Menu

Duarte, la sonrisa de un loco

Por: Hipólito Rodríguez. La Jornada Veracruz. 19/04/2017

Ahora que Duarte ha sido por fin capturado, con extrañeza nos preguntamos ¿por qué sonríe?

Todos sabemos que el gobernador prófugo sabe demasiadas y peligrosas cosas. De ahí que, antes de su captura, una hipótesis compartida por los veracruzanos afirmara que ese conocimiento era su salvoconducto o, en el peor de los casos, su pena de muerte. Pero ahora que aparece vivito y sonriente nos interrogamos: ¿cuántas y cuáles de sus incómodas verdades podrá despepitar? Podemos razonablemente suponer que sólo algunas (muy pocas) se atreverá a soltar. De hecho, eso explicaría que su contenida sonrisa no se convierta en carcajada: será difícil que diga cosas que podrían hacerle daño a su partido y a su presidente. Ya muchos perjuicios les ha ocasionado y podría producir más si suelta la lengua. Podemos entonces imaginar que negoció su entrega a cambio de no decir más que lo indispensable para no manchar más a sus correligionarios. La mentira será, quién lo duda, su principal asidero.

No necesitamos pruebas: buena parte de los fondos públicos que robó y que desvió sirvieron para apoyar las campañas del PRI. Sin embargo, más que documentar ese hecho innegable, lo imperativo sería que Duarte devolviera los recursos que le robó a la educación, la salud, las pensiones y la seguridad de Veracruz. Ésa sí sería en verdad la noticia que todos quisiéramos escuchar. Más allá de que estuvo dispuesto a pagar miles de dólares para alquilar un avión privado que lo llevara a Europa o a algún paraíso fiscal, la información que en realidad deseamos recibir es que al señor de la sonrisa demente se le expropiarán todos los bienes mal habidos y se le entregaran al pueblo veracruzano.

Ésta es la noticia que debería ocupar el primer plano de los periódicos nacionales: Duarte devuelve miles de millones de pesos. Podemos imaginar el escenario. En un acto insólito, reconoció que, con la ayuda de muchos políticos aún libres, a lo largo de su gestión, despojó a los habitantes de uno de los estados más pobres del país de fortunas que debieron emplearse para sacarlos de su miseria. En un acto de contrición, afirmó que él y su esposa se arrepienten de haber traicionado al pueblo, dilapidando años en la función pública con actividades frívolas y corruptas. Con un gesto dolido, prometió devolver casi todo lo robado. Dijo que casi todo, porque una parte ya se gastó en las campañas de sus compañeros de partido. En un arranque de sinceridad, confesó que no puede darle gusto a los Yunes en cuanto a la posibilidad de echar basura y manchar a las fuerzas de oposición auténtica, pues no tiene ninguna prueba que aportar. Añadió que hablar mal del PRI o del PAN es innecesario, pues los hechos hablan por sí solos. Finalmente, desafiando al PAN, dijo que él sí puede reducir de forma sustancial la deuda pública de Veracruz.

¿Es una broma? Tal vez todo esto explique la extraña sonrisa del político hoy preso. Pero, en realidad, la risa reprimida de Duarte amerita una reflexión que acuda a los aportes del psicoanálisis. Su gesto es fruto de una locura que comparte con cientos de funcionarios priístas y panistas: utilizar los cargos públicos para el enriquecimiento privado. De hecho, su singular mueca indica una desconexión con el mundo real, una disociación que fue creciendo a lo largo de años en los que, siguiendo los pasos de un dictador con el que guarda tantas semejanzas, estuvo rodeado de gente que lo adulaba y le llenaba planas para convencerse de que la riqueza robada era merecida. Su actual semblante de autocomplacencia deriva del descanso que al fin disfruta después de seis meses de tensión paranoica. Sabía que tarde o temprano lo atraparían y esa incertidumbre lo hizo bajar de peso: no gozaba ya de las comilonas que tantos placeres le proporcionaron a lo largo de sus años de señor feudal. Los miles de dólares que había logrado reunir, las innumerables propiedades que consiguió adquirir, las múltiples cuentas bancarias donde guardaba sus inversiones, se habían convertido en un tesoro inaccesible.

Ahora puede sonreír en paz: no necesita ya ocultarse, hizo una buena negociación, dirá lo que la censura autoimpuesta le permita a cambio de que la impunidad abra un suave y breve paréntesis y la corrupción siga siendo un rasgo del sistema político mexicano. Robarle la paz y el futuro a millones de personas no es tan grave. Los periodistas asesinados, los cientos de personas desaparecidas, el miedo y la inseguridad que sus prácticas irresponsables ocasionaron en la sociedad, seguirán impunes. No se metió con la DEA, no le tocó un pelo a los narcotraficantes. Siempre podrá alegar que no estaba en sus cabales. Algún capital le dejarán guardar. Su familia y cómplices están libres. Hagan sus apuestas: ¿Cuántos años le echan?

Como escribió Hannah Arendt al examinar el juicio a un célebre nazi: hay una suerte de banalidad del mal. Duarte podrá decir, risueño, que lo que hizo lo hacen todos. Que siguió el ejemplo de innumerables gobernadores y presidentes. Que si bien se excedió, sus prácticas no son excepcionales. Mirando a los ojos a los actuales gobernantes de México y Veracruz, dirá, con su picara mirada, ustedes son como yo. Si me exhiben como animal de circo en la actual contienda electoral no es porque sea un puerco, sino porque se trata hacer creer que el sistema político puede auto-depurarse. Sin embargo, los ciudadanos que luchamos por la transparencia y la rendición de cuentas no caeremos en la trampa y no cesaremos de exigir lo fundamental: que no queden impunes su banda y sus cómplices, y que devuelva lo robado.

Fuente: http://www.jornadaveracruz.com.mx/Post.aspx?id=170418_072551_722

Fotografía: sinembargo

reporte

Anuarios de artículos publicados

banner
banner

Suscríbete a nuestro Boletin

Introduce tu correo electrónico para suscribirte y recibir notificaciones de nuevas noticias.

denuncia