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Después del voto, la lucha sigue.

Por: José Luis Avendaño C. Alai. 06/07/2018

Es peligroso tener razón cuando

el Gobierno está equivocado

Voltaire

La democracia no se agota en el voto, en lo electoral. Más, cuando el aparato del Estado, que se supone representa todo el cuerpo social, está privatizado, en beneficio de unos cuantos. Sin embargo, se lo pelean y disputan tirios y troyanos. Así, a medida que se acercan en México las elecciones del 1 de julio, la percepción pública, medida por las encuestas, pudiera, ahora sí, volverse realidad: Andrés Manuel López Obrador presidente.

No hay encuesta que se respete (y aun la que no) que no lo ponga en primer lugar. No hay forma de bajarlo de ese pedestal. Después de dos intentos anteriores, bajo la sombra del fraude, ¿la tercera es la vencida? Los mercados parecen vislumbrar su victoria y se aprestan a acomodarse. Su programa dista de ser un peligro.

La que no se resigna, y da pataletas de ahogado, es una facción conservadora revestida de liberal, que pontifica desde los grandes medios. Su mejor argumento es Venezuela. El petate del muerto. En todo caso, hacen un doble llamado: al voto útil, es decir, votar por quien vaya en segundo lugar en las encuestas, y hacer un voto diferenciado, o sea, no darle todo el poder al presidente, con una holgada mayoría legislativa, y se vea, así, obligado a negociar. Primero, que no llegue, y que si lo hace, no se convierta en dictador.

La alianza del partido de AMLO, Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) con el derechista Partido Encuentro Social (PES) y su acercamiento con un sector de la clase empresarial (la misma dirigente de Morena fue una representante de un sector), auguran que la gestión de López Obrador no sería tan radical (sólo en las formas), sino pragmática.

Se acusa al político tabasqueño de populista y autoritario. Extraño que la diatriba provenga del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que desde nacimiento, en 1929 como Partido Nacional Revolucionario (PNR), ha sido populista y autoritario. En todo caso, el político tabasqueño viene, como la gran mayoría de la clase política mexicana, de esa matriz y hechura. Hay populismos, tanto de derecha como de izquierda.

No existe político que, con tal de ser un ganador, no invoque al pueblo, que en el lenguaje postmoderno, y para que suene más sofisticado, es denominado sociedad o ciudadanía. Se elimina su connotación vulgar, precisamente, popular. Y es que, todavía, existen diferencias sociales, clases sociales, ¡chingá! En este sentido, ya no hay partidos de clase, concepto que asusta a muchos. Y de la lucha de clases, ¡ni hablar!

Hoy, en México y en muchas partes del mundo, ya no existen partidos clasistas. Aun los partidos que se proclaman de izquierda, se corren hacia el centro, para no infundir miedo, que para efectos prácticos, es coquetear con la derecha. Y así vemos que, dentro de estas instituciones políticas, elevadas a la categoría de servicio hay, como se dice por aquí, de chile, de dulce y de manteca.

Si, además, hacen alianzas o se coaligan, a la hora de repartirse el pastel (las carteras y el presupuesto), ya no digamos gobernar, cual fracción (facción) o agenda –aún con mayoría parlamentaria— va a ser la dominante. La lista de temas o asuntos, a transformarse en políticas, es interminable. Sin contar, al momento de la negociación, los poderes fácticos ni el factor externo, que para nuestro caso son los Estados Unidos trumpianos.

En todos los tonos, ahora más que nunca, desde las tribunas de los candidatos hasta el púlpito clerical/mediático, se llama al voto razonado. Curiosamente, cuando el voto será, sobretodo emocional: se votará (se elegirá como cualquier quitamanchas) con el corazón, el hígado y las tripas.

El candidato de Morena está lejos de ser, si alguna vez lo fue, un peligro para México. Desde los últimos seis sexenios, somos sobrevivientes del peligro. Luego de doce años, su discurso, moderado y conciliador, posee el signo de paz y amor. ¿Será suficiente para enfrentar el hartazgo y escepticismo?

Carlos Montemayor, al abordar el asunto de Díaz Ordaz y la masacre del 2 de Octubre, se refiere brevemente al clima de terror electoral que vivió México en 2006, durante el primer intento de López Obrador por alcanzar la presidencia, cuando “la técnica de manipulación, financiamiento, el esquema de socavamiento mediático, era una práctica desarrollada por los gobiernos de Estados Unidos en Chile y otros países del orbe.”

El opúsculo de Montemayor (1947-2010) fue presentado el 15 de junio a propósito del cumpleaños 71 (el 17 de junio) del escritor chihuahuense, y que fue editado por el Colectivo Memoria en Movimiento. Brigadistas Politécnicos del 68 (México. 2018) en el marco del 50 aniversario del movimiento de 1968. Forma parte, a su vez, del volumen La violencia del Estado en México, antes y después de 1968, que se publicó en febrero de 2010, días antes de su muerte.

En Elegía de Tlatelolco (1968), que se incluye en la parte final del texto, Montemayor habla de que “germinará en la sangre la flor de la desconfianza”.

Ya veremos, en unos cuantos días más, qué puede esperarse. Y para no desesperarse y ocuparse, más que preocuparse, habrá que apelar a la organización desde abajo y a la dialéctica resistencia/lucha/transformación. Por eso adelanto mi voto por María de Jesús Patricio, Marichuy, vocera del Concejo Nacional Indígena, que bajo las leyes del sistema quiso ser candidata independiente.

Como la vida misma, la lucha sigue.

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Fotografía: ADN Político

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