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2018: Disputas geoestratégicas, dominación imperial y escenarios inciertos.

Por: Simona V. Yagenova. Alai. 10/01/2018

El año 2017 reveló las crecientes contradicciones y tensiones del actual sistema mundo, derivado del dominio global del capital, crisis económica y las disputas por el control de los territorios de importancia estratégica. Rusia y China indudablemente fueron protagonistas claves para preservar cierta estabilidad en este mundo multipolar, amenazada por la pretensión imperial de viabilizar sus sueños de dominio de amplio espectro.

El arribo del régimen trumpista viabiliza un nuevo ciclo de saqueo y despojo oligárquicos con políticas de empobrecimiento, debilitamiento de políticas sociales y desinversión en la clase trabajadora norteamericana, que afecta especialmente a la población afrodescendiente, los migrantes, y quienes viven de sus magros ingresos salariales. Quizás ningún presidente de este país ha sido tan franco en manifestar su ignorancia, su xenofobia, su racismo, su menosprecio de las mujeres y su afinidad con la supremacía blanca y pensamiento cuasi neofascista. Trump añade un ingrediente de riesgo para una ya inestable configuración global, dado que al actual régimen estadounidense le importa muy poco el multilateralismo, las leyes internacionales, los derechos humanos o la opinión de la comunidad internacional. Esto no constituye, como lo plantean algunos, los fundamentos de una política de aislamiento, sino revelan el descaro y la impunidad con que el imperio ha actuado históricamente; no obstante, constituye un cambio de coyuntura global en el que se intensifican los escenarios de riesgo, polarización e inestabilidad. Trump, rodeado de generales, oligarcas y la ultraderecha, y enfrentado por el establishment demócrata por diferencias tácticas en el manejo de la política interna y externa, cumple sin embargo a cabalidad los lineamientos del complejo industrial militar que aspira a recuperar control e influencia decisivo sobre América latina y el Caribe profundizando las atávicas políticas intervencionistas y chantajistas; ampliar la caotización- destrucción de Oriente Medio centrándose ahora en la desestabilización de Irán, y enfrentar la alianza China-Rusa que en materia económica-financiera es considerado una amenaza a sus intereses geoestratégicos de dominio global.

Si bien, en algunos temas la Unión Europea ha querido distanciarse de la política internacional del régimen trumpista, (Cambio climático, UNESCO, Cuba, Palestina, etc.), en lo fundamental sigue subordinada a su perspectiva geoestratégica, y no constituye un contrapeso significativo. El resurgimiento de los nacionalismos, el cuestionamiento al modelo de la UE, el crecimiento de la ultraderecha y la persistencia de una crisis económica que no parece tener posibilidades de solución a corto plazo, sin que emergiera una perspectiva distinta sobre el rol que la UE debe tener globalmente, parece indicar pocos cambios a corto plazo en su actuación en el escenario global. Son alentadoras la emergencias de movimientos políticos como Podemos en España, Left Unity en Gran Bretaña, La Francia Insumisael Movimiento 5 Estrellas y Poder para el Pueblo en Italia, entre otros, que surgen en respuesta a la crisis de la socialdemocracia europea, vigorosas luchas de los movimientos sociales y tienen la oportunidad de iniciar un nuevo ciclo de renovación en el pensamiento y práctica política de la izquierda europea.

A pesar de importantes luchas que libraron los pueblos en el mundo entero, motivadas por una heterogénea agenda de agravios causados por el actual complejo sistema de dominación nacional-global, se constatan importantes retrocesos en materia de derechos, el deterioro de los sistemas políticos democráticos, el crecimiento de la desigualdad, la destrucción de los bienes naturales, así como el empobrecimiento paulatina de las nuevas generaciones emergentes, aún en los países económicamente más desarrollados. Las protestas en sus múltiples y diversas formas no tienen la posibilidad de revertir este sistema de dominación global-nacional, si no están sustentadas en una estrategia política compleja y multi-escala que enfrenta los poderes, la base filosófica fundacional del sistema existente y construye una alternativa radicalmente distinta.

La ofensiva del capital contra el mundo del trabajo ha sido tan contundente que la informalización de las relaciones de trabajo, la sobreexplotación, las migraciones masivas, la precariedad e incertidumbre han sido “normalizadas” a tal grado que no se avizora dentro del marco del modelo existente ninguna posibilidad, ni voluntad de solución de esta problemática. El desempleo y la falta de perspectivas futuras, constituyen un terreno fértil para el reclutamiento de un creciente número de personas que trabajan para los capitales mafias, el crimen organizado, grupos mercenarios, ejércitos privados al servicio de las grandes corporaciones internacionales, o de grupos terroristas fundamentalistas o mesiánicos. Amplios territorios del mundo África, Asia, Oriente Medio, América Latina viven bajo el asedio de guerras patrocinadas por el imperio o la violencia destructiva de estos grupos armados con un dramático saldo de destrucción de vidas, millones de refugiados y desplazados y la destrucción de los tejidos socio-culturales. El capital en la actual fase de acumulación florece en base a la depauperización de las masas, la mercantilización de la vida y bienes naturales, así como las guerras, el negocio de la violencia, y la destrucción de vidas y territorios. Constituyen parte de una misma trama sistémica.

