

En realidad no se trata de poner en circulación un chisme, sino muchos, de tal suerte que los chismosos en las redes virtuales de comunicación tengan siempre algo que hacer. ¿Chismosos en las “redes sociales”? Sí y muchos, quizás la mayoría de quienes participan de ellas. De hecho, Internet se presta para ello, pues no sólo permite que quienes gustan del chismorreo tengan el espacio para hacer lo que saben (calumniar, inventar historias, opinar con ligereza de cualquier cosa, quedar impunes, ser malcriados, etc.), sino que permite una circulación (veloz) entre mucha gente de los chismes, así como de las habladurías y los improperios que los acompañan.

Perspicaz como era, Umberto Eco se refirió a esos usuarios de Internet como los “necios”. Y dice de ellos lo siguiente:

“Admitiendo que entre los siete mil millones de habitantes del planeta haya una dosis inevitable de necios, muchísimos de ellos antaño comunicaban sus desvaríos a sus íntimos o en un bar, y de este modo sus opiniones quedaban limitadas a un círculo restringido. Ahora una consistente cantidad de estas personas tienen la posibilidad de expresar las propias opiniones en las redes sociales. Por lo tanto, esas opiniones alcanzan audiencias altísimas, y se confunden con muchas otras expresadas por personas razonables” (U. Eco, “Los necios y la prensa responsable” (2015). En De la estupidez a la locura, p. 491).

Más adelante, Eco ofrece su cálculo de los necios:

“Ahora se puede cuantificar el número de los necios: son 300 millones como mínimo. En efecto, parece ser que en los últimos tiempos la Wikipedia ha perdido 300 millones de usuarios. Todos ellos navegantes que ya no usan la Web para encontrar informaciones, sino que prefieren estar en línea para charlar (tal vez al buen tuntún) con sus pares” (Ibíd.).

O para chismorrear, sumándose a la propagación de chismes generados desde las grandes empresas mediáticas. O denigrando a quien se pueda. O diciendo incoherencias, que impiden establecer un diálogo mínimamente razonable con quienes opinan con prudencia y buen juicio. ¿Y en El Salvador cómo andan el chismorreo mediático y sus réplicas virtuales? Pues saludables. Sin autocontroles personales, sin una cultura civil mínima y sin ética mediática, el chismorreo en los medios ha florecido a sus anchas. Un chismorreo que, por cierto, obedece a una agenda política de derecha. Un chismorreo que tiene como finalidad principal (aunque no única) denigrar y calumniar a figuras políticas de izquierda (o cercanas a la izquierda), de las cuales se elaboran chismes que se ponen a circular masivamente.

¿Y las personas agraviadas? Preocupadas. Tensas. Queriendo saber la naturaleza y origen del chisme, queriendo detenerlo, queriendo contrarrestarlo con su versión de las cosas, queriendo llegar a las personas contagiadas por el chisme… queriendo y no pudiendo.

Y es que, si en tiempos pasados, en el barrio o la colonia era difícil plantarle cara a un chisme y detenerlo, en el presente es casi imposible. Y lo que es peor, quien replica un chisme usando las “redes sociales” contribuye, casi siempre, a su propagación. Por aquello que nos recuerda Eco, y que no suelen tomar en cuenta quienes se ven afectados por chismes mediáticos.

Refiriéndose a Berlusconi, Eco anotó esto: “El Gran Comunicador parece haber ignorado el principio obvio de que un desmentido es una noticia que se da dos veces” (U. Eco, “¿De verdad es un gran  comunicador?” [2002, p. 398].

Por lógica, un desmentido que se repite al infinito, es una infinita reiteración de la noticia (del chisme) que se quiere desmentir.

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