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Cuestión de perspectiva

 

Por: Adolfo del Ángel Rodríguez. 01/03/2017

  • Todo es cuestión de perspectiva –dijo con tono convencido, aunque se rascó la cabeza deshaciendo el aire de certeza que había proyectado al principio.
  • Aun no acabamos la clase –dijo uno de los alumnos-, debemos terminar de discernir acerca de la política que domina la actualidad porque es con base en ello que proyectaremos nuestras vidas a futuro.

Mientras terminaba su frase, el profesor tomó asiento. Había dictado una clase acerca de la situación actual del país y, como siempre, esperaba a que sus alumnos aguardaran pacientemente el término de la clase, guardar sus libros y retirarse a su cubículo, hasta que aquél alumno habló. Su rostro había permanecido inmutable y parecía que no existía el tiempo mientras observaba los movimientos gesticulares de su alumno, como si los estuviera con los movimientos de Matrix: lentos, precisos, contundentes. Escuchó toda su frase, de principio a fin, pero no alcanzaba a entender porque había reducido su clase a una asignatura, a un espacio con principio y fin, a un aprendizaje por temas, parcelado, como no lo es la vida, porque la vida ofrece aprendizajes complejos, integrales.

Le pareció eterna la intervención del alumno, eternidad en la que no supo aprovechar para lograr entender el contenido de la frase expresada hundiéndose en ese espeso mar de confusión que no le permitía salirse de esa perspectiva, respetable, de ver la vida como una asignatura, como un deber que contaba con horarios, puntajes y acreditaciones; sus alumnos lo observaron estupefactos, ahí sentado, con aire serio e incrédulo, sin salida, como un pájaro enjaulado que no acaba de entender el por qué de la situación.

“Terminar de discernir”, “política”, “actualidad”, sólo entendía las definiciones de diccionario, pero no hiladas como parte de una realidad, como elementos trascendentes y relevantes para poder ser actor de lo que se vive, no solo espectador, como lo había hecho él y pretendía formar a sus alumnos. Sin embargo, no podía hacer otra cosa, era fruto de un sistema que se había encargado de hacer de él lo que era y no sabía hacer más que reproducir lo que, de manera sutil, se le había impuesto como modo de vida: se debía a un trabajo estable, a formar alumnos, recibir un sueldo y, por lo tanto, dar resultados: evaluar, suscribirse a un horario, aprobar o reprobar alumno según los estándares asignados.

“…con base en ello proyectaremos nuestras vidas a futuro…”. Resonó en su cabeza el final de lo que había dicho, como martillazos certeros ante los que la conciencia había sido aplastada, ante lo que no había palabras para replicar lo escuchado. De cierta forma, su labor había dado frutos, porque de sus veinticinco alumnos solo uno había pedido ir más allá, pero eso le complicaba la existencia.

No es que no le interesara la política, no es que no fuera consciente de que formaba parte de una realidad, pero se concebía como espectador, no como actor, pues para su “perspectiva” la política solo era para otro tipo de personas en la que su preparación, su vocación y su persona no debían involucrarse.

“…nuestras vidas a futuro…”, terminó el joven. El profesor se disponía a hablar sin saber qué. Se levantó con aire confundido, dispuesto a hablar; comenzaba a abrir la boca para articular alguna frase cuando de repente sonó el timbre. Había triunfado el sistema, la normalidad y su “perspectiva” de que la política pertenece a otras personas y a otros espacios…

 

Fotografía: tomasvte

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