Las grandes corporaciones mediáticas y sus agentes comunicacionales desplegados en el mundo entero operan con cada vez mayor descaro, declarando la guerra contra quienes critican el sistema global, al imperio o las transnacionales, censuran realidades, inventan noticias, e inmersan a millones en sus tramas de banalidad, superficialidad, o realidades paralelas. Se trata nada menos que de un tejido de carácter dictatorial que no rinde cuentas a nadie y opera sin controles, y que acciona mano a mano con las organizaciones de inteligencias y espionaje global. Ambas constituyen una amenaza sin precedentes para quienes luchan en contra del capitalismo, por la democracia, los DDHH y un orden mundial distinto.

En este contexto global sombrío es menester reconocer explícitamente las victorias políticas de la Revolución Bolivariana de Venezuela, que no solamente enfrentó exitosamente una trama golpista compleja, multidimensional y global; derrotó políticamente a la oposición en tres procesos electorales y desactivó a los grupos armados violentos; mantuvo la inversión social en beneficio de la clase trabajadora a pesar de la guerra económica; inició un proceso constituyente para profundizar el proceso revolucionario e involucrar a la población en el debate y las propuestas; enfrentó con dignidad y derrotó la maniobra conspirativa-golpista de la OEA, destacó en el escenario internacional mediante una brillante diplomacia bolivariana en el seno de la ONU, en el MNOAL, en la OPEP, en ALBA, CELAC, OEA y en las relaciones bilaterales de importancia estratégica. Venezuela, indudablemente, constituye un ejemplo a seguir, y demuestra lo que es posible cuando haya una conducción política impecable, disciplina militante, claridad estratégica y una base filosófica-política revolucionaria.

Hubo retrocesos significativos en el propósito de avanzar en la construcción de una Patria Grande libre, soberana, equitativa, justa y revolucionaria. Si bien Cuba, Bolivia, Ecuador, Venezuela, El Salvador, Nicaragua y en menor medida Uruguay se mantuvieron como un bloque de izquierda-progresista del subcontinente, y se destaca la actuación digna de los países del Caribe en la OEA frente a los planes intervencionistas; hubo marcados retrocesos en materia de derechos humanos y derechos económicos- sociales en Brasil y Argentina, y es previsible que sucede lo mismo en Chile con la victoria electoral de Piñeiro; en tanto que México, Guatemala, Perú, Colombia y Paraguay se subordinaron aun más a los directrices de Washington en actuaciones vergonzosas de servilismo que no se había visto en la región en tiempos recientes. El nuevo golpe de Estado, esta vez vía fraude electoral que se cometió en Honduras, sin que América Latina de manera contundente se hubiera pronunciado en contra, revela un cambio de correlación de fuerzas que benefician al intervencionismo imperial, al saqueo transnacional, constituyen una amenaza directa para los gobiernos progresistas, partidos de izquierda, movimientos sociales, y postergan los avances en la integración horizontal y solidario que se planteaba desde el ALBA o la integración más autónoma que se buscaba desde la CELAC.

La legitimación del descarado fraude electoral en Honduras (una nueva versión de Autogolpe) por parte de los EEUU y la Unión Europea, acompañado del injustificado silencio de la mayoría de los países latinoamericanos significa un nuevo parteaguas para la región centroamericana. Ratifica el derecho al golpismo en contra de proyectos políticos progresistas o de izquierda, constituye una amenaza directa para Nicaragua y El Salvador, envalentona a la ultraderecha, militares y la oligarquía rancia como la guatemalteca, significa importantes retrocesos en materia de exigibilidad en derechos humanos, institucionalidad democrática y justicia, y deja claro, que para la comunidad internacional lo que sucede en esta región del mundo es de poca relevancia para sus fines estratégicos. Indudablemente, desnuda la política de los EEUU hacia la región centroamericana y evidencia su incoherencia entre su práctica y el discurso. Debería generar profundos cuestionamientos a quienes aún creen que el imperio es un aliado para la lucha contra la corrupción, el narcotráfico y la depuración de la clase política guatemalteca, cuando en Honduras son precisamente estas fuerzas apoyados por EEUU que dieron el Golpe. Este segundo golpe de Estado profundizará aún más las fisuras en el sistema de dominación hondureño, radicalizará la oposición y enfrentará a un pueblo cada vez más politizado y harto de un sistema que es opresivo, empobrece y destruye la vida de la gente. La solidaridad de los pueblos latinoamericanos, y especialmente centroamericanos con el pueblo hondureño es más necesario que nunca, y constituye una responsabilidad política, ética y humana, individual y colectiva.

La pérdida de derechos siempre es una tragedia, porque el proceso de reconstitución es lento y mucho más complejo. Los retrocesos en materia de derechos, conquistados en cruentas batallas de los movimientos y fuerzas progresistas, obligan a construir un balance objetivo de los errores cometidos y redefiniciones en las estrategias de las fuerzas socio-democráticas y de izquierda. Exige una mejor comprensión de los mecanismos de reproducción del sistema de dominación existente y el diseño de estrategias adecuadas que los enfrentan en su complejidad en los distintos ámbitos y niveles; demanda mayor eficacia en la batalla ideológica política, requiere de la definición de una estrategia política-organizativa que permita encausar la rebeldía de nuestros pueblos hacia una nueva etapa revolucionaria, antiimperialista y socialista. En el contexto mundo actual, en la que se agrede los pueblos sin piedad, enfrentar al capital, a la política mercantilizada, al poder corporativo y al imperialismo es una responsabilidad histórica que debe impulsarse sin titubeos, pragmatismos políticos, ni fundamentalismos. Es finalmente el reto de retomar el camino de una revolución mundial.

Lo expresado por Fidel, aquel 1 de mayo del 2000 en la Plaza de la Revolución, cobra más vigencia que nunca. “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas[…].

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Fotografía: alai

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