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De la dictadura perfecta a la caricatura perfecta*

Por: Juan Villoro. Proceso. 14/11/2017

Nadie ha captado a los inquilinos de la Presidencia con la indeleble pericia de Rogelio Naranjo. En un país donde los poderosos rara vez rinden cuentas, sus dibujos atrapan a las más elevadas potestades y las someten a la imborrable condena de ser vistas de ese modo.

Naranjo se ocupa de los rostros con lealtad artística (no se convierten en caricaturas por sus gestos, sino por las circunstancias en que actúan). A diferencia de la mayoría de los dibujantes satíricos, no distorsiona los rasgos físicos en función del humor. Los hombres públicos comparecen en sus cartones con insólito realismo: cada arruga, cada minucia, cada tic es captado sin pedirle mayor auxilio a la burla o la ironía. Devoto de la figura humana, Naranjo detecta expresiones elocuentes: la mirada esquiva, la ojera sombría, el diente delator. El virtuosismo de su trazo dota de tal veracidad a sus retratos que en comparación con ellos los modelos que los inspiraron parecen copias desleídas. Ningún presidente ha lucido en televisión tan auténtico como en un dibujo de Naranjo.

Una vez al día, el caricaturista se ocupa de sus sujetos de elección. Bajo su pluma, los mandatarios aparecen de cuerpo presente, con el gesto definitivo de quien asiste a su propio funeral. Cada uno de estos prodigiosos cartones diarios es iniciado por un anatomista y concluido por un embalsamador, operación que eterniza los semblantes públicos.

Hay una clara postura ética en esta forma de trabajar facciones. Los políticos aparecen como lo que son, sin verse aumentados o disminuidos por el filo del caricaturista. “No hay que juzgar a los hombres por sus opiniones, sino por aquello en lo que sus opiniones los convierten”, escribió Lichtenberg. Naranjo comparte esta ilustrada opinión. Las caras que traza no son risibles en sí mismas (otras personas podrían servirse de ellas para llevar destinos provechosos). Los personajes no se comprometen por sus gestos sino por sus hechos.

Con goloso afán de realidad, el retratista lleva a sus criaturas al sitio donde han provocado su desorden, el embarcadero donde zarpó su peculiar Titanic. Sin falsearlos en lo más mínimo, los confronta con la evidencia. El rostro es genuino. También lo es su fechoría.

En 1998 Proceso editó Los presidentes en su tinta, selección de los retratos que Naranjo hizo del sexenio de Gustavo Díaz Ordaz al de Ernesto Zedillo. Después de casi cuatro décadas de registrar las manías y los abusos de los mandatarios del PRI, el caricaturista podía darse por satisfecho. Había cumplido con creces su labor de testigo nunca invitado a Los Pinos y empezaba a pagar la atención prestada al cuerpo ajeno con el desgaste del suyo propio. En el prólogo de aquel libro, le dijo a Elena Poniatowska: “Vivo en estado de constante preocupación. Después de veinte, veinticinco, treinta años, ya casi no veo, cada vez es mayor la graduación de mis anteojos. Ahora sí me duele todo y necesito levantarme y caminar para combatir la artritis. Si no lo hago quedo doblado en dos: me duele todo el cuerpo. He hecho más de quince mil caricaturas”. Como tantos maestros del humor, Naranjo se toma las cosas muy en serio. Hay diversas maneras de confesar el cansancio: el masoquista lo hace para quejarse de los males que todavía no tiene; el derrotado para renunciar a toda lucha; el realista para calcular lo que aún puede hacer con sensatez. Rogelio Naranjo pertenece a esta tercera categoría. Habla de sus molestias con la precisión con que dibuja el ceño fruncido de sus personajes. Más que quejarse, diagnostica. En 1998 pidió que no esperáramos mucho de él. Su ameritado corazón ya había sufrido dos infartos. Quince mil caricaturas habían alterado el pulso de su sangre. Luego, con la sencilla entereza que lo determina, concluyó otro dibujo, poniendo en práctica el aforismo de Gilberto Owen: “El corazón. Yo lo usaba con los ojos”.

Estatua ecuestre de un ranchero que perdió el caballo

En el año 2000 el PRI perdió la presidencia y un huésped con botas se mudó a Los Pinos. El mayor retratista de palacio ya había consumado su tarea. Un nuevo aire parecía recorrer el país que Mario Vargas Llosa describió como la “dictadura perfecta”. La encargada de prensa del nuevo dignatario, Marta Sahagún, pedía a los medios que inauguraran su optimismo: la transición a la democracia había comenzado. Después de festejar con champaña y estrenar escapularios, un grupo inédito se hizo cargo de las oficinas. Algo había cambiado: un ex gerente de la Coca-Cola ocupaba la silla presidencial y despedía sus actos diciendo “que Dios los bendiga”. Nuevos talismanes de poder acompañaban al hombre con botas.

El folclórico estilo de gobernar de Vicente Fox hizo que pasáramos de la dictadura perfecta a la caricatura perfecta. En seis años se las arregló para decir que las mujeres eran “lavadoras con patas”, ofendió a los negros y a los chinos, se olvidó de capturar las tepocatas, las víboras prietas y otras alimañas a las que mucho previno cuando era candidato, no resolvió el conflicto de Chiapas en sus anunciados 15 minutos, inventó al escritor José Luis Borgues, se entregó a Estados Unidos y se peleó con Estados Unidos, le dijo a Fidel Castro: “comes y te vas”, apoyó un absurdo proceso de desafuero contra el candidato de la izquierda, fue incapaz de convencer al Congreso de sus iniciativas, intervino con descaro en favor de su partido, falló un penalti en un reclusorio juvenil y perdonó al niño que le puso “cuernos” en la foto de grupo, proclamó su grandeza sin el menor recato en mensajes televisivos, descartó la ingobernabilidad de Oaxaca como un conflicto regional y la desigualdad económica como una mala lectura de las estadísticas, proclamó al conservador Aznar presidente de la “república” española, felicitó a la selección mexicana por su derrota ante Argentina y le pidió que siguiera por el mismo rumbo, vetó la ley del libro aprobada por unanimidad en el Senado, se fue de vacaciones cada vez que pudo a su rancho de San Cristóbal y se mostró feliz de haberse conocido a sí mismo. Refractario al examen de conciencia, se retorció el bigote para decir: “Me van a extrañar”.

* Fragmentos del prólogo de Juan Villoro al libro Me van a extrañar, de Rogelio Naranjo (Ediciones Proceso, 2006)

 

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